Rusia: La revolución inconclusa (Artículo)
La emancipación de los siervos decretada por el zar Alejandro II en 1861, produjo efectos severos tanto a la izquierda como a la derecha del espectro político de la nación.
(Foto: Reuters)

Por Carlos Herrera de la Fuente*
Normalmente, cuando se habla de la Revolución rusa, lo primero que se resalta es la paradoja de su desarrollo: de ser un faro de esperanza para la humanidad, por los elevados propósitos que la impulsaron (fin de la explotación entre los hombres, construcción de una sociedad igualitaria y libre, etc.), terminó siendo una fuente de injusticias encarnadas en un Estado burocrático totalitario. Esta apreciación, en su enunciación aparentemente inocente, encierra toda una concepción sobre los movimientos revolucionarios de izquierda: detrás de las utopías sociales se esconde un terror inconfesado que un día, si llegan a triunfar, se hará evidente para todos. Conclusión: más vale no soñar y atenerse a las posibilidades “reales” que nos ofrece la sociedad existente.

Esta caracterización anti-utópica de la Revolución rusa (y de las revoluciones en general) impide acceder a una compresión más precisa de lo que sucedió en dicho acontecimiento histórico. En primer lugar, por su raigambre conservadora. En el fondo, lo que sostiene es que es preferible aceptar un estado de cosas perjudicial y dañino para las mayorías, en lugar de explorar posibilidades políticas para modificarlo porque el resultado podría ser peor. Pero para gran parte del mundo las cosas no pueden ser peores. Las revoluciones no surgen porque a unos cuantos individuos se les ocurre de repente que es hora de cambiar las cosas en el mundo, sino porque a un número importante de personas se les hace imposible seguir viviendo bajo determinadas condiciones económicas, políticas, sociales o, incluso, culturales, y, entonces, se rebelan. Sin esta movilización real, auténtica y masiva, sustento de todos los grandes cambios en el mundo, los sujetos que terminan encabezando los procesos revolucionarios labrarían sobre la nada.

La Revolución rusa de 1917 no comenzó, en términos reales, en 1917, ni tuvo su origen exclusivamente en Rusia.

Internamente, se pueden situar sus causas históricas en los procesos generados por la emancipación de los siervos decretada por el zar Alejandro II en 1861. Esta trascendente reforma liberal, con la que se pretendía acabar con las condiciones laborales semifeudales de los campesinos rusos (más del 80% de la población) y preparar el camino a un desarrollo capitalista prototípico, produjo efectos severos tanto a la izquierda como a la derecha del espectro político de la nación.

A la izquierda, porque al ser liberados de su dependencia feudal, lejos de encontrar una posibilidad para su desarrollo económico y humano, los campesinos se encontraron con condiciones de miseria que sólo se acrecentaron, ya que no tenían ni los recursos económicos para obtener las tierras que se les ofrecían (lo que los obligó a un endeudamiento y a una nueva sujeción hacia los terratenientes y el Estado) ni las herramientas suficientes para explotarla de manera independiente. De esta manera, la exigencia de una reforma agraria apareció pronto en el escenario y tuvo eco en los grupos políticos radicales que empezaban a surgir en las zonas urbanizadas e industrializadas de Rusia, principalmente en Petrogrado y Moscú, los cuales la vincularon con las ideas anarquistas y comunistas de la época. Su primer acto político de trascendencia fue el asesinato del zar Alejandro II en 1881, cometido por un miembro del grupo populista-terrorista Naródnaya Volia (voluntad del pueblo)

A la derecha, porque la aristocracia rusa y la nobleza terrateniente expresaron pronto su disgusto ante ese proceso de modernización, y exigieron el retorno a una forma autocrática de gobierno, alejada de las reformas liberales de Alejandro II. Este retorno a una política extremadamente autoritaria, sin concesiones liberales, se daría en los periodos de Alejandro III y, posteriormente, Nicolás II, con el telón de fondo de una creciente actividad revolucionaria y terrorista. La conflictiva combinación entre represión extrema y creciente actividad social y revolucionaria estallaría en la revolución de 1905. Como resultado de ella, Rusia pasó de ser una autocracia absolutista a una monarquía constitucional parlamentaria…, pero sólo en el papel. En los hechos, la Duma (el parlamento) apenas si fue tomado en cuenta por Nicolás II, quien siguió gobernando de manera autocrática.

 

Ahora bien, externamente, el antecedente directo de la revolución socialista de octubre fue, sin duda, la Comuna de París (1871), la cual representó el primer intento de toma del poder político por parte del proletariado. La Comuna fue aplastada cruentamente por el ejército francés ese mismo año (con el apoyo militar y político de Prusia), pero desde el punto de vista de Marx y Engels configuró, a pesar de sus errores e imperfecciones, lo que en el futuro debería ser la llamada “dictadura del proletariado”. El ejemplo de este magno acontecimiento histórico fue reivindicado posteriormente por los distintos grupos socialistas del mundo, incluidos los rusos, para quienes, en voz de Lenin, la Comuna era “la causa de la revolución social, (…) la causa de la completa emancipación política y económica de los trabajadores, (…) la causa del proletariado mundial”.

Finalmente, la Primera Guerra Mundial y el involucramiento decidido de Rusia en los acontecimientos militares, que exigieron la participación forzosa de millares de campesinos y obreros, así como la crisis económica y la hambruna que se desató en ese periodo terminaron por cerrar el círculo histórico que hizo posible la revolución.

La primera revolución de 1917 estalló en Petrogrado a finales de febrero (según el calendario juliano), después de una serie de huelgas y movilizaciones obreras que fueron apoyadas por varios partidos y grupos socialistas. El resultado inmediato de esta lucha fue la abdicación del zar Nicolás II el 2 de marzo de ese mismo año. Su carácter fue fundamentalmente democrático y estableció dos instancias de gobierno que, más tarde, terminarían chocando. Por un lado, el Gobierno Provisional encabezado por los mencheviques y los socialistas revolucionarios, ambos de posturas moderadas y liberales; por el otro, el llamado Sóviet (consejo) de Petrogrado, representante de los obreros y los soldados de guarnición, cuya postura, crecientemente influenciada por los bolcheviques, era radical, y exigían la salida de Rusia de la Guerra Mundial (sus consignas principales era: “Paz, pan y tierra” y “Todo el poder a los sóviets”).

La indecisión del Gobierno Provisional de sacar al ejército ruso de la guerra, como lo exigían gran parte de la población y de los soldados, así como su incapacidad para tomar medidas radicales en torno a asuntos que todos esperaban (el reparto agrario, la abolición de la propiedad privada de la tierra, reformas laborales, etc.), provocó que la división interna llevara a la confrontación, primero en abril, más tarde en julio y, finalmente, en octubre.

 

Cuando los bolcheviques, con apoyo del Comité Revolucionario Militar de Petrogrado y de los marinos, tomaron el Palacio de Invierno, el Gobierno Provisional, encabezado por Kérenski, era ya una sombra de sí mismo. Más allá de las imágenes heroicas que nos heredó la película Octubre de Eisenstein, la ocupación armada de los puntos neurálgicos de Petrogrado y del mismo Palacio de Invierno apenas si provocó algún enfrentamiento violento. Los bolcheviques prácticamente entraron caminando y tomaron el poder el 25 de octubre (7 de noviembre, si se considera el calendario gregoriano que sería adoptado a comienzos del siguiente año). El día siguiente, frente al Segundo Congreso de los Sóviets, Lenin anunció la victoria bolchevique y puso a su disposición dos importantes decretos: el Decreto de Paz (con el cual se instaba a todas las naciones beligerantes a poner fin a las hostilidades y negociar una paz democrática) y el Decreto de Tierra (con el cual se determinaba su socialización). Lenin sería nombrado presidente de este órgano de gobierno.

Desde el comienzo, tanto Lenin como Trotski, su gran aliado en estos años decisivos, propugnaron por la expansión de la revolución a todos los confines del mundo, empezando por los países de Europa. Para ellos, la Revolución rusa sólo era el primer paso en el proceso de construcción de la revolución mundial. Incluso iban más lejos en esa línea de pensamiento: la posibilidad de que la revolución socialista pudiera triunfar en Rusia (que, si bien no vivía en una época feudal, como algunos autores han querido caracterizar, sí era una nación periférica, con un desarrollo capitalista incipiente y atrasado) dependía del triunfo de la revolución en los países centrales e industrializados de Europa. En esto eran muy claros. No obstante, esta posibilidad fracasó por dos circunstancias históricas, de nuevo, de carácter externo e interno.

Externamente, la posibilidad de expandir la revolución a Europa central se presentó realmente a finales de 1918 y principios de 1919 en Alemania. Los soviéticos habían firmado en marzo de 1918 el Tratado de Brest-Litovsk con Alemania para poner fin a las hostilidades entre ambos países, lo que facilitó que éste último concentrara sus esfuerzos bélicos en el llamado frente occidental. Sin embargo, la guerra se alargó hasta noviembre, mes en el que un grupo de marinos de Kiel (norte de Alemania) se rebeló contra sus superiores, generando una onda expansiva por todo el país, que desencadenó un proceso revolucionario (un hecho que los nazis catalogarían más tarde de traición interna y señalarían como el punto de inflexión por el que Alemania perdió la Primera Guerra Mundial). Tal fue el impacto de dichos acontecimientos que el emperador Guillermo II se vio obligado a abdicar, y con él toda la dinastía de los Hohenzollern, dejando el poder en mano de los socialdemócratas.

Ahora bien, por una de esas ironías del destino, el partido que había sido fundado casi 50 años atrás, e impulsado críticamente por Marx y Engels, terminó aplastando cruentamente a la rebelión comunista alemana, sobre todo a la que emergió en Berlín en enero de 1919, y que ha sido recordada históricamente como la rebelión espartaquista, encabezada por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. Tanto Luxemburg como Liebknecht eran reconocidos aliados de Lenin, pero el fracaso de su rebelión y su posterior asesinato cerró el capítulo de la posibilidad de expansión de la revolución rusa a escala europea y luego mundial.

Internamente, por el otro lado, el proceso revolucionario ruso desencadenó, como suele suceder, un movimiento contrarrevolucionario encabezado por todas las fuerzas reaccionarias del país y apoyado por varias potencias extranjeras que no querían, de ninguna manera, que el comunismo se expandiera a otras partes del mundo. Así comenzó el periodo de la guerra civil que se alargó de 1918 a 1922. Cuando ésta concluyó, los bolcheviques no tuvieron otra opción que dedicarse a desarrollar la economía y la sociedad a escala nacional. En cierto sentido, aunque no triunfara realmente sino hasta 1927, tres años después de la muerte de Lenin, la posición estalinista del “socialismo en una sola nación” ya había triunfado para ese momento, y sólo faltaba ratificarla históricamente. En los hechos, no fue el socialismo nacionalista el que triunfó, sino una versión exacerbada del estatismo que erradicó la autonomía democrática de los sóviets y los sometió a las prerrogativas exclusivas del Partido Comunista y su burocracia.

De esta manera, por las circunstancias históricas señaladas, la Revolución rusa no pudo derivar en la construcción de un verdadero socialismo, el cual sólo puede consolidarse como un fenómeno internacional, de alcances mundiales, ya que de lo contrario choca muy pronto (como ocurrió en el siglo XX) con la oposición de potencias capitalistas dispuestas a todo tipo de acciones con tal de impedir la expansión del comunismo.

Más allá de sus derivas históricas, la Revolución rusa es, hasta el momento, junto con la Revolución francesa, la más grande expresión de las aspiraciones del hombre para lograr su liberación de la sociedad dividida en clases y condenada a la explotación, la pobreza y la marginación. Reivindicar sus ideales, adaptándolos a las circunstancias de la actualidad, significa asumir la responsabilidad de una tarea inconclusa en el proceso de construcción de la sociedad moderna. No hay que dudar al momento de criticar los errores y las atrocidades que se han cometido en este camino; pero tampoco hay que retroceder a la hora de recuperar sus altas aspiraciones para nuestro mundo presente.

*Carlos Herrera de la Fuente (México, D. F., 1978) es filósofo, ensayista y poeta. Licenciado en economía, maestro de filosofía por la UNAM y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg, Alemania. Es autor de los poemarios Vislumbres de un sueño (2011) y Presencia en fuga (2013), así como de los ensayos Ser y donación. Recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger (2015) y El espacio ausente. La ruta de los desaparecidos (2017). Ha colaborado en las secciones culturales de distintos periódicos y revistas nacionales.



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