Baterista mexicano de ‘Birdman’, nominado al Grammy; aquí su historia
Logró el título en piano clásico en el Conservatorio Nacional de Música de México, y en 1993 se mudó a Boston para inscribirse en la Facultad de Música de Berklee y en el Conservatorio de Nueva Inglaterra, graduándose con grandes alabanzas en estudios de jazz.
birdman
(Foto: Justin Bettman)

El baterista mexicano Antonio Sánchez fue nominado hoy al Grammy por su trabajo musical en la película ganadora del Oscar, “Birdman”, anunció la academia de la Grabación.

Sánchez fue nominado en la categoría de mejor partitura con medios visuales para una producción fílmica, una de las 83 categorías reveladas por la academia.

Originario de la Ciudad de México, el baterista comparte la nominación con producciones musicales de los filmes “The imitation game”, “Interstellar”, “The theory of everything” y “Whiplash”.

En febrero pasado el trabajo de Sánchez causó polémica para la que a la postre fue la ganadora del Oscar como mejor cinta, director y cinematografía y luego de que la academia excluyó su trabajo para la nominación en partitura original por usar música clásica.

En “Birdman”, dirigida por el también mexicano Alejandro González Iñárritu, Sánchez le dio un ritmo y velocidad singular a la película que se filmó en 30 días en el teatro St James de Broadway en Nueva York.

El músico mexicano comenzó a tocar la batería a los cinco años y se inició de manera profesional en la adolescencia.

Desde que radicaba en Nueva York hacia 1999 se fue convirtiendo en uno de los bateristas más solicitados en la escena internacional.

Sánchez previamente ha ganado dos premios Grammy como parte de Pat Metheny Group que se llevó mejor disco de jazz contemporáneo en el 2002 y 2005, así como con Pat Metheny Band en mejor álbum jazz instrumental en 2012.

En noviembre pasado Aristegui Noticias publicó una entrevista con el baterista. Aquí, la memorable historia:

Necesitas una piel muy, muy gruesa para hacer carrera en la música: baterista de ‘Birdman’

Por JOSÉ DAVID CANO / colaboración especial para AN

Antes de que el loco emperador Nerón lo orillara a suicidarse, el filósofo estoico Séneca lo dejó escrito: “Existe el destino, la fatalidad y el azar; lo imprevisible y, por otro lado, lo que ya está determinado. Entonces como hay azar y como hay destino, filosofemos”.

Hace unos días, mientras charlaba con el baterista mexicano Antonio Sánchez, quizá no llegamos a tanto, aunque sí reflexionamos sobre el destino, el azar, lo imprevisible y lo que ya está determinado.

De hecho —y visto a la distancia—, podría decirse que el espíritu de Wilhelm Von Humboldt rondó durante la plática con Antonio; el intelectual alemán solía decir que la manera en que una persona toma las riendas de su destino es, al final, más determinante que el destino mismo. Más moderno aún, el profesor Tolkien puso en boca de Gandalf una frase que hoy ya es parte de la cultura pop: sólo podemos decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado.

En fin, yo no dejaba de pensar en esto mientras escuchaba al baterista mexicano, y comprendía cómo ha ido moldeado él mismo su destino.

Y perdón por la digresión. Verán: durante mucho tiempo había dado por sentado que el momento más importante en la vida de Antonio había sido el día en que el guitarrista Pat Metheny lo vio durante una presentación, lo cual, a la postre, sería fundamental para su carrera como músico. Fue en 1999, en un concierto doble en Italia, mientras el mexicano era parte del trío de Danilo Pérez.

Antonio no lo vivió, pero el promotor del concierto se encargó de contárselo: Pat estaba comiendo en el backstage, mientras el trío del maestro Danilo comenzaba a elevar la temperatura. De pronto, el promotor le preguntó a Pat si le gustaba el grupo. Él dijo: “Sí, me gusta sobre todo cómo tocan el percusionista y el baterista juntos”. El promotor le presumió: “No, no, si es uno sólo”. Así que dejó de comer y se paró a ver cómo es que estaba haciendo todas esas partes al mismo tiempo.

El azar, el destino, la suerte, habían puesto a Antonio en la mira de Pat Metheny, quien ya para entonces era uno de los jazzistas más creativos y sensacionales.

Antonio suele contar que, a partir de ahí, a Pat se le quedó grabada en su cabeza   la ejecución; de hecho, unos meses más tarde, el baterista mexicano se uniría ya de manera formal a su banda.

Semanas atrás, sin embargo, mientras veía la grabación de una clínica (musical)  que Antonio dio en España en 2013, mi creencia de que ese encuentro era el más fundamental en su vida se vino abajo. En el video, él narra —de forma divertida, por cierto— su primer contacto con la batería.

“Nací en la Ciudad de México, y empecé a tocar a los 5 años. Fue como accidente que empecé a tocar… Porque mi mamá Susana tiene un hermano: Nacho; Nacho tenía una novia: Ana; Ana tenía un hermano: Fito. Y Fito era baterista”, narra ahí Antonio. “Mi tío Nacho me estaba cuidando, [así que] fuimos a casa de su novia. Entramos, y vi la batería de Fito. Era una Ludwig transparente, como la de John Bonham. Vi eso, y dije ‘¡wow!’ Tomé una baqueta, le di dos golpes a un platillo, y Fito bajó corriendo del segundo piso para ver quién estaba tocando su batería. Él me preguntó: ¿te gusta la batería? Y le dije que sí, aunque nunca había visto una batería en vivo. Recuerdo que empezó a tocar ‘Whole lotta love’ de Led Zeppelin. Fue amor a primera vista… no con Fito sino con la batería, aclaro.”

Con estos dos eventos tan distintos y tan separados en el tiempo, para mí algo era evidente: aunque había publicado varias entrevistas con él, en ninguna habíamos hablado de estos aspectos de su vida. Habíamos hablado de diversos temas, todos relacionados con su profesión —sobre la batería, sobre el desarrollo de la técnica, también sobre sus discos ya como líder de su propio grupo, de su faceta didáctica como tallerista o sobre su proceso de composición—, pero no habíamos abordado estos aspectos, digamos, más personales e íntimos.

Así que de pronto me vi preguntándole de ello. Le platiqué las impresiones que el video me había provocado, y le recordé la anécdota que contó de Pat. Le pregunté si estaba de acuerdo que en la vida de las personas existe un momento —que está fuera de nuestro control— que transforma nuestro destino. Siempre pensé —y así se lo dije— que el de él era cuando Pat lo vio tocar en ese concierto en Italia, pero que ahora ya no estaba seguro de eso.

Antonio negó que fuera así de simple:

—Mira —dijo—, mi vida ha sido marcada por un montón de sucesos diferentes, y creo que todos ellos, sin duda, han marcado mi carrera. Uno fue, obviamente, mi primer encuentro con la batería, porque sin él no estaríamos hablando hoy. Otro momento importante fue cuando decidí ir a estudiar a Estados Unidos, en 1993; lo fue para mi formación, y porque ahí empecé a hacer los contactos necesarios… Otro fue cuando tuve contacto con Danilo Pérez, porque después me recomendó con Paquito D’Rivera y con él hice mi primera gira europea, profesional en todos los sentidos. Para mí también fue un momento súper importante cuando empecé a girar por todos lados, en trío, acompañando a Danilo. Tocamos como dos años y medio juntos; de hecho, si no hubiera sido por eso, entonces Pat no me hubiera visto en ese concierto de 1999… Sin todo esto, no tendría la carrera que he hecho hasta el momento. Sin todo esto, quizá no hubiera ocurrido mi acercamiento con Alejandro González Iñárritu, y Birdman no habría ocurrido para mí...

Esto dijo Antonio, y se quedó unos segundos en silencio. Yo iba agregar algo, sin embargo, me interrumpió: “Me parece que siempre es una cadena de sucesos lo que va pasando, y es la suma de todo esto lo que va moldeando tu carrera. Y es tu responsabilidad estar listo, estar preparado, ser responsable, y aprovechar el momento”.

Me asaltó, entonces, una curiosidad: saber si había recibido el apoyo en casa. En las biografías con su nombre, se apuntaba que a los 5 años de edad había iniciado sus estudios, de manera informal, de batería. Le recordé que en el pasado —aún hoy, de hecho— a muchos padres se les ponían los pelos de punta cuando el hijo anunciaba su deseo de dedicarse a la música.

Antonio soltó una risita.

—Por supuesto, hay siempre renuencia —respondió, al cabo de unos segundos—sobre todo si eso lo dice un niño de 5 años. Como adultos, uno piensa que se le va a pasar en algún momento esa idea, con cierta razón, ¿eh? Cuando un niño desea ser astronauta, ¿en realidad, cuántos terminan siéndolo? Seguramente son muy, muy pocos. Con la batería pasa un poco lo mismo… Pero además, antes no había baterías para niños que pudieras comprar, con la que pudieras saciarle su apetito sin gastarte un dineral. Así que mi madre empezó por comprarme una tarola, un platillo, y así, como para ver, irme calando básicamente si era algo que a lo mejor se me iba a pasar en una semana, en un mes o un año. Como vio que no se me fue pasando, que la estuve friegue y friegue para que me comprara mi batería, a los 9 años me la compró. Desde entonces, he tenido la fortuna de contar con la familia más comprensible y bella, en ese sentido. Me han apoyado increíblemente.

Le pregunté si nunca había dudado de su vocación de músico. Si en estos años en la batería —“son ya 37”, me aclaró— había dudado alguna vez del camino…

—No, nunca… Eso es algo que siempre les digo a los músicos que me pide algún consejo; les digo: si tú estás dudando entre hacer música o hacer otra cosa, pues mejor haz otra cosa. Porque la música es una carrera difícil que requiere muchas horas de estudio, de dedicación, necesitas tener una piel muy, muy gruesa, para aguantar todas las cosas que tendrás que soportar. Para empezar, muchas veces no se nos considera que hagamos un trabajo “normal”, así, entre comillas, hasta que somos exitosos. Si no eres exitoso, eres como un músico maloliente, un bueno para nada; así es como se nos considera. Y, desgraciadamente, el éxito se califica muchas veces de manera muy errónea. Y pongo un ejemplo: una persona que no es feliz con lo que hace, pero gana mucho dinero, se le considera exitoso. Y una persona que no gana mucho dinero, pero que es feliz (tocando la armónica o el violín), se le considera muchas veces poco exitoso. Es un estigma muy injusto que los músicos tenemos…

Aquí le interrumpí: debe ser gratificante, sin embargo, que se hayan invertido ya los papeles. Hasta hace algunos años —dije—, me imagino que tú veías a grandes músicos y bateristas como modelos a seguir; hoy, en cambio (y me consta), veo y he oído a chavos que quieren imitarte, que quieren ser como el baterista Antonio Sánchez…

—Bueno, no hay una manera de responder a eso. Lo único que puedo decir es lo mismo: dedicarse a la música es una decisión que debes de tomar de forma muy consciente. Siempre puedes tocar y ser baterista de hobby, y eso te dará grandes satisfacciones (espiritualmente hablando). Pero si no está seguro, si ya desde un inicio te estás preguntando “a ver, y si no la hago, a qué me dedicaré”, con eso ya estás con un pie fuera. Para mí nunca fue una pregunta de opciones; para mí fue “me dedicaré a esto de una u otra forma, con el nivel que tenga y en algún lugar”. Algo tenía que hacer con la música, porque era, es, mi necesidad… Si estás con el dedo en el renglón todo el tiempo, cien por ciento, las 24 horas del día, tienes un plan de vida y un plan de cómo estructurar más o menos tu carrera, creo que las cosas van a suceder tarde o temprano. Así que tener un plan es muy importante: qué quiero hacer a corto, mediano y lago plazo, dónde me veo en un año, dónde me veo en 5 años, dónde me veo en 20. Eso es muy valioso.

Una de las cosas que siempre he alabado de Antonio Sánchez es su afabilidad, su sencillez cuando platicas con él, pero, sobre todo, su honestidad. Mientras lo oía, me pareció que estaba particularmente más abierto, sincero. En cierto momento, dijo:

—Que quede claro: hay gente que tienen más ventajas que otros. Yo, por ejemplo, tuve algunas ventajas, en el sentido de que pude ir a Estados Unidos a estudiar… Pero hay excelentes músicos mexicanos que nunca se fueron del país, que tienen un gran nivel, y que están haciendo enormes cosas aquí. ¡Tampoco es obligatorio salir del país! En mi caso, sencillamente era lo que quería hacer… Hay gente que está completamente feliz quedándose en su país, en su ciudad, haciendo música, tocando con gente profesional y de altísimo nivel, o también tocando con amigos de todo tipo de niveles. Lo más importante, al menos para mí, es estar contento y satisfecho con lo que estás haciendo. No importa dónde estés.

Que hablara del país, me permitió abordar el tema del talento mexicano. Hace poco —expliqué— el director de orquesta Sergio Cárdenas me daba su opinión al respecto. A partir de su experiencia en el extranjero, me decía que en México hay de manera natural mayor talento musical que en Europa; el problema es que aquí no hay las condiciones para que ese talento se desarrolle como allá…

Antonio me interrumpió:

—Estoy completamente de acuerdo. Siempre ha habido muchísimo talento en el país; sencillamente —dijo, y percibí que alzaba su voz— curtirlo es lo complicado en México. Con todos los problemas que existen (problemas sociales, problemas económicos, o problemas de seguridad), en lo último que la gente piensa es en la cultura. Y, dentro de ésta, dentro de la cultura, el jazz es marginal… Tenemos las cartas barajadas, la cuestión es que parece que tenemos todo en nuestra contra… Las instituciones del estado deberían apoyar más, las instituciones privadas de la misma manera deberían hacerlo. Si fuera tenista o golfista, y tuviera el nivel que tengo (y estuviera haciendo las cosas que he hecho en la música, pero en golf, en tenis o en béisbol), sería, además de millonario, ultrafamoso en México. Pero soy sencillamente baterista de jazz, y eso no a mucha gente le importa. Ah, no lo digo por mí, sino por el increíble talento que hay en México… Yo estoy bien. Soy feliz con lo que estoy haciendo… A mí lo que me gusta es trabajar, crear música, subir al escenario y tocar.

Una novela musical

“A mí lo que me gusta es trabajar, crear música, subir al escenario y tocar”. Esto dijo Antonio Sánchez y sí, husmeando en lo que ha hecho en los últimos años no hay manera de contradecirle.

De entrada, es evidente que ha habido una explosión de creatividad: en un lapso relativamente breve, han salido a luz los discos New Life, la música de Birdman, el dobleThree Times Three, y, desde agosto pasado, The Meridian Suite.

Semanas atrás, en una charla publicada en el portal de la revista Forbes México, Antonio abordaba su actual situación:

“Son buenos momentos en cuestión creativa —me confirmó—; como dices: hasta hace algunos años, no me sentía totalmente listo para presentar un producto que estuviera a la altura de las circunstancias. Hoy, por el contrario, es distinto: creo que ahora he roto una barrera muy importante, hablando en términos creativos, en cuestión de composición, en cuanto a escribir música se refiere; me está gustando muchísimo hacerlo. Pero, además, liderar mi propio grupo también es muy satisfactorio en estos momentos.”

Así que las inseguridades han dado paso a las seguridades. Sobre todo, hablando como compositor, una faceta que hasta hace poco se negaba a salir del todo en el baterista mexicano.

Precisamente The Meridian Suite, su más reciente trabajo, dice mucho del actual espíritu creativo de Antonio Sánchez. Desde un punto de vista comercial, él pudo repetirse, hacer otro Three Times Three, invitar a otro puñado de amigos músico—todos, pesos pesados del jazz—, pero no lo hizo, prefirió seguir nuevamente sus impulsos creativos, sin importar dónde lo llevaran éstos.

Con este nuevo disco, me señaló en la citada entrevista, se puso un reto; se dijo a sí mismo: “¿Y qué pasa si empiezo a escribir y sigo escribiendo y escribiendo y no tengo realmente preocupación en qué va a pasar, cuánto tiempo va a durar cada tema, así que voy a seguir, y ver qué pasa?”

Antonio emparentó este proceso a lo que le pasa a un escritor: de pronto alguien que se la pasa escribiendo cuentos, o capítulos muy pequeños de historias, quiere escribir una novela. “Lo que quería, con el nuevo disco, era escribir una novela”, me explicó. Luego, añadió: “Fíjate que me inspiró bastante Birdman, por aquello del plano secuencia… Entonces, pensé: ‘Bueno, sería increíble hacer algo así, que fuera como una sola toma de principio a fin’. Y lo que salió, al final, fue una suite de casi una hora, llamada ‘The Meridian Suite’, que es el título del disco”.

Ahora que volví a hablar con él —de manera exclusiva para Aristegui Noticias—, quise ir más allá, quise jugar un poco con la idea de la novela musical.

—¿Describirías The Meridian Suite como un novela clásica, o una experimental? En lo personal, me da la impresión que es clásica.

—Sí, también coincido… Definitivamente, no considero que vas a tener la misma experiencia si empiezas a la mitad de la novela y luego lees el principio, ya que se tiene un desarrollo. Lo mismo sucede con este disco; la manera en que lo concebí tiene un desarrollo lineal. Si te fijas, acaba exactamente de la misma forma como empezó…

—Sí, sí… Acaba con los mismos acordes…

—Exacto. Mira, yo lo veo como un viaje… Es decir, como oyente te saliste de casa y pasaste por un montón de experiencias, un montón de obstáculos, de vivencias, y, al final, regresas a casa. Es eso. Empezaste en casa, saliste de viaje, pasaste por todo esto, pero al final regresas a tu hogar. Eso es lo que quería hacer, quería que los últimos acordes de la obra fueran exactamente los mismos del principio, para que dieran una sensación de retorno, también de cambio… Porque al regresar del viaje, ya no eres el mismo, regresas de una manera diferente que implica un poco más de sabiduría, más madurez. Al final, no eres el mismo del que empezó.

—¿Podríamos decir, entonces, que este nuevo disco tiene algo de autobiográfico?

—Sí, es posible… Creo que es el álbum que mejor me representa hasta la fecha, ya que no me puse ni barreras estilísticas, ni barreras de tiempo, ni barreras sónicas (en cuestión de si sería un disco acústico o no). Por ejemplo, Three Times Three es, sobre todo, acústico. El nuevo, en cambio, al no poner barreras, acabó siendo electroacústico, porque yo crecí oyendo y tocando rock, después pasé por el jazz acústico, el jazz latino, el free jazz, algo de música electrónica; he pasado por eso y aquí se filtró. Básicamente, y sin quererlo, todas mis influencias comenzaron a salir. Así que es una novela autobiográfica, en el sentido de que tiene influencias de rock, fusión, bebop, free jazz, música electrónica; tiene de todo…

—Llevas ya varios meses tocando el disco en vivo, ¿cómo ha funcionado? Debo reconocer que con él asumiste riesgos en todos los niveles.

—Gracias. La verdad ha sido súper divertido… Creo que una muy buena señal es que no nos hemos aburrido, y eso se debe, en gran medida, a que es un reto tocar bien la pieza de principio a fin. Lo que buscamos todas las noches es contar esta historia lo mejor posible, lo cual requiere mucha energía física, también mental… La verdad es que tenía mucho miedo de cómo iba a reaccionar el público, porque no está muy acostumbrado a sentarse y escuchar algo tan largo, de pies a cabeza, durante una hora y 20 minutos (que es lo que dura ésta, más o menos, en vivo). Obviamente, lo normal es que haya pausas; en esta pieza, no las hay… Así que lo que hago es explicarle al público lo que vamos a hacer, ya que habrá gente que no está familiarizada con el concepto; les explico de dónde viene la idea, les explico qué es una novela musical, y también les suplico que nos ayuden con su energía, pues su energía es lo que va hacer que la pieza funcione de una manera diferente cada noche. Así que, hasta ahora, la gente ha reaccionado increíblemente bien. Y eso me alegra, ya que está dispuesta no sólo a escuchar algo diferente sino a vivir una experiencia nueva.

—Ya nos has hablado de lo musical. Pero más allá de esto, ¿hubo otra cosa que te impulsara a escribir esta obra?

—Podría decirse que sí. Para empezar, te diría que The Meridian Suite es, para mí, una obra de autodescubrimiento, porque son cosas que yo traía adentro pero que no sabía que las podía expresar de esta manera. Porque fue un experimento. Nunca había hecho algo así… Claro, para mí fue una experiencia increíble como compositor, poder darme el lujo de decir: “Okey, voy a escribir y escribir, pase lo que pase”. Por suerte, el resultado salió de buen nivel, creo yo. No es algo de lo que pueda estar decepcionado, avergonzado; al revés: estoy muy orgulloso de lo que pasó musicalmente. También es cierto que varias cosas pasaron en mi vida, que fueron catalizadores de cierta manera para que esto sucediera. Por ejemplo, mi relación con Thana Alexa, quien canta en este disco, maduró de una manera increíble. Encontré a la pareja de mi vida. Entonces, emocionalmente me siento muy tranquilo, y esa tranquilidad pudo hacer que me sentara a conceptualizar y a escribir este, digamos, mamut musical… Porque no, no es fácil sentarte todos los días y tratar de conceptualizar algo así de enorme.

—¿Dirías que también Birdman provocó algo?

—Sí, por supuesto. Y a eso voy. El hecho de que haya pasado lo de Birdman, que yo sintiera que mi carrera como que estaba llegando a otro nivel poco a poco, me daba ímpetu para poder seguir escribiendo esto y tratar de llevárselo a la gente… Mira, estoy muy agradecido porque la gente, en vez de huir de esta propuesta, la ha adoptado de forma increíble. Entonces, creo que ha sido una combinación de cosas (algunas conscientes, otras subconscientemente) lo que me llevaron a esta obra.

—Ha pasado todo el barullo mediático, ¿cómo valoras lo que pasó con Birdman? Reconozco que a mí me enfureció un poco el trato de muchos medios mexicanos; de pronto, daba la sensación que Iñárritu te había descubierto…

—Sí, claro, pero hasta cierto punto era obvio porque son mundos completamente distintos. Lo que he estado haciendo con mi vida, que es tocar jazz, no tiene nada que ver con la industria del cine. Y lo sabemos. Así que estar ligado, de repente, a un proyecto comoBirdman, era estar ligado a un proyecto de la cultura pop, una pequeña parte de la cultura pop. No me arrepiento en lo absoluto. Pero, además, a veces como músico, y sobre todo de un género como el jazz, buscas este tipo de oportunidades… o sea, algo que nos dé un impulso para poder hacer nuestro jazz de una forma un poquito más holgada… El impulso que me ha dado Birdman es indiscutible, no sólo en México sino en el ámbito internacional. Entonces, no los culpo a los medios, no me enfada, me parece una cosa lógica. En todo caso, ojalá que con todo esto que se ha vivido el jazz tuviera un poco más de caché, para que llegue a un público más extenso…

—Sé que hace unas semanas recibiste, precisamente por Birdman, dos premios de la World Soundtrack Academy, en Bélgica. 

—Sí, uno es por la mejor música para película del año, el otro por descubrimiento del año(este último, tiene que ver más con sorpresa del año, en el sentido de que se le otorga al compositor de música para películas que no figuraba en el entorno y que, de pronto, todo mundo está hablando de él).

—Lo cierto es que son dos nuevos premios para la música de Birdman. Otras dos revanchas por lo que sucedió con el Oscar, ¿no?

—Las verdad, sí. Y fíjate que pasó algo curioso: que tuve que dar dos discursos de aceptación porque fueron dos premios distintos. Durante toda la época en la que se dieron premios, de los que gané el Critics’ Choice Award y el Satellite Award, y que estuve nominado para un montón de cosas, nunca pude dar un discurso, ya que en los que gané a veces no estaba y en los que estaba no gané. Pero en éste sí pude hablar, así que les dije: “Me da mucho gusto que esta Academia sí me haya reconocido”. Y todo mundo se rió, porque obviamente todo mundo sabe lo que pasó con el Oscar. Entonces sí, me da mucho gusto haber ganado. Los europeos, en general, son mucho más arriesgados, son más atrevidos, y tienen una manera de pensar mucho más avanzada.

—Para finalizar, y espero no escucharme muy acá… Pero, al subir a recibir estos premios que has ganado, en tu mente, en tu imaginación, ¿no le has mostrado tu dedo a esa gente de la Academia?

—Ja-ja, no, para nada. Más bien, yo lo veo como cachetada con guante blanco…



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