El gigante dormido de las elecciones estadounidenses, ¿despertará ante Trump?
Los hispanos son hoy la comunidad étnica más grande de la nación, con 55 millones de personas.
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Foto: Reuters

Es una persistente paradoja de la política estadounidense: Las familias hispanas tienen mucho en juego en las elecciones presidenciales, pero a pesar del poder político derivado de su crecimiento poblacional, los hispanos a menudo no votan, no se registran para votar o simplemente deciden abstenerse.

La presencia de Donald Trump, sin embargo, podría alterar esa dinámica. Al llamar a los blancos y a la clase obrera a rechazar la inmigración ilegal, ¿ha alienado el candidato republicano a un bloque importante, los 27,3 millones de hispanos que podrían emitir su voto y que son desde hace tiempo el gigante dormido de las elecciones estadounidenses?

“Muchas veces escuchas toda esa cháchara de que la política no afecta sus vidas”, dice Yvanna Cancela, directora política de Culinary Union, un sindicato de Las Vegas que agrupa mayormente a inmigrantes. “Pero eso cambia cuando pasa ser algo personal, y no hay nada más personal que un Donald Trump hablando de la deportación de 11 millones de inmigrantes”.

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Los hispanos son hoy la comunidad étnica más grande de la nación, con 55 millones de personas. Más de la mitad nacieron en Estados Unidos y hay 6,5 millones inmigrantes naturalizados. El resto son residentes legales o gente que está en el país sin autorización. La mayoría son originarios de México, uno de los blancos favoritos de Trump.

“Cuando México manda su gente, no nos envía lo mejor”, dijo Trump el año pasado al anunciar su candidatura. “Traen drogas. Traen delincuencia. Son violadores”.

Uno de los pilares de la plataforma de Trump es la construcción de un muro a lo largo de toda la frontera sudoeste de Estados Unidos y obligar a México a pagar por ella. ¿Cómo? Amenazando con retener las remesas que los que viven en Estados Unidos envían a sus familiares.

Trump cuestionó la imparcialidad de un juez federal nacido en Indiana, descendiente de mexicanos, que tenía en sus manos una demanda en su contra. Tildó a algunos manifestantes de New Mexico de “matones que ondeaban la bandera mexicana” y acusó a la gobernadora de ese estado –una republicana que es la primera mujer hispana que gobierna un estado– de “no hacer su trabajo”. La mitad de la población de ese estado es hispana y constituye el 40% del potencial electorado.

Esto dista mucho de lo que planteó el Comité Nacional Republicano hace tres años, cuando, luego de que Mitt Romney perdiese la elección ante Barack Obama, encargó un estudio acerca de cómo atraer el voto de los hispanos, los negros, las mujeres y los jóvenes. Un capítulo del informe titulado “Estados Unidos luce diferente” exhortaba a los republicanos a acercarse a las minorías, “a mostrar nuestra sinceridad” y a “aceptar y promover una reforma integral a las leyes de inmigración”.

Estudios realizados en el 2016 indican que la mayoría de los hispanos se proponen votar en contra del candidato republicano. Una consulta de Fox News Latino halló que el 67% apoyan a Hillary Clinton y que Trump tiene apenas el 23% de la intención de voto.

John Herrera, de 38 años, es un ejemplo típico. Se anotó para votar en Las Vegas en junio. “Nunca había votado hasta ahora. Lo hago sólo porque Trump está en contra de los hispanos”, afirmó. “Antes no pensé que mi voto pudiera incidir, pero ahora quiero hacerme sentir”.

Lionel Sosa, prominente ejecutivo publicitario de ascendencia mexicana de San Antonio, fue alguna vez considerado uno de los 25 hispanos más influyentes del país por la revista Time. Ayudó a republicanos como Ronald Reagan, George W. Bush y John McCain a captar el voto hispano.

Pero esto fue antes de que asomase Trump. En una columna publicada en junio en el diario San Antonio Express-News, Sosa anunció que dejaría el partido a raíz de la nominación de Trump.

“Mil puntos de luz fueron reemplazados por mil puntos de indignación. En lugar de ser un conservador compasivo, nuestro nominado promueve la crueldad, el extremismo y el racismo. En lugar de unir, el partido apoya al propulsor más acabado de la actitud ‘nosotros contra ellos’. Es la encarnación de las políticas divisorias”, escribió.

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El temor republicano a represalias de los hispanos obedece a lo que pasó luego de que el partido hizo blanco a la inmigración ilegal en California en 1994.

El gobernador Pete Wilson apostó a una iniciativa llamada Proposition 187 que negaba beneficios estatales y acceso a las escuelas públicas a la gente que estuviese en el país sin permiso. La propuesta fue aprobada, aunque posteriormente declarada inconstitucional, y enfureció a muchos hispanos.

A partir de entonces, más hispanos han sido elegidos para cargos públicos en ese estado y el Partido Republicano no tiene fuerza alguna en el presente. Ningún republicano ganó una elección estatal en California desde el 2006. La Proposition 187 no es la única razón: otros bloques californianos ya estaban pasándose a los demócratas en la década de 1990 y entre los hispanos ya se percibía una tendencia a darle la espalda a los republicanos. Pero la pérdida de California es un ejemplo de los riesgos que corre el Partido Republicano de alienar a un grupo étnico de rápido crecimiento.

“Con las cosas que está diciendo Trump, podríamos ver el mismo fenómeno”, señaló Agius Vallejo, sociólogo de la University of Southern California y autor de “Barrios to Burbs: The Making of the Mexican American Middle Class” (De los barrios a los suburbios: La creación de una clase media mexicano-estadounidense). “Solo que esta vez sería a nivel nacional”.

Hay razones, sin embargo, para ser escéptico. En términos generales, los hispanos no acuden a las urnas masivamente.

Para empezar, unos 7,2 millones de hispanos adultos están en el país ilegalmente y no pueden votar, según estimados del Centro de Investigaciones Pew (Pew Research Center). Otros 5 millones viven aquí legalmente, con permiso de residencia temporal o permanente, pero no son ciudadanos, por lo que no tienen derecho al voto.

Además, casi un tercio del total de hispanos de los Estados Unidos, unos 17,9 millones, son menores de 18 años y no tienen edad para votar. Gente como Edysmar Díaz Cruz, estudiante de secundaria de Miami que cumplirá 18 años un mes después de las elecciones de noviembre.

“Es frustrante porque he estado siguiendo de cerca la campaña”, expresó la joven.

Relativamente pocos hispanos que podrían votar se enrolan y emiten su voto. En las elecciones del 2012, solo el 48% de los votantes hispanos habilitados acudió a las urnas, según el Pew, comparado con el 66,6% de los negros y el 64,1% de los blancos.

En Arizona, una década de políticas duras hacia la inmigración ilegal dispuestas por funcionarios republicanos no generó mayores consecuencias. Los republicanos siguen controlando las dependencias del estado y los activistas admiten que votantes blancos cada vez más conservadores compensan los progresos de los hispanos, que ahora representan casi una quinta parte del electorado en ese estado.

En Texas, donde el 39% de la población es hispana, los demócratas no ganan elecciones estatales desde hace décadas. Durante las elecciones de mitad de término del 2014, menos de 2,3 millones de hispanos dijeron haberse anotado para votar, un 46% de los casi 4,9 millones que podrían haberlo hecho, según estudios de la Oficina del Censo. La abstinencia fue peor todavía: Solo el 22% de los hispanos de Texas que satisfacían los requisitos para votar lo hicieron, comparado con el 42% de los blancos y el 35% de los negros.

“Hemos estado usando mal nuestro dinero”, admite Crystal Zermeno, directora de proyectos especiales del Texas Organizing Project, una agrupación demócrata.

“En los últimos 15 o 20 años nos hemos enfocado en el votante blanco indeciso. Si hablas con votantes hispanos, te dicen ‘nadie me pidió que votase”’, comenta Zermeno. “Históricamente, no nos hemos concentrado ni gastado dinero en gente que difícilmente vote y no se puede esperar que quienes no votan acudan en masa a las urnas… sin que nadie los aliente”.

Los sindicatos, las organizaciones sin fines de lucro y las campañas políticas tienen problemas para hacer crecer el bloque de hispanos que votan.

En Colorado, agrupaciones democráticas han tratado por años de cortejar el voto hispano, y el registro y participación de los hispanos ha aumentado. En el 2013, una asamblea estatal que se había mostrado dura con la inmigración ilegal permitió que la gente que está en el país sin permiso pague las mismas matrículas que los residentes legales en las universidades públicas.

Nevada es otro estado peleado, donde aproximadamente el 17% del electorado –328.000 personas– es hispano. Aquí ese bloque ha demostrado su poder. En el 2008 y el 2012 ayudó a que Obama fuese elegido presidente y fue clave en la reelección del senador Harry Reid en el 2010. En las elecciones de mitad de término del 2014, sin embargo, muchos hispanos se abstuvieron de votar y los republicanos arrasaron con todos los cargos estatales, asumiendo el control de ambas cámaras legislativas por primera vez desde 1929.

“Cuando usas los recursos que tienes, la participación favorece a los demócratas”, dice David Damore, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Las Vegas Nevada. “Pero tienes que usar tus recursos en la comunidad. Las cosas no se dan por sí solas”.

Este año, en que Trump aprieta el acelerador y la ex procuradora general del estado Catherine Cortez Masto intenta reemplazar a Reid, quien se retira, y ser la primera senadora hispana, abundan los recursos. Grupos como Mi Familia Vota tienen personal por todo el país y contratan voluntarios para impulsar la registración y la participación.

En junio, dos días después de completar la secundaria, Fabiola Vejar se instaló frente a una tienda de comestibles hispana en una calurosa tarde para hablar con los hispanos en español. “¿Te anotaste para votar”, les preguntaba y la mayoría decía que no. “¿Estás en condiciones de votar?”. De nuevo, la mayoría respondía negativamente. Un hombre se rió y le dijo, “¡soy mexicano!”.

Vejar no puede votar. Tiene 18 años pero vino al país ilegalmente desde México con su madre cuando tenía dos años, tras la muerte de su padre por una leucemia.

Su futuro, y el de su familia, depende en buena medida de esta elección. Está amparada por un programa de Obama que evita la deportación de jóvenes que fueron traídos ilegalmente al país cuando eran niños. Hillary Clinton prometió mantener ese programa y Trump dijo que acabaría con él. Trump también prometió deportar a toda persona que estuviese en el país ilegalmente y ello abarcaría no solo a Fabiola sino también a su madre y su padrastro. Sus dos hermanos son estadounidenses, pero todavía no han cumplido 18 años.

Por eso Vejas trabaja como voluntaria con Mi Familia Vota, alentando a otros a que se hagan sentir en las urnas.

“Yo no tengo esa voz”, expresa. “Pero hay otra gente… que piensa como yo. Y deberían votar”.

Hay quienes, como José Martínez, no están muy convencidos. Este guardia de 40 años votó dos veces por Obama y le dijo a uno de los compañeros de Vejar que se abstendría esta vez en vista de que el presidente no pudo hacer aprobar una reforma a las leyes de inmigración.

“Le prometió muchas, muchas cosas a los hispanos”, dice Martínez. “Hizo tal vez el 1%… Ya no creemos en nada”.

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Joe Enriquez Henry recuerda el momento en que se propuso demostrar que no es cierta la creencia generalizada de que el hispano no vota. Corría el 2002 y el gobernador de Iowa de entonces, el demócrata Tom Vilsack, sancionó una ley que hacía del inglés el idioma oficial del estado. Vilsack dice ahora que lamenta esa decisión, pero le explicó a Enríquez que los hispanos eran un bloque demasiado pequeño como para convencerlo de que rechazase la medida.

Enriquez, cuya familia materna vino a Estados Unidos desde México hace más de 100 años, dijo que quiere ayudar a la pequeña pero importante población hispana de Iowa –unas 170.000 personas, o el 6% del total del estado– para que se hagan sentir. Años de trabajo rindieron sus frutos el 1ro de febrero, cuando unos 13.000 hispanos participaron en las asambleas estatales durante las primarias. En el 2012 lo hicieron apenas 1.000.

“Los partidos Demócrata y Republicano creen que no votamos y queríamos demostrarles que sí lo hacemos“, dice Enriquez, quien es vicepresidente de la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos (League of United Latin American Citizens).

No hubo fórmula mágica alguna. Enríquez consiguió 200.000 dólares que permitieron contratar algunas personas para hacer llamadas telefónicas, distribuís panfletos y golpear puertas para hablarle de la importancia de votar a gente como Mayra de Catalán, una inmigrante de El Salvador que trabaja como analista en un banco.

De Catalán vive en Des Moines y está en Estados Unidos desde hace dos décadas. Se naturalizó hace cinco años y dice que jamás le pasó por la cabeza la idea de votar.

“Fue la primera vez que alguien me habló de lo importante que es votar”, relata, “de que mi voto puede tener mucho peso”.

Es el mismo mensaje que propaga Víctor Juárez en Nevada. Es miembro del local 226 del sindicato Culinary Union desde 1989, en que comenzó a trabajar de cocinero en el casino Circus, Circus. El sindicato agrupa a 55.000 trabajadores de hoteles y casinos, la mitad de los cuales son hispanos y muchos de ellos inmigrantes. Ha reclutado también a trabajadoras de limpieza, cocineros y porteros y ha pasado a ser un bloque electoral importante.

Juárez ha estado tomando licencias con goce de sueldo para trabajar como organizador del sindicado. Recorre la ciudad y golpea las puertas de otros miembros del sindicato para alentarlos a que acudan a las urnas. Él mismo se hizo ciudadano y pudo votar a partir de las elecciones del 2004. Tenía dos trabajos para sacar adelante a sus dos hijos y dice que no tenía tiempo para nada.

Con frecuencia se topa con familias encabezadas por gente con poca educación, que no habla inglés y a la que le asusta participar en el sistema.

“Tuvimos que abrirles los ojos”, declara. “Hay barreras como la falta de educación y el idioma”.

Con Trump, asegura, notó un cambio. “La gente que lleva mucho tiempo viviendo aquí se está asustando por las cosas que dice”.

Xiomara Dueñas es una de ellas. Inmigró legalmente a Estados Unidos desde Cuba en 1996 para unirse a su padre. Trabajó en una planta procesadora de mariscos en New Jersey y en el 2012 se radicó en Nevada, luego de que problemas de salud la obligasen a jubilarse tempranamente. Siempre pensó que su defectuoso inglés le impedía hacerse ciudadana y estaba resignada a la idea de que los inmigrantes no tienen los mismos derechos que los nativos… hasta que Trump logró la candidatura.

Dueñas participó en un taller de Culinary Union en el que personas que hablan español la orientaron.

En noviembre del año pasado se hizo ciudadana y este noviembre piensa actuar.

“No quería que (Trump) fuese presidente, pero pensaba que no podía hacer nada”, señaló. “Ahora puedo votar”. (Información: AP)



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