Obama: el último discurso (Transcripción y video)
Este es el discurso íntegro que el presidente de los Estados Unidos ofreció este martes en Chicago, con el cual le dice adiós a su cargo.
(Foto: Captura de pantalla)

¡Hola Chicago! Es bueno estar en casa. ¡Gracias! Muchas gracias. Es bueno estar en casa.

Estamos en la televisión en vivo. Pueden decir que soy un “pato cojo” porque nadie está siguiendo instrucciones. Todos tomen asiento.

Mis compatriotas estadounidenses, Michelle y yo hemos estado tan conmovidos por todos los buenos deseos que recibimos en las últimas semanas. Esta noche es mi turno para decir gracias, tanto si hemos coincidido como si no hemos estado de acuerdo en absoluto. En mis conversaciones con ustedes, el pueblo estadounidense -en los salones y en las escuelas; en las granjas y en los pisos de fábricas; en restaurantes y en puestos militares lejanos-, esas conversaciones son lo que me han mantenido honesto, y me han mantenido inspirado, y me han mantenido en marcha. Y todos los días he aprendido de ustedes. Me hicieron un mejor presidente, y me hicieron un hombre mejor.

Así que llegué por primera vez a Chicago cuando tenía veintitantos años, y todavía estaba tratando de averiguar quién era yo; todavía buscando un propósito para mi vida. Y fue un barrio no muy lejos de aquí donde empecé a trabajar con grupos de iglesias en las sombras de los molinos de acero cerrados. Fue en estas calles donde fui testigo del poder de la fe y de la dignidad tranquila de los trabajadores frente a la lucha y la pérdida. Es aquí donde aprendí que el cambio sólo ocurre cuando la gente común se involucra, se comprometen y se reúnen para exigirlo.

Después de ocho años como su presidente, todavía lo creo. Y no es sólo mi creencia. Es el corazón palpitante de nuestra idea estadounidense, nuestro audaz experimento de autogobierno.
Es la convicción de que todos somos creados iguales, dotados por nuestro creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Es la insistencia de que estos derechos, pese a ser evidente, no se implementan solos. Que nosotros, el pueblo, a través del instrumento de nuestra democracia, podemos formar una unión más perfecta. Qué idea tan radical, el gran regalo que nos dieron nuestros fundadores. La libertad de perseguir nuestros sueños individuales con nuestro sudor y fatiga e imaginación. Y el imperativo de luchar juntos también para lograr un bien común, un bien mayor. Durante doscientos cuarenta años, la llamada de nuestra nación a la ciudadanía ha dado trabajo y propósito a cada nueva generación. Es lo que llevó a los patriotas a elegir la república sobre la tiranía, a los pioneros a rastrear el oeste, a esclavos valientes a afrontar ese ferrocarril improvisado hacia la libertad. Es lo que atrajo a inmigrantes y refugiados a través de los océanos y el Río Grande. Es lo que empuja a las mujeres a alcanzar las urnas, es lo que impulsa a los trabajadores a organizarse. Es por lo que los soldados dieron sus vidas en la playa de Omaha e Iwo Jima, en Irak y Afganistán. Y porque hombres y mujeres de Selma a Stonewall estaban dispuestos a dar la suya también.

A eso nos referimos cuando decimos que Estados Unidos es excepcional.  No que nuestra nación haya sido perfecta desde el inicio, pero que hemos mostrado la capacidad de cambiar y hacer la vida mejor para los que siguen. El trabajo de la democracia siempre ha sido duro, contencioso. Algunas veces ha sido sangriento. Por cada dos pasos adelante, a veces se siente como si tomáramos un paso para atrás. Pero el largo impulso de Estados Unidos ha estado definido por un movimiento hacia adelante. Un constante engrandecimiento de nuestro credo para abrazarlos a todo, y no sólo a algunos.

 

Ocho años después…

Si les hubiera dicho hace ocho años que Estados Unidos revertiría una gran recesión, relanzaría nuestra industria automotriz y lanzaría el esfuerzo más grande de creación de empleos en nuestra historia, si les hubiera dicho que abriríamos un nuevo capítulo con el pueblo cubano, cerraríamos el programa de armas nucleares de Irán sin disparar un solo tiro, que acabaríamos con las mentes maestras del 11 de septiembre, si les hubiera ducho que ganaríamos la igualdad matrimonial y aseguraríamos el derecho de tener cobertura médica para otros veinte millones de ciudadanos…

Si les hubiera dicho todo eso, tal vez hubieran dicho que teníamos nuestras perspectivas fijadas muy alto. Pero eso es lo que hicimos. Es lo que ustedes hicieron, ustedes fueron el cambio. Respondieron a las esperanzas de las personas y por eso en casi cada medida, Estados Unidos es un lugar mejor y más fuerte.

En diez días, el mundo será testigo de un sello distintivo en nuestra democracia, la transición pacífica de un presidente electo libremente al siguiente.

Me comprometí con el presidente electo Trump a que mi administración aseguraría una transición lo más tersa posible, justo así como el presidente Bush lo hizo por mí.

Porque depende de todos asegurarnos de que nuestro gobierno pueda ayudarnos a los muchos desafíos que enfrentamos. Tenemos lo que necesitamos para hacerlo. Tenemos todo lo que necesitamos para enfrentar esos desafíos. Después de todo, seguimos siendo la nación más rica, poderosa y más respetada en la Tierra. Nuestra juventud, nuestro entusiasmo, nuestra diversidad y apertura y nuestra capacidad sin límite para el riesgo y la reinvención significa que el futuro debería ser nuestro. Pero ese potencial sólo se cumplirá si nuestra democracia funciona.

Sólo si nosotros, sin importar nuestra afiliación partidista o intereses particulares, ayudamos a restaurar el sentido de propósito común que tanto necesitamos ahora. En eso me quiero poner el foco esta noche: el estado de nuestra democracia.

Entiendan que la democracia no requiere uniformidad. Nuestros fundadores discutieron, pelearon y eventualmente se comprometieron y esperaban que nosotros hiciéramos lo mismo. Pero ellos sabían que la democracia requiere un sentido básico de solidaridad. La idea que pese a nuestras diferencias externas estamos en esto juntos y nos levantamos y caemos como uno.

Han habido momentos en la historia en la que esa solidaridad se ha visto amenazada y el principio del siglo es una de esas veces. Un mundo que se encoge, inequidad creciente, cambio demográfico y el espectro del terrorismo. Estas fuerzas no sólo han puesto a prueba nuestra seguridad y prosperidad, sino que probaron nuestra democracia también. Y como enfrentemos estos retos a nuestra democracia determinará nuestra habilidad para educar a nuestros hijos, crear buenos trabajos y proteger nuestra patria.

En otras palabras, determinará nuestro futuro. Para empezar, nuestra democracia no funcionará sin el sentimiento de que todos tienen una oportunidad económica. Y la buena noticia es que la economía está creciendo de nuevo. Sueldos, ingresos, valores de las casas y cuentas de retiro están elevándose de nuevo. La pobreza está cayendo de nuevo.

Los ricos están pagando una parte justa de impuestos, incluso a medida que el mercado rompe récords. El desempleo está en su punto más bajo en diez años. La tasa de no asegurados nunca había sido tan baja.

Los costos de salud están elevándose al nivel más bajo en cincuenta años. Y lo he dicho y lo digo en serio, si cualquiera puede armar un plan que es demostrablemente mejor que las mejoras que hemos hecho a nuestro sistema de salud, que cubra a la gente a un menor costo, lo apoyaré públicamente.

Porque eso es por lo que servimos, después de todo. No para ganar puntos u obtener crédito, sino para hacer las vidas de las personas mejore. Sabemos que eso no es suficiente. Pero para todo el progreso real que hemos hecho, nuestra economía no funciona tan bien y pocos prosperan a expensas de la creciente clase media y las escaleras para la gente que quiere ingresar a la clase media.

Ese es el argumento económico. Pero la fuerte inequidad también es corrosiva para nuestra idea democrática.

 

Desigualdad y rezago

Mientras que el uno por ciento en la cima ha amasado grandes porciones de riqueza e ingreso, muchas de nuestras familias y ciudades en el interior y condados rurales se han quedado atrás. El trabajador de la fábrica despedido, la mesera o el trabajador del cuidado de la salud que apenas logra salir adelante y lucha para pagar las cuentas, convencidos de que el juego está amañado en su contra, de que el gobierno sólo sirve a los poderosos, esa es una receta para más cinismo y polarización de nuestra política.

Ahora, no hay arreglos fáciles para esta tendencia a largo plazo. Concuerdo, nuestro comercio debería ser justo y no sólo libre. Pero la siguiente ola de dislocación económica no vendrán del exterior. Vendrán del paso sin descanso de la automatización que hace a muchos buenos trabajos de clase media obsoletos.

Y por ello tendremos que forjar un nuevo pacto social para garantizar que todos nuestros niños reciban la educación que necesitan. Para dar a los trabajadores el poder para sindicalizarse por mejores salarios. Para actualizar la red de seguridad social para reflejar el modo en que vivimos ahora. Y para hacer más reformas al código fiscal para que las corporaciones e individuos que obtienen más de esta nueva economía no eviten sus obligaciones con el país que ha hecho su propio éxito posible.

Podemos discutir sobre la mejor forma de lograr estas metas. Pero no podemos ser complacientes acerca de las metas en sí mismas. Porque si no creamos oportunidades para todas las personas, el desencanto y división que ha estancado nuestro progreso sólo se afilará en los años por venir.

Hay una segunda amenaza para nuestra democracia. Y es tan vieja como nuestra propia nación. Después de mi elección se habló de un Estados Unidos postracial. Y tal visión, aunque bien intencionada, nunca fue realista. La raza sigue siendo una fuerza potente y a menudo divisiva en nuestra sociedad.

Ahora he vivido lo suficiente como para saber que las relaciones raciales son mejores de lo que eran 10 o 20 o 30 años atrás, sin importar lo que algunos dicen. Pueden verlo no sólo en las estadísticas. Lo ven en las actitudes de los jóvenes estadounidenses a través del espectro político. Pero no estamos donde debemos estar. Y todos tenemos más trabajo que hacer. Si toda cuestión económica se enmarca como una lucha entre una clase media blanca y trabajadora y una minoría no merecedora, entonces los trabajadores de todos los matices se quedarán luchando por los restos mientras los ricos se retiran más a sus enclaves privados.

Si no estamos dispuestos a invertir en los hijos de los inmigrantes, simplemente porque no se parecen a nosotros, vamos a disminuir las perspectivas de nuestros propios hijos, porque esos niños morenos representarán una parte cada vez mayor de la fuerza de trabajo de Estados Unidos.

Y hemos demostrado que nuestra economía no tiene que ser un juego de suma cero. El año pasado, los ingresos aumentaron para todas las razas, todas las edades, para hombres y mujeres. Así que si vamos a ser serios acerca de la raza avanzando, tenemos que defender las leyes contra la discriminación en la contratación, la vivienda, la educación, y en el sistema de justicia penal. Eso es lo que nuestra Constitución y los ideales más altos requieren.

Pero las leyes por sí solas no serán suficientes. Los corazones deben cambiar. No va a cambiar de la noche a la mañana. A menudo las actitudes sociales llevan generaciones para cambiar. Pero si nuestra democracia debe funcionar de la manera que debería en esta nación cada vez más diversa, entonces cada uno de nosotros tiene que tratar de prestar atención al consejo de un gran personaje en la ficción americana, Atticus Finch, quien dijo: “Nunca entiendes a una persona hasta que consideras las cosas desde su punto de vista, hasta que te metes en su piel y caminas dentro de ella”.

Para los negros y otros grupos minoritarios, eso significa unir nuestras propias y verdaderas luchas por la justicia a los desafíos que enfrentan muchas personas en este país. No sólo el refugiado o el inmigrante o el pobre rural o el transexual estadounidense sino también el sujeto blanco de mediana edad que desde el exterior puede parecer que tiene todas las ventajas, pero ha visto su mundo revuelto por los problemas económicos, culturales y cambio tecnológico.

Tenemos que prestar atención y escuchar. Para los estadounidenses blancos, significa reconocer que los efectos de la esclavitud y Jim Crow no desaparecieron repentinamente en los años 60; que cuando los grupos minoritarios expresan su descontento, no sólo se dedican al racismo inverso o practican la corrección política; cuando protestan pacíficamente, no exigen un trato especial, sino la igualdad de trato que prometieron nuestros fundadores.

Para los estadounidenses nativos, significa recordarnos los estereotipos sobre los inmigrantes que se decían, casi palabra por palabra, sobre los irlandeses, los italianos y los polacos, que se decía que iban a destruir el carácter fundamental de Estados Unidos. Y como resultó, Estados Unidos no se debilitó por la presencia de estos recién llegados; estos recién llegados abrazaron el credo de esta nación, y esta nación se fortaleció.

 

La tercera amenaza

Así que, independientemente de la estación que ocupamos, todos tenemos que esforzarnos más; todos tenemos que comenzar con la premisa de que cada uno de nuestros conciudadanos ama este país tanto como nosotros; que valoran el trabajo duro y la familia como nosotros; que sus hijos son tan curiosos y esperanzados y dignos de amor como los nuestros.

Y eso no es fácil de hacer. Para muchos de nosotros es más seguro refugiarnos en nuestras propias burbujas, ya sea en nuestros vecindarios, en los campus universitarios, en los lugares de culto, o especialmente en las redes sociales, rodeados de personas que se parecen a nosotros y comparten la misma perspectiva política y nunca desafían nuestras suposiciones.

En el surgimiento del partidismo desnudo y la creciente estratificación económica y regional, la fragmentación de nuestros medios de comunicación en un canal para todos los gustos, todo esto hace que esta gran clasificación parezca natural, incluso inevitable.

Y esta tendencia representa una tercera amenaza para nuestra democracia. Miren, la política es una batalla de ideas. Así fue como se diseñó nuestra democracia. En el curso de un sano debate, priorizamos diferentes objetivos y los diferentes medios para alcanzarlos. Pero sin una base común de hechos, sin la voluntad de admitir nueva información y conceder que el oponente podría estar haciendo un punto justo, y que la ciencia y la razón son importantes, entonces vamos a seguir hablando unos por encima de los otros.

Y haremos que el terreno común y el compromiso sean imposibles. ¿Y no es eso parte de lo que a menudo hace que la política sea desalentadora? ¿Cómo pueden los funcionarios electos enfurecerse por los déficits cuando nos proponemos gastar dinero en preescolar para niños, pero no cuando estamos recortando impuestos para las corporaciones?

¿Cómo excusamos los lapsos éticos en nuestro propio partido, pero saltamos cuando la otra parte hace lo mismo? No es sólo deshonesto, es clasificación selectiva de los hechos. Es autodestructivo porque, como mi madre solía decirme, la realidad tiene una manera de ponerse al día contigo

 

El desafío del cambio climático y el fanatismo violento

Tomen el desafío del cambio climático. En sólo ocho años hemos reducido a la mitad nuestra dependencia del petróleo extranjero, hemos duplicado nuestra energía renovable, hemos llevado al mundo a un acuerdo, a la promesa de salvar este planeta. Pero sin acciones más audaces, nuestros niños no tendrán tiempo para debatir la existencia del cambio climático. Estarán ocupados lidiando con sus efectos. Más desastres ambientales, más perturbaciones económicas, olas de refugiados climáticos que buscan santuario.

Ahora podemos y debemos discutir sobre el mejor enfoque para resolver el problema. Pero negar simplemente el problema no sólo traiciona a las generaciones futuras, traiciona el espíritu esencial de este país, el espíritu esencial de la innovación y la solución práctica de problemas que guiaron a nuestros fundadores. Es ese espíritu, es ese espíritu nacido de la iluminación lo que nos convirtió en una potencia económica. El espíritu que tomó vuelo en Kitty Hawk y Cabo Cañaveral, el espíritu que cura la enfermedad y pone una computadora en cada bolsillo, es ese espíritu. Una fe en la razón y en la empresa, y la primacía del derecho sobre la voluntad, que nos permitió resistir la tentación del fascismo y la tiranía durante la Gran Depresión, que nos permitió construir un orden posterior a la Segunda Guerra Mundial con otras democracias.

Un orden basado no sólo en el poder militar o en las afiliaciones nacionales, sino en los principios, el estado de derecho, los derechos humanos, la libertad de religión y de expresión y de reunión y una prensa independiente. Este orden está ahora siendo desafiada. Primero por fanáticos violentos que dicen hablar por el Islam. Más recientemente, por los autocratas en las capitales extranjeras que buscan mercados libres en democracias abiertas y la propia sociedad civil como una amenaza para su poder.

El peligro que cada uno de estos plantea a nuestra democracia es más extenso que un coche bomba o un misil. Representan el miedo al cambio. El miedo de las personas que miran, hablan u oran de manera diferente. Un desprecio por el imperio de la ley que responsabiliza a los líderes. Una intolerancia de la disidencia y el pensamiento libre. La creencia de que la espada o el arma o la bomba o la máquina de propaganda es el árbitro supremo de lo que es verdad y lo que es correcto.

Debido al extraordinario valor de nuestros hombres y mujeres en uniforme, debido a nuestros oficiales de inteligencia y agentes de la ley y diplomáticos que apoyan a nuestras tropas, ninguna organización terrorista extranjera ha planificado y ejecutado exitosamente un ataque a nuestra patria en estos últimos ocho años.

Y aunque Boston y Orlando y San Bernardino y Fort Hood nos recuerdan lo peligrosa que es la radicalización, nuestras agencias policiales son más eficaces y vigilantes que nunca. Hemos eliminado decenas de miles de terroristas, incluyendo a Bin Laden.

La coalición global que estamos liderando contra ISIS ha sacado a sus líderes y les ha quitado la mitad de su territorio. ISIS será destruido. Y nadie que amenace a Estados Unidos estará seguro. Y a todos los que sirven o han servido, ha sido el honor de mi vida ser su comandante en jefe. Y todos les debemos una profunda deuda de gratitud.

 

La democracia y el miedo

Pero, proteger nuestro modo de vida, no es sólo el trabajo de nuestros militares. La democracia puede debilitarse cuando hay miedo. Así que nosotros como ciudadanos debemos permanecer vigilantes contra la agresión externa, debemos protegernos contra el debilitamiento de los valores que nos hacen ser quienes somos.

Y es por eso que durante los últimos ocho años he trabajado para poner la lucha contra el terrorismo en una base legal más firme. Es por eso que hemos acabado con la tortura, hemos trabajado para cerrar Gitmo, hemos reformado nuestras leyes de vigilancia para proteger la privacidad y las libertades civiles.

Por eso rechazo la discriminación contra los musulmanes estadounidenses que son tan patrióticos como nosotros.

Es por eso que no podemos retirarnos de las grandes luchas mundiales para expandir la democracia, los derechos humanos,  los derechos de las mujeres y los derechos LGBT.

Sin importar lo imperfectos que sean nuestros esfuerzos, no importa cuán oportunos ignoren estos valores, eso es parte de defender a los Estados Unidos. Pues la lucha contra el extremismo y la intolerancia y el sectarismo y el chauvinismo son una pieza de la lucha contra el autoritarismo y la agresión nacionalista. Si el alcance de la libertad y el respeto por el imperio de la ley se reduce en todo el mundo, la probabilidad de guerra dentro y entre las naciones aumenta, y nuestras propias libertades eventualmente serán amenazadas.

Así que seamos vigilantes, pero no tengamos miedo. ISIS tratará de matar a personas inocentes. Pero no pueden derrotar a América a menos que traicionemos nuestra Constitución y nuestros principios en la lucha.

Los rivales como Rusia o China no pueden igualar nuestra influencia en todo el mundo, a menos que renunciemos a lo que representamos y nos convirtamos en otro gran país que intimida a los vecinos más pequeños.

 

Reconstruir instituciones democráticas

Lo que me lleva a mi punto final: nuestra democracia se ve amenazada siempre que la damos por sentado.

Todos nosotros, sin importar el partido, debemos lanzarnos a la tarea de reconstruir nuestras instituciones democráticas. Cuando las tasas de voto en Estados Unidos están entre las más bajas de las democracias avanzadas, deberíamos estar haciendo que sea más fácil, no más difícil, votar. Cuando la confianza en nuestras instituciones es baja, debemos reducir la influencia corrosiva del dinero en nuestra política e insistir en los principios de transparencia y ética en el servicio público. Cuando el Congreso es disfuncional, debemos atraer a nuestros distritos para animar a los políticos a atender al sentido común y no a los extremos rígidos.

Pero recuerden, nada de esto sucede por sí solo. Todo esto depende de nuestra participación; de uno de nosotros aceptando la responsabilidad de la ciudadanía, independientemente de la forma en que el péndulo de poder se balancea.

Nuestra Constitución es un regalo extraordinario y hermoso. Pero en realidad es sólo un pedazo de pergamino. No tiene poder por sí solo. Nosotros, la gente, le damos poder. Nosotros, el pueblo, le damos sentido con nuestra participación, con las elecciones que hacemos y las alianzas que forjamos.

Si defendemos o no nuestras libertades. Si respetamos y hacemos cumplir el imperio de la ley o no, eso depende de nosotros. Estados Unidos no es cosa frágil. Pero las ganancias de nuestro largo viaje a la libertad no están aseguradas.

En su discurso de despedida, George Washington escribió que el autogobierno es el fundamento de nuestra seguridad, prosperidad y libertad, pero “de diferentes causas y de diferentes sectores se tomarán muchos dolores… para debilitar en sus mentes la convicción de esta verdad.”

Y así tenemos que preservar esta verdad con “ansiedad celosa”; debemos rechazar “el primer amanecer de cada intento de alienar cualquier porción de nuestro país del resto o de debilitar los lazos sagrados” que nos hacen uno, Estados Unidos. Debilitamos esos lazos cuando permitimos que nuestro diálogo político se vuelva tan corrosivo que las personas de buen carácter ni siquiera estén dispuestas a entrar en el servicio público. Tan llenos de rencor que los estadounidenses con los que no estamos de acuerdo se ven, no sólo como equivocados, sino como malévolos. Debilitamos esos lazos cuando definimos a algunos de nosotros como más estadounidenses que otros.

Cuando anulamos todo el sistema como inevitablemente corrupto. Y cuando nos sentamos y culpar a los líderes que elegimos sin examinar nuestro propio papel en la elección de ellos.

Corresponde a cada uno de nosotros ser esos guardianes ansiosos y celosos de nuestra democracia. Abracen la feliz tarea que nos ha sido encomendada de tratar continuamente de mejorar esta gran nación porque, a pesar de todas nuestras diferencias exteriores, todos compartimos el cargo más orgulloso, más importante de una democracia, el de ciudadano.

Así que, ya ven, eso es lo que exige nuestra democracia. Te necesita. No sólo cuando hay una elección, no sólo cuando tienes un interés estrecho en juego, pero durante todo el lapso de una vida. Si están cansados de discutir con extraños en Internet, traten de hablar con uno de ellos en la vida real.

Si algo necesita arreglarse, a continuación, aten sus zapatos y hagan algo de organización. Si están decepcionados por sus funcionarios electos, agarraren un tablero de clip, obtengan algunas firmas, y compitan para el cargo ustedes mismos.

Acudan, sumérjanse, permanezcan en ella. A veces ganarás, a veces perderás. Presumir un reservorio en la bondad, puede ser un riesgo. Y habrá momentos en que el proceso te decepcionará. Pero para aquellos de nosotros lo suficientemente afortunados de haber sido parte de este y verlo de cerca, déjenme decirles, puede energizar e inspirar. Y más a menudo que no, su fe en Estados Unidos y en los estadounidenses será confirmada. La mía seguro lo ha sido.

A lo largo de estos ocho años, he visto las caras esperanzadoras de los jóvenes graduados y de nuestros nuevos oficiales militares. He llorado con familias afligidas buscando respuestas, y encontré gracia en una iglesia de Charleston. He visto a nuestros científicos ayudar a un hombre paralizado a recuperar su sentido del tacto. He visto guerreros heridos que algún punto se dieron por muertos, caminar de nuevo.

He visto a nuestros médicos y voluntarios reconstruir después de terremotos y detener pandemias en sus pistas. He visto a los más pequeños de los niños recordarnos a través de sus acciones y a través de su generosidad, nuestras obligaciones de cuidar a los refugiados o trabajar por la paz y, sobre todo, de cuidarnos unos a otros. De modo que esa fe que puse todos esos años, no lejos de aquí, en el poder de los estadounidenses comunes para provocar el cambio, esa fe ha sido recompensada de formas que no podría haber imaginado. Espero que su fe también. Algunos de ustedes aquí esta noche o viendo en casa, estuvieron allí con nosotros en 2004 y 2008, 2012. A lo mejor todavía no puedes creer que logramos todo esto.

 

Michelle LaVaughn Robinson, la mejor amiga

Déjame decirte que no eres el único. Michelle LaVaughn Robinson, del lado sur, durante los últimos 25 años, no sólo has sido mi esposa y madre de mis hijos, tú has sido mi mejor amiga.

Tomaste un papel que no pediste. Y lo hiciste tuyo con gracia, carácter, estilo, y buen humor. Hiciste de la Casa Blanca un lugar que pertenece a todos. Y una nueva generación fija sus vistas más arriba porque te tiene como modelo. Me has hecho sentir orgulloso, y has hecho sentir al país orgulloso.

Malia y Sasha, bajo las circunstancias más extrañas, se han convertido en dos mujeres increíbles. Son inteligente y hermosas. Pero lo más importante, son amables, inteligentes y están llenas de pasión. Y llevaron la carga de años en el centro de atención tan fácilmente. De todo lo que he hecho en mi vida, estoy más orgulloso de ser su padre.

Para Joe Biden, el chico flacucho de Scranton que se convirtió en el hijo favorito de Delaware. Fuiste la primera decisión que tomé como nominado, y fue la mejor. No sólo porque has sido un gran vicepresidente, sino porque en el trato gané un hermano. Y te queremos a ti y a Jill como familia. Y tu amistad ha sido una de las grandes alegrías de nuestras vidas.

A mi extraordinario personal, durante ocho años, y para algunos de ustedes un montón más, he sacado su energía. Y todos los días trato de reflejar lo que han mostrado. Corazón y carácter. Y el idealismo. Los he visto crecer, casarse, tener hijos, comenzar nuevos viajes increíbles.

Incluso cuando los tiempos se ponían difíciles y frustrantes, nunca dejaron que Washington se llevara lo mejor de ustedes. Se protegieron contra el cinismo. Y lo único que me hace más orgulloso que todo lo bueno que hemos hecho, es pensar en todas las cosas asombrosas que van a lograr desde aquí.

Y a todos ustedes, todos los organizadores que se mudaron a una ciudad desconocida, a toda clase de familias que les dieron la bienvenida, a cada voluntario que llamó a la puerta, a cada joven que votó por primera vez, a cada estadounidense que vivía y respiró el duro trabajo de cambio, son los mejores partidarios y organizadores que nadie podría esperar, y siempre estaré agradecido. Porque cambiaron el mundo. Lo hicieron.

Y es por eso que dejo este escenario esta noche aún más optimista sobre este país que cuando empezamos. Porque sé que nuestro trabajo no sólo ha ayudado a tantos estadounidenses; ha inspirado a tantos estadounidenses -especialmente a tantos jóvenes por ahí- a creer que pueden hacer una diferencia; para engachar su carro a algo más grande que ustedes mismos.

Déjenme decirte, esta generación que viene -altruista, altruista, creativa, patriótica- la he visto en todos los rincones del país. Creen en una América justa, justa e inclusiva; saben que el cambio constante ha sido el sello de Estados Unidos, que no es algo que temer, sino algo que abrazar, están dispuestos a llevar adelante este duro trabajo de la democracia. Pronto superarán en número a cualquiera de nosotros, y creo que como resultado el futuro está en buenas manos.

Mis compatriotas estadounidenses, ha sido el honor de mi vida servirles. No voy a parar; de hecho, estaré allí con ustedes, como ciudadano, por todos mis días restantes. Pero por ahora, si eres joven o si eres joven de corazón, tengo una última petición como tu presidente, la misma cosa que te pedí cuando me arriesgaste hace ocho años. Te pido que creas. No en mi capacidad para lograr el cambio, sino en el tuyo.

Les pido que se aferren a esa fe escrita en nuestros documentos fundacionales; esa idea susurrada por esclavos y abolicionistas; ese espíritu cantado por inmigrantes y aquellos que marcharon por la justicia; ese credo reafirmado por los que plantaron banderas de campos de batalla extranjeros a la superficie de la luna; un credo en el centro de cada estadounidense cuya historia aún no está escrita: Sí podemos.

Gracias. Dios los bendiga y continúe bendiciendo a los Estados Unidos. Gracias.

Video del discurso de despedida de Barack Obama

(Con información de I Agree To See/ Traducción: Carolina Mejia/AN)







    Contenido Relacionado


  1. Trump exige abrogar Obamacare de inmediato; eso es “casi imposible”: NYT
    Enero 10, 2017 7:11 pm
  2. Sanciones de EU deteriorarán nuestros lazos: Rusia
    Enero 10, 2017 11:48 am
  3. Obama, ¿de la Casa Blanca a Spotify?
    Enero 10, 2017 10:17 am
  4. Obama pone “en lista negra” a cinco rusos por violaciones a los derechos humanos
    Enero 9, 2017 8:21 pm
  5. Putin ordenó campaña para “denigrar” a Clinton: reporte de Inteligencia
    Enero 6, 2017 5:50 pm
  6. Y ahora… Trump insulta a líder demócrata; lo llama “payaso en jefe”
    Enero 5, 2017 8:40 am
Escribe un comentario

Nota: Los opiniones aquí publicadas fueron enviadas por usuarios de Aristeguinoticias.com. Los invitamos a aprovechar este espacio de opinión con responsabilidad, sin ofensas, vulgaridad o difamación. Cualquier comentario que no cumpla con estas características, será removido.

Si encuentras algún contenido o comentario que no cumpla con los requisitos mencionados, escríbenos a comentariosyqu[email protected]