Un millón de gracias, Jason (Videos)
El espectacular final de una carrera inolvidable fue clave en la consagración de Michael Phelps como el mejor nadador de la historia.
(Foto: Twitter @USASwimming)

La he visto decenas de veces y me emociono como la primera vez. 

Beijing 2008 fueron unos Juegos Olímpicos extraordinarios, entre otras muchas cosas, porque significaron el pináculo en la multilaureada carrera de Michael Phelps. La tercera de sus cinco participaciones olímpicas estuvo marcada por las proezas.

Habían pasado 36 años desde que Mark Spitz deslumbró al mundo entero con sus siete medallas de oro en una misma edición olímpica, Múnich 72.  Hasta que apareció el nuevo prodigio de la natación. Un niño diagnosticado con trastorno por déficit de atención e hiperactividad, que a sus 15 años se convirtió en el nadador más joven del equipo olímpico estadounidense en 68 años.

En el palmarés del atleta que más preseas olímpicas ha ganado en la historia (28), entre ellas 23 de oro, hay carreras con final de infarto, otras en las que abrumó a sus rivales desde el banco de salida.

Cómo olvidar la guerra acuática que sostuvo con el croata Milorad Cavic en la final de los 100 metros mariposa. Una centésima de segundo fue la diferencia. Ni la tecnología demostró con absoluta claridad al vencedor. La última brazada, Cavic por abajo del agua, Phelps por arriba. Una llegada de locura.

Sin lugar a dudas, todas sus victorias tuvieron un alto grado de dificultad. Ya sea por la resistencia que presentaron sus adversarios o contra el paso implacable del reloj (posee tres plusmarcas mundiales en pruebas individuales y otras tres en equipo). Pero la del 11 de agosto del 2008, no fue una victoria más, tampoco fue consecuencia de un esfuerzo solitario. De hecho, el mayor mérito de esa noche no fue suyo, aunque hizo posible su leyenda.

La segunda jornada del programa de natación en la justa asiática tuvo como platillo principal la gran final del relevo 4×100 metros libres. En las tribunas del majestuoso Cubo de Agua no cabía nadie. Como siempre, su mamá Deborah, así como sus hermanas mayores, Whitney y Hilary, estuvieron en primera fila. Hasta el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, se dio cita.

Millones de personas alrededor del mundo fueron testigos de esa carrera con final de alarido, así como del desmesurado festejo de los estadounidenses, incluido el energúmeno gesto de un Phelps fuera de sí. Victoria y derrota, caras de una misma moneda. La desolación hizo mella entre los franceses, cuyo navío insignia, Alain Bernard, tuvo que tragarse sus palabras: “¿Los americanos? Vamos a aplastarlos. Esa es la razón por la que estamos aquí”.

¿Qué había sucedido? ¿Por qué esa carrera se convirtió en un suceso histórico? Varios son los puntos finos que ayudan a entender en su justa dimensión la proeza del cuarteto formado por Michael Phelps, Garret Weber-Gale, Cullen Jones y Jason Lezak.

Cabe recordar que Estados Unidos dominó esa prueba hasta Sidney 2000, cuando unos sorpendentes australianos, comandado por Ian Thorpe, les arrebataron el oro. Cuatro años después, en Atenas 2004, la decepción sería aún mayor, ya que los sudafricanos, liderados por Roland Mark Schoeman, y los holandeses, capitaneados por Pieter van den Hoogenband, se encargaron de relegar a los estadounidenses al tercer sitio.

Dos afrentas consecutivas. Recuperar la supremacía en esa prueba se convirtió entonces en una cuestión de orgullo para los velocistas estadounidenses en la cita china. Pero el segundo de los ocho oros de Phelps, así como el millón de dólares prometido por la marca Speedo si superaba a Spitz, pendía de un hilo muy delgado.

Una tercera derrota al hilo sería un trago muy amargo de digerir, especialmente para el más veterano del equipo: Jason Lezak. Con 33 años de edad, el californiano había formado parte de los equipos que sufrieron los duros reveses anteriores.

Ocho años después, el reto era todavía mayor. Francia emergió como una potencia en las pruebas de velocidad y no sólo presumió en sus filas al poseedor de la marca mundial en los 100 metros libres, Alain Bernard (47.50 segundos), también a otro imponente tritón de nombre Frederik Bousquet. La poderosa formación gala la completaron Amaury Leveaux y Fabien Gilot. El triunfo del equipo francés estaba cantado.

Cuando inició la carrera, ni Phelps (47.51), por Estados Unidos, ni Leveaux (47.91), por Francia, pudieron contener a otro monstruo de la velocidad, Eamon Sullivan. El australiano fue el primero en hacer pedazos el récord mundial de Bernard, con un inaudito tiempo de 47.05 segundos.

Pero la ventaja de los australianos se diluyó pronto al no poder aguantar el paso Andrew Lauterstein, Ashley Callus y Matt Targett. La pelea era sólo entre los dueños del carril 4 y 5.

Tocó el turno a Garrett Weber-Gale y Fabien Gilot de pelear por la punta. Salieron y llegaron casi de la mano. Sin embargo, la carrera rompió en el tercer relevo, cuando Cullen Jones sólo vio la estela de Bousquets, quien rompió la barrera de los 47 segundos al nadar en 46.63 y abrir un boquete insalvable. Segundo en romper la marca mundial en una misma prueba.

Con más de medio segundo de ventaja, Bernard se lanzó al agua. Todo era cosa de mantener el paso frente a Lezak, quien nunca, en toda su vida, había nadado un relevo por debajo de 47 segundos. Nada les sacaba el oro a los franceses de la bolsa. Fue entonces que se gestó una de las hazañas más impresionantes de la natación olímpica.

Lezak no se rindió, decidió pelear hasta quemar todo el oxígeno de su pulmones, brazos y piernas. Estaba harto de perder. Al menos, no se lo podría fácil al “bocón” francés, quien no aflojó el paso, marcó 46.73 segundos, apenas 10 centésimas más lento que Bousquet, pero el californiano nadó como un poseído.

A falta de 10 metros para la pared, ya estaban casi a la par, la ventaja era mínima. Cuando por fin tocaron el tablero electrónico era imposible determinar cuál de los dos había ganado, hasta que en la pantalla apareció el orden: Estados Unidos (3:08.24), Francia (3:08.32), Australia (3:09.91). Sólo ocho centésimas de segundo la diferencia. Nuevo récord del mundo.

Una vez que regresó la calma al Cubo de Agua y se revisaron los parciales, un dato eclipsó todo lo demás. Jason Lezak, quien nunca había bajado de 47.20 segundos en 100 metros libres (tres días después ganaría el bronce individual con 47.67), había nadado el último relevo en 46.06. Nadie, en la historia de la natación, lo había hecho por debajo de 46.80 hasta que en una misma carrera lo hicieron Lezak, Bousquets y Bernard.

En un parpadeo, Jason Lezak cambió años de frustración por la gloria olímpica, toda vez que su proeza estará ligada para siempre al recuerdo de cómo Phelps eclipsó la marca de Spitz con su invaluable ayuda.
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ORTIZ, GUILLERMO. “La increíble historia de Jason Lezak y los ocho oros de Michael Phelps”.
Artículo publicado en Jot Down

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