Jorge Franco Ramos: “La vida no se divide en buenos y malos”
El escritor colombiano habla en entrevista de los ejes sobre los que se mueve su novela, 'El mundo de afuera'.
Jorge Franco Ramos: “La vida no se divide en buenos y malos”
La violencia y el amor sus temas. (Foto: Héctor González).

Amor, violencia y política. Si a esos temas le sumamos una prosa educada como la de Jorge Franco Ramos, quien ganó adeptos gracias a títulos como Rosario Tijeras o Paraíso travel, no sorprende que obtuviera el Premio Alfaguara de Novela 2014, con El mundo de afuera, donde recupera un secuestro que cimbró a Medellín en 1971.

El narrador reconoce que la función de la literatura es contribuir a tener una visión más amplia y completa de la realidad. En entrevista con Aristegui Noticias, advierte que su país enfrenta un complejo y decepcionante proceso electoral.

Desde Rosario Tijeras hasta El mundo de afuera, la violencia y el amor son dos de sus temas. 

Siempre he tenido un gusto personal por las historias de amor, desde niño. Por otro lado creo que si uno va a contar la realidad reciente de Latinoamericana necesariamente pasará por algunos episodios de violencia. En El mundo de afuera, de entrada hay un delito execrable como es el secuestro, lo que sucede es que el plagio de Don Diego se volvió premonitorio de lo que vendría después para Medellín; fue el anuncio de que se convertiría en nuestro mayor dolor de cabeza y vergüenza.

¿Qué tuvo ese secuestro para ser un punto de quiebre?

Tuvo la particularidad de ser uno de los primeros y de ocurrir en una época en que Medellín era una ciudad tranquila. Ese secuestro sacudió los cimientos y fue el primero en terminar de una manera trágica. Yo era un niño cuando eso sucedió y aquel hombre era mi vecino, así que en lo personal tumbó parte de mi mundo infantil.

¿La distancia en tiempo ayuda a novelar episodios de ese tipo?

Pasaron muchas décadas antes de que decidiera novelarlo hace cinco o seis años. Un detonante personal fue mi paternidad. Soy padre de una niña de ocho años y esto despertó la necesidad de confrontarme con la infancia.

El principio tiene un tono de novela infantil pero conforme se desarrolla la historia incrementa su nivel de violencia. Vamos, de alguna manera como es la vida.

Sí, la novela refleja el despertar de unos niños que parecían vivir en un paraíso terrenal, donde todo estaba muy organizado y compenetrado. Sin embargo, a partir del secuestro descubren que el mundo de afuera va cambiando y deja de ser color de rosa.

A lo largo de sus novelas hay una prosa cuidada, ¿esto es parte de la llamada estética de la violencia?

La estética de la violencia es la óptica del artista para contar los hechos violentos que lo confrontan y sacuden. Uno como escritor busca tomar una distancia de la realidad a través del filtro del arte. No se trata de embellecer la violencia sino de matizarla. Si bien no se busca encontrar las razones, si hay un interés por presentar efectos secundarios de lo que sucede a fin de contribuir a la construcción de una visión más completa y humana.

De ahí su tendencia a humanizar a sus villanos…

Claro, la vida no se divide en buenos o malos. Sin llegar a justificarlos, sí me interesa mostrarlos como seres humanos con miedos y debilidades; tienen sus fortalezas pero también con sus grietas.

Siempre los pone en medio de una situación amorosa, ¿el amor humaniza?

Sí, hace unos días vi una noticia sobre una presentadora de televisión que terminó siendo amante de Pablo Escobar, en alguna parte de su relato ella cuenta que hasta la gente más mala merece que la quieran. A pesar de todo el amor es motor de buenos y malos. Yo que he trabajado el amor en casi toda mi literatura me doy cuenta de que es un sentimiento con una fuerza más allá del lugar común, es capaz de sacudir a los poderosos. Me despierta curiosidad porque no es estático ni único como puede ser el odio.

¿Se escribe a partir de la duda o de la certeza?

Cuando empiezas a contar una historia entras a un cuarto oscuro donde sabes que hay un interruptor. El proceso de escritura consiste en tocar la pared hasta encontrar el apagador, una vez que lo tienes, sigues el recorrido pero con un poco de luz. Por eso tengo un ejercicio, una vez que termino la historia la imprimo y después la transcribo toda; hago esto porque siento que parte de esa historia la escribí a oscuras.

Autores como usted, Fernando Vallejo o Juan Gabriel Vásquez, han conseguido trascender la coyuntura de la violencia para crear obras más atemporales. En México, a toda la corriente sobre el crimen organizado se le dice “narcoliteratura”. ¿Qué se necesita para crear obras que vayan más allá del mero retrato del momento?

En Colombia se le llamó la “sicaresca”, incluso bajo este rótulo metieron a Rosario Tijeras. Es complicado escribir en medio de la confusión, no quiero decir que en mi país ya superamos la crisis, simplemente yo empecé a escribir de estos temas seis años después de que salí de Medellín. Creo que a México le llegará el momento, incluso ya está pasando, pienso en gente como Élmer Mendoza o Luis Humberto Crosthwaite que trascienden al mero hecho violento.

Actualmente Colombia vive un intenso proceso político, ¿cuál es su percepción?

Salí de Colombia antes de la primera vuelta, cosa que me alivió porque fuimos testigos de una campaña tan sucia que resulta decepcionante para el lector. Los candidatos son los mismos solo que rompieron por cuestiones políticas y ahora son enemigos. Al debate electoral le faltaron propuestas reales. Colombia es más que un proceso de paz, es un tema sin duda pero la gente necesita educación, trabajo, el país necesita infraestructura.

En la segunda vuelta del próximo 15 de junio, ¿votará?

Probablemente sí y no sé qué haré porque los candidatos son lo mismo. Ambos han asumido posiciones radicales. El gobierno ha sido lento y hermético al no compartirnos lo que sucede con el proceso de paz, por eso se le castigó en la primera vuelta. La posición uribista es muy radical al punto de que existe el temor de que desaparezca el proceso de paz con ellos.

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