“No hay a quien echar la culpa”, artículo de Pablo Gómez
Hay que hacer lo que el gobierno no está haciendo ni está preparando, con el propósito de lograr un panorama menos malo en los próximos años...
GOBIERNO

Por Pablo Gómez

La situación económica del país está siendo analizada con superficialidad tanto por el gobierno como por la gran empresa, los bancos y nuestros siempre someros medios de comunicación de gran incidencia nacional. El problema sin embargo es muy grave, va a empeorar y tiende a durar varios años.

Existen dos grandes problemas en lo que será la crisis económica que está llegando: la reducción de ingresos propios del país y del Estado nacional por efecto de la disminución del precio del crudo; y el retiro de capitales tanto extranjeros como “mexicanos” invertidos en instrumentos de alta liquidez.

Por lo pronto haremos abstracción de las causas de ambos fenómenos para aprovechar este espacio en analizar las consecuencias que tendrán en el futuro inmediato del país. La baja del precio del crudo está asociado a la disminución gradual que venía dándose en el nivel de la producción de aceite y en el incremento del consumo de gasolinas importadas. La balanza de hidrocarburos es un verdadero desastre si consideramos que México es un país petrolero. Ahora bien, la reforma energética –así llamada—no podrá resolver este problema porque, por un lado, las inversiones privadas dejarían sólo un royalti al país, lo cual es poco desde todo punto de vista; por el otro, las refinadoras no vendrán a México a sustituir importaciones cuando lo que están haciendo es vender las gasolinas a precio internacional, cada vez menor, por cierto.

Lo anterior es relevante porque la balanza de pagos será un tema crucial en los próximos años, de lo cual se deriva que seguir comprando en demasía en el extranjero y seguir vendiendo a menores precios relativos será venenoso para una economía cuya dependencia de divisas irá en aumento. Aquí entramos al otro problema: la economía mexicana se llenó de dinero oportunista debido a las altas tasas internas y las muy bajas del mercado estadunidense. Así, tanto el sector privado como el público en hincharon de divisa fácil que ahora se va a volver difícil porque se va de regreso. Eso es inevitable: Estados Unidos no puede seguir para siempre con tasas tan bajas. Un problema asociado es que en la medida en que aumente la demanda de dólares el peso se irá más al fondo, lo cual terminará por encarecer demasiado las importaciones (y el costo de la deuda externa) aunque abarate las exportaciones; esto último normalmente se mediatiza en la medida en que los grandes importadores son los grandes exportadores, las ganancias del comercio exterior se concentran en pocas manos y con frecuencia se dejan afuera del país. La reserva del Banco de México sirve para eso, es decir, para fondear las importaciones y solventar otras obligaciones en moneda extranjera, pero no podría atender la demanda de divisas de la totalidad del capital golondrino ubicado en la economía nacional: para eso no hay dólares, sencillamente.

Ahora bien, ¿qué hacer? Hay que bajar con mucha fuerza el gasto de operación del gobierno, en especial los altos sueldos y las erogaciones suntuarias que abundan en el aparato del Estado. También habría que hacer una urgente acometida contra la evasión y elusión fiscales que, esa sí, es fantástica. Por el otro lado, hay que adelantar una conversión de deuda con mayores plazos a través de nuevos instrumentos de retención de divisas –deuda directa podría ser– sin caer en el método de la indización con el dólar (salinismo puro) porque de esa manera si la devaluación se acelera el país se arruina. Se va a necesitar utilizar el programa contingente del FMI con México que hasta ahora ha sido sencillamente teórico, por lo cual se requiere adelantar el ajuste al gasto para evitar la imposición externa del síndrome griego: hay que recordar que ya casi no hay nada que privatizar. Al respecto, Peña superó al maestro (Salinas) y arruinará al país por la misma vía aunque “sin vender un solo tornillo”.

Tema básico tendría que ser el crédito interno para lo cual es urgente la reforma de la banca del Estado (ya no se le puede llamar “de desarrollo”), con el propósito de fondear un fuerte programa de inversiones productivas sin las cuales estaríamos mucho peor. Al tiempo, se van a requerir controles antinflacionarios sencillamente porque ésa, la inflación, cuando la tendencia mundial es deflacionaria, se convierte en otro veneno para la economía nacional.

En síntesis, hay que hacer lo que el gobierno no está haciendo ni está preparando, con el propósito de lograr un panorama menos malo en los próximos años. Cuando Peña termine su gobierno, esperemos poder recoger algunos restos del país y empezar una reconstrucción. Por lo pronto, según Peña, Videgaray y Osorio (los tres que no son nada fantásticos) no hay a quien echar la culpa.

 



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