Zipaquirá, donde García Márquez se apasionó con la literatura
"García Márquez no hubiera sido el escritor que es, sin Zipaquirá", señaló Dasso Saldivar uno de los biógrafos de García Márquez.
(Foto: Archivo Cuartoscuro)

Zipaquirá es un pequeño pueblo en el central departamento de Cundinamarca y el lugar donde Gabriel García Márquez se empezó a apasionar con la literatura y escritura en prosa, bajo la guía de su profesor, Don Carlos Julio Calderón Hermida entre 1943 y 1946.

García Márquez llegó a Zipaquirá como becario para terminar su bachillerato en el Liceo Nacional, una casona ubicada en el centro de este pueblo que fue fundado en el año 1600, sobre una imponente sabana a 2.650 metros sobre el nivel mar.

El Liceo Nacional de Varones, donde el autor de “Cien años de soledad” vivió como estudiante internado, hasta que se graduó de bachiller en 1946, hoy es el Centro Cultural Casa del Nobel Gabriel García Márquez, un espacio para el arte y para recordar uno de los eslabones en la vida del escritor.

La Casa del Nobel no podía ser otra cosa que un centro de formación artística, como lo sostuvo el subgerente de la institución Luis Enrique Rojas: “Tenemos las escuelas de teatro, música, artes populares, visuales, percusión. Tenemos 50 formadores y estamos atendiendo a mil 500 estudiantes de los diferentes barrios”.

La guía bilingüe Adriana Casanova, una argentina que conoce al detalle los espacios de esta casona colonial, recordó que García Márquez, llegó a Zipaquirá a sus 16 años de edad, con una maleta en la mano que lo acompañó desde el puerto de Barranquilla en el caribe colombiano.

El viaje lo hizo en uno de los barcos a vapor que antaño navegaban por el caudaloso río Magdalena.

García Márquez dejó el puerto de Barranquilla, el más importante sobre el caribe colombiano, a una hora y media de su natal Aracataca, en donde vivió hasta los 10 años de edad.

Más tarde partió hacia Bogotá esa ciudad lejana que para él era “la ciudad donde vivían los poetas”.

La ruta en barcos a vapor fue Barranquilla – La Dorada- Puerto Salgar, luego hizo un transbordo hacia Bogotá, un viaje que realizó en uno de los trenes de los Ferrocarriles de Colombia, en donde se ubicó en una residencia para empezar a buscar dónde terminar sus estudios de bachillerato.

García Márquez dejó atrás su Caribe lleno de historias mágicas, de parranda, de amores furtivos, de sentir la brisa del mar, el calor, la sombra de los árboles de mango, para llegar a la capital que está a 2 mil 600 metros sobre el nivel del mar.

El propio García Márquez en sus memorias recordó: “El tren de Puerto Salgar subía como gateando por las cornisas de rocas en las primeras cuatro horas. En los tramos más empinados se descolgaba para tomar impulso y volvía a intentar el ascenso con un resuello de dragón. A veces era necesario que los pasajeros se bajaran para aligerar el peso y remontar a pie hasta la cornisa siguiente”.

García Márquez –recordó la guía- conoció de casualidad a un pasajero en el barco a vapor “David Arango”, que resultó ser el director de becas en el Colegio San Bartolomé, que era en esa época uno de los mejores en Bogotá.

El director de becas es la persona que le sugiere estudiar como becario en el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá y es así como García Márquez “llega en 1943 a Zipaquirá con un colchón y su baúl para formarse académicamente”.

El escritor Germán Castro Caicedo -quien es oriundo de Zipaquirá- escribió el libro “Cuatro de soledad”, que es una investigación que muestra el “eslabón perdido” en la introducción de García Márquez a las artes y en particular a la literatura universal.

“Nadie lo ha dicho, ni lo ha reconocido hasta hoy, que Gabo nació físicamente en Aracataca, pero literariamente en Zipaquirá, ciudad que más parecía un inmenso centro literario, que otra cosa, y en un colegio metido totalmente entre la literatura”, sostuvo Castro Caicedo, en un artículo publicado en enero de 2013.

Para Caicedo, “ Aracataca es un nombre escrito con letras doradas en la literatura mundial, historia que por desinformada no le hizo nunca justicia a Zipaquirá, donde estructuraron al genial escritor y a donde llegó por fortuna para la literatura universal, el lunes 8 de marzo de 1943, dos días después de haber cumplido 16 años de edad”.

En este colegio García Márquez -subrayó Caicedo- fue graduado de “poeta, orador y escritor”, bajo la conducción de su maestro Carlos Julio Calderón Hermida, fundamental en su formación junto al rector de la institución Carlos Martin.

Para García Márquez –apuntó la guía de la Casa del Nobel- el mejor profesor de castellano y literatura “que él hubiera podido tener fue Calderón Hermida y es así como en su libro La Hojarasca en 1955, se lo dedicó con esta frase: “A mi profesor Carlos Julio Calderón Hermida, a quien se le metió esa vaina de que yo fuera escritor”.

En “Vivir para Contarla”, el propio Nobel de Literatura (1982), escribió: “Todo lo que aprendí se lo debo al bachillerato”, una frase que es un verdadero honor para Zipaquirá y el visitante la puede leer en varios espacios del centro cultural.

Dasso Saldivar uno de los biógrafos de García Márquez, también destacó en su obra “El viaje a la semilla”, la importancia que tuvo el Liceo Nacional de Varones, al subrayar: “García Márquez no hubiera sido el escritor que es, sin Zipaquirá”.

El viaje desde el Caribe hasta el frío de los Andes, que hizo refugiar a García Márquez en lecturas orientadas por su profesor Calderón Hermida, fueron esenciales para la inspiración 20 años después de “Cien años de soledad” y todo su “realismo mágico” sintetizado en una sola palabra: Macondo.

Esta historia es la que se conserva en La Casa del Nobel, que abre sus puertas para que el visitante haga un recorrido por los salones y rincones en donde se conserva la huella del Gabo- Bachiller: El viaje por el río Magdalena, el tren, sus lecturas y la vida cotidiana en el Liceo Nacional de Varones.

En esta casona de fachada blanca, con barandas y marcos en azul y rojo en su interior, aparecen las tres mujeres que marcaron la vida de Gabo en Zipaquirá: Berenice Martínez, Consuelo Quevedo y Virginia Lora, a quien le escribió una carta que tituló: “A la niña de los ojos azules”.

En el manuscrito, al lado de las fotografías de sus tres amores de Zipaquirá, se lee: “(…) Ojos juguetones, azules, lejanos y soñadores (…) Mientras tu juegas, yo estoy triste, así te amo con la melancolía de esta esperanza mía”. (NTMX)



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