El Auditorio de Mancera y Zavaleta… pero sin Ebrard
El nuevo jefe del GDF comenzó su gestión arropado por políticos, empresarios, deportistas, comunicadores, una cantante y habitantes del DF, ante la ausencia de su antecesor, en el Auditorio Nacional.
Día de "alta" para Mancera... y Susana Zavaleta... de "baja" para Marcelo. (Fotos: Cuartoscuro y Proceso)

Raquel Espinosa Sánchez está sentada en una de las primeras filas del Auditorio Nacional y no puede contener las lágrimas. Incluso, la voz se le entrecorta de la emoción al intentar responder una pregunta del conductor del evento que está por comenzar.

No es que la señora esté a punto de ver a su artista favorito, un Luis Miguel, un Juan Gabriel, o cualquiera de los que suelen cantar en este espacio. La mujer llora de felicidad porque su hijo, Miguel Ángel Mancera, dará su mensaje de inicio como jefe de Gobierno del Distrito Federal.

Cuando le pasan el micrófono y dice sentirse orgullosa, Raquel escucha un grito en lo alto del recinto, en el que para la 1 de la tarde del miércoles albergaba a casi diez mil personas: “¡Suegra, suegra, suegra!”.

La adulación provino de un contingente de vecinos de la Ciudad de México –invitados al acto- que hace unos minutos competía con otro por ser el más ruidoso: “¡Iztacalco, Iztacalco, Iztacalco!”, gritaban unos. “¡Iztapalapa, Iztapalapa, Iztapalapa”!, respondían o interrumpían, en la zona más alta del Auditorio. Al rato, clamaban al protagonista: “¡Mancera, Mancera!”.

Los gritos comenzaron cuando terminó el espectáculo que inició Susana Zavaleta, la telonera del nuevo jefe de Gobierno.

“Tú me acostumbraste, a todas esas cosas… y tú me enseñaste, que son maravillosas…”, canta y se contonea la mujer en el escenario, en el que, si uno clava la vista, se olvida que afuera es mediodía y asistió a este lugar para escuchar el mensaje de un nuevo gobernante.

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Un video proyectado en las pantallas del Auditorio Nacional es la señal de que el acto va a comenzar. Aparece Miguel Ángel, en sus tiempos de Procurador de Justicia del DF, en 2010, cuando negoció con una banda de ladrones, quienes tomaron rehenes en una casa de empeños que intentaban vaciar.

La escalera de imágenes en la pantalla –que comienza con la precandidatura de Mancera y llega hasta el ganador del 1 de julio, con más de 3 millones de votos-, se corta cuando el hombre de pelo blanco cruza el escenario, en medio de veinte sillones blancos, frente a los cuales está su equipo de gobierno.

Mancera sonríe y agita en lo alto su mano, hacia un lado y otro, cuando a ve a su madre, a sus hijos, a sus invitados como Ricardo Salinas Pliego (presidente de Grupo Salinas), ex deportistas como Miguel Herrera (director técnico del América), empresarios, comunicadores y a más de treinta políticos que llenaron las primeras filas.

En su discurso menciona su historia en la ciudad, mezclada con emotividad: “Siempre he dicho que esta ciudad me lo ha dado todo, formación, a mis hijos, la amistad, el dolor y la alegría, en ella está mi vida, mis aprecios, mis amores y pos supuesto mi historia y seguramente también en ella terminaré algún día de vivir la vida misma”.

No puede evitar su lema “decidamos juntos” y las frases que conecten: “El jefe de Gobierno no puede solo, requiere de todos, la participación de todos los que habitan esta ciudad, por eso trabajaré con cercanía”.

Hace una pausa para una mención especial a Cuauhtémoc Cárdenas, quien hace 15 años comenzaba la misma encomienda y ahora le encargará los asuntos internacionales de la Ciudad.

“Yo no les voy a fallar, no, no lo haré, no les voy a fallar”, insiste.

16 minutos en agradecimientos y discurso se van. Y vienen para Mancera los aplausos de todos, el Auditorio es suyo, al igual que los mejores y escuetos deseos que susurran en su oreja, los abrazos del gabinete, los saludos lejanos, los besos en el cachete.

De repente aparece Leonardo, el más pequeño de sus hijos, a quien, como desde hace cinco años, todavía cuelga en sus brazos, justo el día en el que el peso del gobierno una ciudad, con cerca de 9 millones de habitantes, recae sobre sus hombros.

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Luego de que asistiera a la toma de protesta de Mancera en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF), Marcelo Ebrard camina por la calle Donceles, junto con su radiante esposa Rosalinda Bueso.

“¡Adiós, Marcelo!”, le gritan en la banqueta. Se da cuenta que quieren saludarlo y se acerca a las vallas, con la gente, a repartir saludos “de barrio”, hasta que llega su camioneta negra.

De los presos del 1 de diciembre no quiere comentar nada, pero cuando se le pregunta si irá a escuchar el mensaje del nuevo Jefe de Gobierno al Auditorio, responde claro: “No, ya no”.

Ebrard sabe que el momento es de otro… por lo pronto.







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