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Septiembre 21, 2017 5:52 pm
Juan Pablo Villalobos cuestiona los límites del humor en su nuevo libro
El escritor mexicano publica ‘No voy a pedirle a nadie que me crea’, novela ganadora del Premio Herralde.
(Redacción AN/Anagrama).

“Quería hacer una parodia de la autoficción”, advierte Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, 1972). Gracias a No voy a pedirle a nadie que me crea (Anagrama), el mexicano admirador de Jorge Ibargüengoitia ganó el Premio Herralde Novela. Con la complicidad del humor negro construyó una obra que tiene en los diversos registros de lenguaje una de sus columnas más sólidas.

Las cartas de Villalobos son claras: ¿se puede hacer literatura con humor sin frivolizar? Su respuesta guarda un as bajo la manga que corresponderá al lector descubrir. Acostumbrado a moverse en esta frontera reconoce, sin ceder un ápice, que para como están las cosas en el país es inadmisible reírse de ciertas tragedias y desgracias ajenas.

Entiendo que la novela la envió al premio con pseudónimo sin embargo, el protagonista es homónimo suyo. ¿No resulta sospechoso?

La novela la presenté con pseudónimo y efectivamente el protagonista se llama como yo, porque quería hacer una parodia de la autoficción. Sin embargo, en la convocatoria del premio no estipula que es obligatorio inscribirla con otro nombre, de modo que no hubo problema alguno.

¿Por qué parodiar la autoficción?

En mi concepción de literatura trato de ir más allá de las experiencias autobiográficas. Mis libros obedecen a la imaginación y parten de la pregunta, ¿qué pasaría si…? No me interesa interpretar lo que ha sucedido en mi historia personal. En esta novela, en realidad me cuestioné, ¿qué hubiera pasado si una mafia me hubiera extorsionado al llegar a vivir a Barcelona? A partir de ahí desarrollo la novela.

Su novela apuesta por la multiculturalidad del lenguaje. Usa español de España, mexicano y argentino.

Desde 2003 vivo fuera de México, la mayor parte he radicado en Barcelona. Me interesaba incorporar esta realidad. No quiero hacer literatura exclusivamente mexicana porque soy un expatriado, un inmigrante. Me interesa jugar con otras tradiciones como la latinoamericana y española. Barcelona es un escenario ideal porque ahí confluye gente de distintos orígenes. Lo más importante para sostener la historia era el lenguaje, además aportaba un potencial humorístico a la hora de mezclar los registros.

Es una obra muy apegada a la oralidad.

Sí, este libro es resultado de un proceso de aprendizaje sobre cómo escribir diálogos. Antes, la oralidad me incomodaba y me parecía burda. Poco a poco aprendí a abrir el oído y a plasmarlo en los libros. En mi primera novela no había diálogo y ahora sí. Hoy es lo que más me gusta y disfruto.

¿Cuándo se justifican los diálogos y cuándo no?

Los diálogos deben hacer avanzar la trama o rebelar algo importante de los personajes. Cuando la oralidad no está puesta al servicio de la trama se vuelven banales e irrelevantes.

¿Usar el género policiaco y la intriga qué le aporto?

El manejo del suspenso como estrategia para atrapar al lector. Me interesaba la idea de escribir una novela intentando crear un suspenso que no soltara al lector sin dejar de ser ágil, sin sacrificar profundidad. La novela policiaca tiene estrategias narrativas identificables con las que el lector está familiarizado. En No voy a pedirle a nadie que me crea, la propuesta es que el lector siempre sabe más que los cuatro narradores, pero sin acabar de entender lo qué sucede.

Por eso el uso del humor…

Siempre es una de mis apuestas. En este caso soy más radical porque incluso se habla de humor. Hay diálogos donde se cuestionan sobre sus límites, en este sentido hay una clave para entender mis otros libros. Además, me permite hacer homenaje a autores como Augusto Monterroso, Sergio Pitol o Jorge Ibargüengoitia. Mi novela aspira a pertenecer al linaje de esos escritores.

Entre los cuatro narradores de su novela, las mujeres son quienes van un paso más adelante. ¿Esto obedece a una cuestión de género?

Sí, hay mucha reflexión sobre estudios de género. Es la primera novela donde uso dos narradoras, para mí fue un desafío importante escribir de una manera verosímil con voces femeninas. Desde el principio tuve claro que serían las mujeres quienes ganarían protagonismo. Al final es prácticamente una novela femenina, pero desde una postura postfeminista porque asumen una postura donde aparentemente ya está todo resuelto.

Recién Valeria Luiselli escribió un texto donde ironizaba sobre el feminismo y en respuesta obtuvo muchas críticas.

Hay temas como el feminismo que están condenados al malentendido. Creo que la ironía del texto de Valeria no fue aceptada por la mayoría de los lectores. La polémica se salió de lo estrictamente razonable. Ha habido comentarios inaceptables como decir que ella no tiene prácticamente derecho a manifestar su opinión. No le doy la razón a Valeria, sólo digo que no hay blancos ni negros. Entre las reacciones ha habido castigo y censura a la ironía, y sí estoy completamente en contra de ello.

¿Cuáles son los límites el humor? ¿Hasta dónde se vale reírse de un suceso o fenómeno?

Ese es el tema de la novela, por eso el primer capítulo se llama ‘Todo depende de quién cuente el chiste’.  No tengo una respuesta clara. En lo personal la ironía me ayuda a exhibir ciertas críticas, pero es un límite pantanoso y no descarto que algún día me equivoque. Me interesa explorar esa frontera, porque en realidad no tengo una respuesta contundente.

¿Temas como la violencia o el secuestro, no se frivolizan con el humor?

Esa es ‘la pregunta sobre el humor’. Quiero pensar que mis libros no los frivolizan porque no son estrictamente cómicos, sino tragicómicos. Creo que eso los salva de la acusación, pero es verdad que hay humor que frivoliza. Recuerdo haber visto chistes sobre los 43 desaparecidos, ahí se rebasó el límite del respeto a la dignidad de los normalistas y sus familiares. No podemos burlarnos de la desgracia o la tragedia de otros. Cuando el humor problematiza una situación estamos del otro lado. Si la risa no va acompañada por un cuestionamiento se queda en la frivolidad.

¿Hay autodefensa en el humor?

Totalmente. Nos reímos porque nos reconocemos. Al final el espejo nos hace reír. La gran aspiración del humorista es conseguir que el otro se reconozca y ría porque se sabe ridículo. Si el humor nos quita importancia nos vuelve más humanos en el sentido de que nos quita soberbia y solemnidad.

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