Refugiados en México, la travesía por el derecho a vivir
Desinformación, prejuicios, falta de oportunidades de trabajo y diferencias culturales son obstáculos enfrentados por quienes llegan al país en busca de asilo.

Es la primera vez que A. viaja solo en el metro desde que llegó a México hace más de un mes, luego de huir de su país de origen en África, debido a la inseguridad.

Para él, incluso circular en la capital es una tarea titánica, que ha logrado conquistar poco a poco, gracias a la ayuda de su inseparable GPS y la Casa Refugiados, asociación civil que brinda la asistencia humanitaria a las personas solicitantes de asilo en México.

Las asociación brinda servicio al público en sus oficinas ubicadas en el parque Ramón López Velarde en la colonia Roma Sur, delegación Cuauhtémoc.

En consultoría con el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Casa Refugiados proporciona alojamiento y acceso a servicios básicos para los potenciales refugiados, así como asesoría legal, clases de español, además de capacitación y oportunidades laborales.

La asistencia brindada va desde ayudar a los recién llegados a conocer la moneda local y el transporte, hasta asistirlos en diseñar un plan de vida en su nuevo hogar.

 

México, una nueva oportunidad

No tenía muchas opciones” admite A., ante la pregunta de por qué eligió México como destino de refugio, en entrevista con Aristegui Noticias.

El año pasado, México recibió casi  9,000 solicitudes de asilo, 156% más que en 2015. Con base en esta tendencia, ACNUR proyecta que habrá al menos 20,000 solicitudes de asilo durante 2017 en México.

A. pasó casi dos días de vuelos internacionales para llegar a México, pero seis semanas después, su destino aún pende de un hilo, ya que su solicitud de asilo se encuentra en proceso de revisión por parte de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar).

Legalmente en México “toda persona extranjera en territorio nacional tiene derecho a solicitar la condición de refugiado, misma que deberá presentar ante la Comar o el Instituto Nacional de Migración, dentro de los 30 días siguientes a su ingreso a territorio nacional.”

El procedimiento tiene una duración de 45 días hábiles y durante este periodo los solicitantes de asilo se someten a una audiencia con la Comar en la que deben exponer los factores que amenazan sus vida en su país de origen.

Al término del plazo la dependencia mexicana emite una resolución respecto a la condición de refugiado, que también otorga derecho a la residencia permanente.

A. no se siente desalentado por el proceso burocrático. Espera hacer una vida en el país que lo acogió, traer a sus hijos e incluso casarse.

Pero el proceso de reunir a las familias separadas por el proceso de desplazamiento forzado no siempre es fácil, como lo supo N., quien salió de Haití debido a que era perseguida por grupos políticos y su vida estaba amenazada.

Pese a que N. logró recaudar el dinero necesario para que su hija y su nieta la siguieran a México, al llegar a su supuesto país de acogida, ambas fueron deportadas, sin una justificación de por medio.

 

Una carrera llena de obstáculos

José Luis Loera, director de Casa de Refugiados, explica que las causas del desplazamiento forzado son cada vez más variadas y van desde la violencia estructural y directa hasta el cambio climático o la persecución política.

Sin embargo, mientras los motivos para cruzar las fronteras se multiplican, “inversamente proporcional hay cada vez menos posibilidades de hacer este desplazamiento en condiciones de documentación, de acceso a procedimientos de protección internacional”.

La recepción de refugiados en el país depende de la voluntad política de los gobiernos, pero también de que las autoridades encargadas de regular los puntos de acceso fronterizos y aeropuertos tengan información adecuada para identificar a solicitantes de asilo y canalizarlos al debido proceso.

“Y se han documentado casos donde personas que vienen huyendo de la persecución o extorsión de la violencia criminal, desplazamiento forzado, etc., son deportadas y al ser deportadas han sido asesinadas“, señala Loera.

El efecto Donald Trump también ha contribuido a añadir presión a la situación en México, convertido en un lugar de residencia permanente para quienes antes sólo lo veían como una parada en su camino hacia la frontera norte.

Con el presidente republicano además “han salido dos extremos que antes no estaban tan polarizados”, señala Tere Gómez Fernández, responsable de Comunicación de la asociación.

“Por un lado hay gente que se siente con permiso de hacer lo mismo que hace Trump”, señala Gómez.  “ Y por otra parte el otro extremo de la reacción de decir no, yo puedo hacer algo para combatir eso. Y hay gente que no sabe ni qué puede hacer pero que quiere hacer algo y se mueve”, comenta.

Y aunque para Loera “no hay nada en el horizonte” que vaticine el final de los escenarios de violencia que impulsan a las personas a desplazarse, existen oportunidades en la articulación entre actores solidarios y la ciudadanía para generar nuevas interacciones e intercambios basados en la interculturalidad.

 

Miércoles solidario, jornadas de intercambio cultural

El proceso para alcanzar el status de refugiado puede ser desgastante financieramente, ya que los empleadores a menudo son renuentes a aceptar la documentación temporal con la que cuentan los solicitantes de asilo, además de que se topan con prejuicios o barreras de idioma.

Por ello, Casa de Refugiados desarrolló Miércoles Solidario, jornadas de autoempleo semanales en las que presta sus redes sociales para que los refugiados oferten productos o servicios al público.

Uno de los programas más exitosos de este proyecto fue la propuesta de aprender idiomas con una persona nativa, lo que de acuerdo con Zinzi Sánchez, responsable de Integración, va más allá del aprendizaje de la lengua y se basa en un intercambio de “dar y recibir” para fomentar el  “diálogo entre culturas”.

Sánchez explica que la respuesta a la convocatoria de las clases fue abrumadora, pero el cupo tuvo que limitarse, ya que las actividades de Casa de Refugiados sólo se sostienen por las aportaciones finacieras del ACNUR y actores solidarios en la sociedad.

Actualmente 90 personas están inscritas en las clases para aprender árabe, inglés, francés y swahili, pero se abrirán nuevas convocatorias a través de las redes sociales de la asociación.

A. es uno de los refugiados que se estrenarán como maestros en estos cursos. “Me gusta enseñarle a la gente. De lo que sé me gusta compartir mi experiencia, no sólo de mi experiencia sino de mi propia inteligencia”, señala.







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