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“Calderón, las drogas y la violencia”, artículo de Jorge Chabat
El analista político y profesor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), Jorge Chabat, escribió este lunes en El Universal sobre el consumo de drogas en México, comparado con el mundo y la política que ha seguido el gobierno de Felipe Calderón.
(Foto: Saúl López/ Cuartoscuro)

Calderón, las drogas y la violencia

Jorge Chabat, El Universal

5 de noviembre del 2012

Hace unos días la Secretaría de Salud presentó la Encuesta Nacional de Adicciones 2011. En ella se muestra, además de un gran incremento en el consumo de una droga legal, el alcohol, un crecimiento en el consumo de drogas ilegales. De hecho, el consumo de estas drogas pasó de representar en 2002 un 0.8% de la población en general a 1.5%.

Un incremento de casi el doble en nueve años. A pesar de que claramente la tendencia muestra una curva ascendente en el consumo, éste parece haberse estabilizado en los últimos tres años y, comparado con el que se presenta en varios países del mundo, sigue siendo muy reducido, lo cual ha dado pie a dos reacciones muy interesantes.

Por un lado, el gobierno de Calderón ha dicho que el escaso crecimiento durante los últimos años de 2008 a 2011 el consumo creció de 1.4% a 1.5% de la población se debió a las políticas de prevención del gobierno. Por otro lado, el hecho de que el porcentaje de la población que consume drogas sea menor al de muchos países, en especial de los países desarrollados, ha dado pie para que algunos analistas revivan la tesis de Jorge G. Castañeda de que, dado que el consumo es relativamente bajo en México, el pretexto de su combate es una coartada de Calderón para justificar una guerra que tendría otros propósitos.

Concretamente, el jueves pasado Leo Zuckermann en su columna utiliza este argumento al señalar que el mercado interno mexicano es de risa loca, chiquitito, lejos de ser tan apetitoso como para agarrarse a balazos por el control de las plazas más rentables y que con esa narrativa, el gobierno de Calderón justificaba una guerra que ha dejado miles de muertos durante este sexenio.

Si bien es cierto que Calderón utilizó desde un principio como justificación de la guerra contra el narco el slogan de que para que las drogas no lleguen a tus hijos también utilizó el argumento de combatir la violencia: se busca recuperar la vida ciudadana, habría
dicho el secretario de la Defensa, Guillermo Galván Galván. Curiosamente el hecho de que el consumo de drogas ilegales haya crecido sólo un 0.1% de 2008 a 2011 parecería darle la razón a Calderón: las drogas en efecto no parecen haber llegado más a quienes las consumen en los últimos tres años.

Habría que averiguar si ello ha sido así por las políticas de prevención o, paradójicamente, por la misma violencia asociada a este mercado. Sin embargo, pensar que persiguiendo a las bandas de narcos se va a combatir el consumo es una ilusión: eso no ha sucedido en ninguna parte del mundo. Lo que sí han podido controlar muchos países es la violencia, a pesar de tener altas tasas de consumo de drogas.

Y en este punto, la pregunta es: ¿por qué no ha ocurrido eso en México? Y la respuesta tiene que ver más con la débil aplicación de la ley y el alto grado de impunidad que con el tamaño del mercado de drogas ilícitas. Y aquí el argumento de Zuckermann de que los narcos sólo se agarran a balazos por plazas rentables no se sostiene. Se agarran a balazos cuando el costo de hacerlo es menor a la ganancia que se va a obtener, así sea ésta una ganancia muy pequeña. Y una parte de las muertes de esta guerra contra las drogas en los últimos años tiene que ver con el narcomenudeo, con la disputa no por las grandes plazas, sino por las esquinas de una calle, por las tienditas donde se venden estupefacientes.

En otras palabras, matar sale tan barato en México que el asesinato y la violencia son una opción real para las bandas criminales aunque la ganancia sea marginal. En este sentido, es claro que lo único que a la larga va a reducir la violencia es precisamente el abatimiento de la impunidad, lo cual pasa obligadamente por el fortalecimiento de las instituciones y el control de la corrupción.

A fines del sexenio de Calderón es inevitable un balance sobre su política de combate al crimen organizado y en este punto claramente los resultados no son los ideales, pues la violencia, aunque comenzó a declinar desde abril de 2011, todavía presenta niveles inaceptables.

Sin embargo, no está claro que la opción de tolerar a la delincuencia organizada hubiera sido mejor. La opción ideal, claro, era haber hecho mejor las cosas, pero con los instrumentos institucionales con los que ha contado el gobierno, no veo cómo esto pudo haber ocurrido. En fin, a estas alturas sólo queda esperar que las reformas en esta área comiencen a dar algún resultado. Ojalá y ello ocurra en el sexenio de Peña Nieto y no en el de su o sus sucesores.







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