Pemex: ¿réquiem o renacimiento?, artículo de Miriam Grunstein
Si Emilio Lozoya hubiera sido el CEO de una empresa petrolera privada, sus accionistas ya lo hubieran colgado muy alto del asta bandera por pérdidas de 521 mil millones de pesos, siniestros constantes, impago a proveedores y contratistas...
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Pemex: ¿réquiem o renacimiento?
Miriam Grunstein

Si el negro González Iñárritu aspira a otro Oscar, yo le propondría que filmara la historia de la ya dudosa supervivencia de PEMEX. Devorado por toda clase de fieras (políticas, sindicales, fiscales, e incluso por algunos de sus más fieles proveedores y contratistas), de la absurdamente llamada Empresa Productiva del Estado ya casi quedan tan solo los pellejos.La explicación es, al menos para mí, un enigma inescrutable. No comparto las teorías conspiratorias de haber convertido a PEMEX en retazo con hueso para luego ponerlo en charola de plata a la plutocracia nacional y extranjera. Si el PRI quisiera desbarrancarse (como lo hizo Di Caprio con su caballo) entonces tal vez entregaría el activo público principal de este país a las fauces de los osos. Sin saberlo con certeza, no creo que el gobierno de Peña busque eso. ¿Qué pretenden hacer con PEMEX? Eso lo sé aún menos.

Desde la reforma constitucional, me preguntaba qué era “eso” de una Empresa Productiva del Estado, lo cual me parece una denominación, pomposa, tautológica y jactanciosa. Es pomposa porque busca aplausos, es tautológica porque toda empresa debe ser productiva (o quiebra) y es jactanciosa porque anuncia que el Estado es capaz de ser un gran empresario, cosa que al menos aquí –en este país—no se ha visto jamás. Más aún, las garras de hierro de Hacienda en PEMEX hacen imposible toda aspiración a que PEMEX pueda ser una empresa. Las autoridades fiscales no generan un centavo de riqueza, se la arrebatan a los que sí nos ganamos el pan, como manda Dios, con el sudor de nuestra frente. PEMEX no es, ni nunca ha sido una empresa, es una organización gubernamental que, o paga tributos, o se dedica a fines asistenciales y favores políticos. Por más pompa que ostente su nombre, PEMEX no será una empresa hasta que se constituya al arreglo de las leyes mercantiles y tenga al menos cierto porcentaje de accionistas privados capaces de cortarle la cabeza a quienes desmedren su dividendo. Pero como los mexicanos no somos más que un grupo difuso de propietarios anónimos e intrascendentes, no hacemos nada en defensa de nuestro patrimonio. Si Emilio Lozoya hubiera sido el CEO de una empresa petrolera privada, sus accionistas ya lo hubieran colgado muy alto del asta bandera por pérdidas de 521 mil millones de pesos, siniestros constantes debidos a una deplorable aplicación de medidas de seguridad industrial, impago a proveedores y contratistas, renegociaciones opacas de contratos, indecisión sobre cuestiones de política laboral y cuestiones más banales y chismosas (pero también tóxicas) como el cobro de citas con el Señorito por parte de su afamado Rasputín.

Así las cosas, PEMEX corría en contraflujo a la Reforma Energética. Mientras que el gobierno avanzaba (con ciertos tropiezos) con las licitaciones de contratos de exploración y producción, PEMEX parecía sumergirse en el pantano. Tras haber obtenido el 100% de su solicitud en las asignaciones de las reservas 2P, el 83% de estas áreas disponibles en el país, hace algunos meses el nuevo PEP anunció que se proponía devolver casi una centena de áreas por faltarle los recursos humanos, técnicos y financieros para sacarles provecho. Eso, a su vez, nos debería llevar a cuestionar qué clase de evaluación hicieron la Secretaría de Energía y la Comisión Nacional de Hidrocarburos para que, tan poco después, PEMEX mismo se declara no apto para desarrollar estas áreas. PEMEX tampoco ha avanzado en las migraciones; esto es en la transformación de su relaciones con contratistas para hacerlos socios en sus áreas contractuales. Sobre este punto cabe decir que estas migraciones están mal concebidas. Un contratista de servicios no es idóneo como socio de un operador en igualdad de condiciones. Es en contra toda lógica de la “naturaleza” de las empresas de servicios buscar el riesgo. ¿Por qué querrían ahora compartirlo con PEMEX? Tal vez unos migren pero será como el burro que tocó la flauta. Otro tema empantanado son los mal llamados farm outs, que en realidad son joint ventures. Aquí la peculiaridad es que para asociarse es requerido que el socio posible de PEMEX pase por una especie de certamen de belleza para quedarse con la alianza, lo cual es contrario a toda práctica internacional. Una sociedad es algo muy delicado y las partes deben sentirse cómodas una con la otra. Si yo entrara en un emprendimiento, habría abogados o consultores con los que no querría trabajar y menos aún si me los elige el gobierno. ¿Quieren que PEMEX actúe como una empresa? Un primer paso sería dejarlo escoger sus socios. Lamentablemente, la ley no lo permite. Para destrabar la formación de estos joint ventures se me ocurren dos caminos: el más difícil será cambiar a ley; el más fácil será hacer de estas licitaciones de socios una farsa, o mejor llamémosla una “formalidad” para que no suene tan feo.

Así el caos, no sorprende la crispación dentro y fuera de PEMEX. En los cubículos de Marina Nacional, así como en los activos y plantas en todo el país, muchos de los trabajadores de todos los niveles están a la expectativa. En conversaciones informales he oído a amigos decir “jubílate, si puedes,” como quien se arroja de la borda de una nave que naufraga. Fuera de PEMEX ha crecido la crispación de los proveedores a quienes se les debe al menos 7 mil millones de pesos. Y los proveedores no son los únicos afectados. Más allá de los proveedores y contratistas hay todo un tejido social en los estados petroleros cuya vida depende de PEMEX. No son solo los que venden máquinas, tubos y tuercas viven de la EPE; es el hotel, la miscelánea, la vulcanizadora, la fonda y el tallercito. Es el futuro del joven de Coatzacoalcos que vi pasar en bicicleta rumbo a la prepa vespertina. ¿Qué será de todo esto si se rompe su espina dorsal? Tal vez por eso hace poco Luis de Videgaray anunció que el gobierno federal no abandonaría a PEMEX; que, en la inteligencia de éste que fuera más eficiente, entraría en acción un “plan de rescate” que vagamente se planteó como una colocación de deuda. Algunos entendieron que sería para pagar jubilaciones, otros para solventar deudas a los proveedores, algún gurú me dijo que el anunció se hizo para levantar corazones y reafirmar la confianza en la EPE. Como fuere, días después, Emilio Lozoya Austin, a quien nadie tocaba ni con el pétalo de una flor, presentó su renuncia. Ese sí podría ser el inicio de un verdadero rescate de PEMEX. Como sea, tras el recuento de los daños, Lozoya tal vez no nos quede debiendo muchísimo amor pero sí una larga rendición de cuentas sobre su desempeño como la cabeza de nuestro mayor y otrora más valioso activo público.

El relevo de Lozoya es interesante e inquietante a la vez. José Antonio González Anaya (Pepe Toño, para sus amigos) es un hombre joven, educado en las mejores universidades, inteligente, severo, con un expediente al parecer sin mácula en el sector público en el que se ha desempeñado, de forma destacada, como subsecretario de Ingresos y director general del Instituto Mexicano del Seguro Social. Todo suena bien hasta que uno se pregunta ¿No requiere PEMEX un liderazgo de un empresario si se pretende que sea una Empresa Productiva del Estado? La combinación de la trayectoria de González Anaya lleva a concluir que pese a sus grandes méritos, podría tener una visión incompleta de lo que PEMEX debe ser. Los conocimientos de González Anaya, tal como lo demuestra su hoja de vida, tienen que ver con ingresos fiscales y una visión muy lúcida en materia de pensiones. Pero carece de la mente empresarial; ésa que maquina, imagina, proyecta y concreta negocios. El perfil de González Anaya como un hombre sin visión del negocio petrolero se proyectó límpido durante la conferencia telefónica a inversionistas el pasado lunes 29 de febrero.

La conferencia fue más breve y menos sustancial de lo que hubiera esperado. Con láminas que no alcanzamos a ver los que estábamos enlazados por teléfono, el ahora director general anunció un recorte en el presupuesto de PEMEX por 100 mil millones de pesos, de los cuales 46 mil afectarían en particular a Exploración y Producción. Sin más, el González Anaya afirmó que ese recorte presupuestal se compensaría con los instrumentos que ahora ofrece la reforma energética. ¿Cuáles de ellos? Ni siquiera entró a ese nivel mínimo de detalle. Pero imaginamos que podría tratarse de las migraciones (que no se han llevado a cabo) los joint ventures o farm outs (hasta ahora empantanados) y otros esquemas de coinversión, financiamiento o incluso venta de activos que también permite esta reforma.

Para describir la situación de PEMEX, el CEO entró en un juego semántico, algo sutil y poco preciso. Dijo, en suma, que PEMEX era solvente pero que tenía una falta de liquidez a corto plazo. Ello recuerda mucho a esas palabras de don Jesús Silva Herzog Flores, cuando tras la caída de los precios del petróleo en los setentas tardíos, la devaluación del peso y la tremenda fuga de capitales, el otrora Secretario de Hacienda le dijo a los banqueros de Estados Unidos que México enfrentaba un “problema de flujo de caja” cuando lo que realmente sucedía era que las arcas de México estaban vacías. La intuición me dicta que hay un paralelo semántico entre lo que dijo Silva Herzog entonces y lo que dijo González Anaya hace unos días. Por otra parte, para determinar la solvencia de PEMEX haría falta hacer un análisis profundo y diabólicamente complejo del valor de sus activos.

El tema laboral en PEMEX casi no fue abordado porque, al contrario de cómo sucedería con cualquier empresa, la dimensión laboral aquí tiene implicaciones, no solo económicas, sino de equilibrios sociales y políticos. González Anaya de hecho salió en la defensa de los ingenieros de PEMEX. ¿Así? ¿En una agrupación amorfa donde no se distinguen grados de competencias, productividad y eficiencia? Cuando González Anaya, o cualquier otro, se refiere a los trabajadores de PEMEX, en bloque y sin individualización humana, me viene a la mente algún mural del realismo soviético en donde marchan muchos pero no tienen cara.

Por último, creo que un aspecto dramáticamente ignorado en el debate sobre el futuro de PEMEX es la cuestión de justicia intergeneracional que debe predominar. Muchos mexicanos ya se sirvieron con la cuchara grande, cuando del petróleo se trata. Sin consideración de las generaciones futuras hemos sido unos atascados: los que trabajamos en PEMEX y nos jubilamos a los 45 años, los que contratamos por ser cuates, los que heredamos plazas, los que cobramos el diezmo, los que encubrimos a los ladrones de los ductos y los que felices, sin miramientos, y por mucho tiempo consumimos gasolina por debajo de su valor de mercado. Todos, por comodidad, inconsciencia, inmoralidad u oportunismo, nos acabamos a PEMEX. ¿Qué explicación daremos a los mexicanos del mañana? Ojalá nos la demanden.

(De Energía hoy, marzo de 2016).



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