Después de 24 años vida, cierra la revista ‘Tinta Seca’
La publicación dirigida por el crítico y poeta Miguel Ángel Muñoz, concluye su ciclo con el número 118.
(Fotos: Tinta seca).

La revista Tinta Seca nació en junio de 1992. A lo largo de 24 años se mantuvo como una suerte de faro cultural y literario que alumbró temas de actualidad en México y el extranjero. La publicación con sede en Morelos y dirigida por el poeta y crítico, Miguel Ángel Muñoz propuso un incesante y fresco diálogo entre la plástica y la literatura. Por sus páginas circularon colaboraciones de autores tan notables como: Josep Guinovart, Eduardo Chillida, Saúl Ibargoyen, Hugo Gutiérrez Vega, Bernardo Ruiz, José Francisco Conde Ortega, Enrique Cattaneo, Juan Goytisolo, José Hierro, José Ángel Valente, Bruno Widmann, John Berger, John Ashbery, Adonis, Francisco Brines, José. F. Ivars, Esteve Casanoves, Mauricio Floresmeyer, Yves Boneffoy, Esteve Casanoves, Carlos de Villa, Hugo Argüelles, Ignacio Iturria, Carlos López, José de Jesús Sampedro, Rafael Canogar, Leonel Maciel, Vicente Gandía, Marcela Rodríguez Loreto, Enrique Vila-Matas, Roger von Gunten, Albert Ràfols-casamada, María Girona, David Siller, Roberto Matta, Luis Feito, Álvaro Matute, Marco Antonio Campos, Sanda Racotta, Julián Ríos, Alberto García Alix, César Flores, Gutierre Tibón, Ricardo Garibay, Xavier Grau, Charo Pradas, José Villalobos, Luis Zárate, Antoni Tàpies, Alfonso Mena, Miguel Ángel Alamilla, Rubén Lyeva, Saúl Ibargoyen, Mauricio Floresmeyer, Patricia Henríquez, Del Ángel, Francesc Torres, Arnaldo Coen, Guillermo Arana, Francisco Ortyz, José Luis Cuevas, Sandra Pani, y muchos más que nos han ayudado de diversas forma.

A manera de homenaje, reproducimos un texto de Javier Sicilia dedicado a Tinta Seca.

Tinta Seca
Javier Sicilia

A lo largo del tiempo es frecuente la aparición de un sinnúmero de revistas literarias. Los jóvenes, con el impulso de la pasión, se lanzan a estas empresas magníficas y honrosas. No es frecuente, por desgracia, que permanezcan: la marginalidad, la falta de recursos económicos, el suplicio de Sísifo que significa sostenerlas, pronto merman la pasión e importantes revistas terminan, después de una fulgurante presencia, por morir. Recuerdo a mediados de los años setenta a los muchachos de mi generación que, con la misma fuerza, la misma fe y la misma pasión que Miguel Ángel Muñoz y el consejo de colaboradores de Tinta Seca, hicimos florecer varias publicaciones: El Zaguán, El Ciervo Herido, Zona, El Telar, Cuadernos de Literatura, Versus, Cartapacios, por nombrar sólo algunas. Muchas sobrevivieron dos o tres números; otras, seis o siete, la que más, Cartapacios, 11. Su aparición fue magnífica; su muerte, triste. Pero el fruto ha permanecido. Esas revistas no sólo son un testimonio de proceso cultural de los escritores que en los setenta comenzaban a incidir en la literatura, son también el crisol en el que muchos de ellos purificaron sus obras, se formaron y entraron en la adultez.
Tinta Seca me recuerda a esas publicaciones y me hace revivir aquellos tiempos en los que la pasión nos devoraba y no teníamos más interés, ni más compromiso, ni más amor que la literatura.
El que celebremos su aparición y sus ya largos años de publicación, habla no sólo de su salud, sino de la salud de la literatura de nuestro país. El gran esfuerzo que Miguel Ángel Muñoz ha realizado desde Cuernavaca para sostenerla y mantenerla viva es hijo de esa pasión que, a pesar de las penurias, de la falta de recursos, de la indiferencia con la que nuestro mundo mira el oficio de escritor, ha preservado y ha hecho florecer la cultura. Sus más de cien números han sido un importante foro en donde muchos de los escritores que empiezan a producir en esta época han podido divulgar sus trabajos.
No sé cuántos números verán la luz, ojalá y sean muchos. Lo que sin embargo sé y puedo afirmar con orgullo es que cuando Miguel Ángel Muñoz y los escritores que ahora publican en las páginas de su revista sean escritores maduros, tendremos que recordar a Tinta Seca como esa gran revista en la que ellos purificaron el lenguaje con el que un día construyeron las obras que nos enaltecen.

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