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‘Moisés: Vivir con miedo no es opción’, texto de Témoris Grecko
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(Foto: Temoris Grecko)

 

Moisés: Vivir con miedo no es opción

Texto y fotos: Témoris Grecko / Medellín de Bravo, Veracruz

 

Jorge no es un visitante asiduo de camposantos. A la que hoy es la tumba de su padre, el periodista Moisés Sánchez, sólo ha venido en cuatro ocasiones desde que encontraron su cadáver mutilado, el 24 de enero: al prepararla; durante el entierro; con su hijo menor, de siete años; y en esta mañana del 30 de abril, en que súbitamente sintió el deseo de acudir como el que tiene algo pendiente o necesita desatorar algo o escucha una llamada o debe vaciarse o más bien llenarse. Frente a ella, recuerda qué él, como también familiares y amigos y vecinos y funcionarios públicos y policías y criminales, le advirtió a Moisés que estaba en grave peligro, que sus esfuerzos le arrojaban demasiados riesgos y costos, que lo daba todo por algunos que después no lo agradecerían…

Moisés Sánchez Cerezo es un héroe solitario que fue asesinado en soledad. Murió inerme ante los cobardes. Luchó siempre por su cuenta, sin partidos, organizaciones ni empresas de respaldo, presto a solidarizarse con cualquiera y brindarle apoyo. Se convirtió en una referencia en Medellín de Bravo, este municipio que es como un páramo sin señas, ni urbano ni rural, necesario pero marginado, a merced de políticos explotadores y agrupaciones de delincuentes. Periodista de alma y servicio, porque dar cuenta de datos y hechos era su forma prioritaria de romper el aislamiento de Medellín, era reportero-fotógrafo-editor-repartidor del impreso que dirigía. Se llamaba “La Unión…”, con puntos suspensivos porque ese solitario soñaba con el día en que todos desearan estar juntos.

Fueron por él a la humilde casa que construyó con sus manos, el 2 de enero de 2015. Lo sacaron de su habitación, frente a sus pequeños nietos y su esposa, para desaparecerlo. Y después, las jugarretas de las autoridades. Las medias verdades, las investigaciones que no van a ningún lugar, el señalamiento de culpables que no son detenidos, las dilaciones, el casual extravío de evidencias, la percepción de que se encubre la mano del titiritero. La mano del gobernador Javier Duarte de Ochoa, cree Jorge, pues, según consta en un informe oficial, su padre supo que ese político del PRI había regañado, pocas semanas antes del crimen, a Omar Cruz Reyes (alcalde de Medellín, militante del PAN y señalado por la policía como autor intelectual del homicidio) por no haber sido capaz de callar a Moisés. La orden, explícita, implícita o inducida, habría venido del primer despacho del Estado de Veracruz, sospecha.

La línea de investigación que lleva al gobernador Duarte no ha sido ni siquiera considerada, señala ese mismo reporte, presentado por la Comisión Estatal de Atención y Protección a Periodistas (CEAPP). De pie en el camposanto, mirando la lápida mortuoria en la que el nombre de Moisés se inscribe junto al logotipo de “La Unión…”, Jorge Sánchez, vestido con playera negra y pantalones de mezclilla azul, se distancia del hijo prudente que advertía a Moisés del peligro, para encarnarse en su padre, apasionado, decidido: “Si creyeron que al matarlo iban a ganar el silencio, verán que no es así: los vamos a evidenciar”.

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Jorge Sánchez en la tumba de su padre.

EL ESPANTO SE HACE COTIDIANO

El temporal que provocó inundaciones en Xalapa y casi impide que salgamos de esa ciudad, nos ha seguido hasta Medellín de Bravo. El gran mango bajo el que solía descansar Moisés Sánchez —el mismo por cuyas ramas solían trepar en sus juegos Jorge y otros niños hace dos décadas—, se sacude por los golpes de la lluvia. En donde Moisés colocó su silla tantas veces para leer, hoy hacen guardia, en dos posiciones protegidas por sacos de arena, agentes de la Policía Estatal asignados para la protección de la familia, a unos ocho metros del portón blanco que delimita la propiedad. O ahí deberían estar: en esta madrugada torrencial, no es posible verlos. Hace falta protegerse, en cambio: en este cuarto hay una cama, paredes de ladrillo desnudo con rebabas de cemento, y una protección de herrería en la ventana, pero no hay vidrios. El viento penetra con fuerza. El agua, no.

Ahora los niños son otros. Axel y Jorge, de siete y ocho años. Y han sufrido lo que ninguno debería sufrir, lo que miles de niños mexicanos han sufrido y sufren: el rapto violento, frente a sus ojos, de alguien a quien aman. En este caso, de su abuelo. Periodista a sueldo de nadie, Moisés sostenía a los suyos y su esfuerzo informativo realizando otros trabajos. En años recientes, como taxista. Las fiestas del año nuevo 2015 lo mantuvieron activo por largas jornadas y en la tarde de ese viernes 2 de enero, descansaba aquí arriba, en el cuarto de al lado, donde esta noche duerme su esposa María Ordóñez. Sola.

Llegaron por su marido. Sus nietos, que jugaban en la calle, entraron corriendo en casa cuando llegaron las camionetas, a eso de las 19:30. Al menos seis hombres venían detrás. Otros montaban guardia afuera. En el pequeño patio, María sólo pudo abrazar a los pequeños. Los invasores derribaron la única puerta interior de la humilde casa, la de madera de la habitación de abajo. No había nadie en ella. Otros se apoderaron de una laptop, una tableta, una cámara, dos celulares: las herramientas de trabajo del reportero, a quien encontraron en la planta superior, en la cama. El cansancio no le había permitido despertar con el ruido. Lo arrastraron entre golpes. En el poder de María no estaba más que abrazar a los niños para evitar que los lastimaran. Los tres vieron cómo se lo llevaban.

Aquí avanzan las últimas horas nocturnas. En la oscuridad, porque Moisés no alcanzó a electrificar este piso, como tampoco a resguardarlo con vidrios, y por eso corre el viento que encubre la respiración de María, la viuda que duerme en la habitación de al lado. Donde secuestraron a su esposo. La escena del rapto se reconstruye una y otra vez en la mente del cronista, como una pesadilla que reemplaza el truco de las ovejas que saltan la cerca, y que no deja dormir. Un breve toque de bocina de una patrulla policiaca, que al pasar indica así una presencia que se supone protectora, le da un toque de realidad al entresueño de horror con el que se reciben las luces del amanecer. La noche ha pasado tan lenta y de pronto, estas primeras horas parecen atropellarse en un pestañeo. Hay que levantarse.

Después, descender: las escaleras, igualmente en obra negra, conducen a un pequeño cuarto de paso que da, por un lado, al baño —en el que se usa el agua que se saca de un pozo artesanal— y por otro, a la sala, donde además del televisor hay dos pantallas planas segmentadas para mostrar lo que captan las cámaras de seguridad: cinco del Mecanismo de Protección a Periodistas —un sistema federal—, y tres de su equivalente veracruzano, la CEAPP. Tecnología, agentes de vigilancia y alambre de púas son las medidas otorgadas a la familia de un hombre al que nadie resguardó antes de su asesinato.

Axel está en esa estancia. Solo. Es posible verlo a través de la delgada tela que cuelga en el umbral, a manera de puerta. Pero él no ha notado que hay alguien. Es delgado y bajo. A sus siete años, ha pasado por la experiencia de ver a los individuos que se llevaron a su abuelo, hace sólo cuatro meses. Ahora, otro extraño, del que no ha escuchado porque no lo vio llegar anoche, está por ingresar a su espacio.

“Hola pequeño Axel”, dice el hombre antes de mover la tela y entrar. El niño eleva los ojos a las alturas. No se asusta. No confía. “¿Quién eres tú?” “Un amigo de tu papá”. “¿Y de dónde sales?” “De arriba, dormí arriba”. Otra mirada le basta. Comparte: “¿Sabías que hay dinosaurios que están hechos de agua y dinosaurios que están hechos de paja?” Se sienta a conversar, a averiguar. No pregunta sobre ser periodista, sabe todo sobre ello. Quiere oír de otros países. ¿Son bonitos?

Es difícil cuidar a los niños cuando el espanto se hace cotidiano. En las primeras semanas de incertidumbre, Jorge solía decirles a sus hijos que su abuelo regresaría pronto, que estaba ocupado por ahí, en el taxi. Pero así como Moisés solía llegar acongojado por las historias de abusos de la policía y de los brutales asesinatos cometidos por extorsión, por venganza o como parte de la guerra entre la banda de los Zetas y el Cártel Jalisco Nueva Generación por el control del municipio, ahora él mismo es la noticia de la que todos hablan.

También en la escuela. El cadáver fue hallado después de tres angustiosas semanas —semanas de aferrarse a la esperanza pese a los desgarrones de la realidad— y aún corrieron días antes de que Jorge pudiera sentirse seguro de que era el de su padre, que no le estaban dando –como ya habían intentado hacer— el cuerpo de un pobre desgraciado sólo para salir del asunto y mandarlo al archivo. El funeral se llevó a cabo el 6 de febrero en la casa construida por las manos de Moisés. Sobre su ataúd gris metálico, yacían una cámara Minolta, una videocámara Sony y dos fotografías del reportero. Ya no era posible ocultar su muerte.

Ni cómo lo mataron.

“Déjame verlo”, pedía Axel, “déjame”. “Espérate tantito que está dormido”, respondía su padre en el esfuerzo de guardar la fantasía. Esfuerzo imposible. “Es que mis amigos dicen que a mi abuelo lo hicieron cachitos”.

LO QUE NO SE DEBÍA CONTAR

Jorge no reacciona al escuchar que cierto periodista famoso, cuando llegó a un nuevo medio con su equipo hace unas semanas, no pidió para él y su gente laptops ni cámaras, o seguros de vida ni chalecos antibalas, sino coches caros y boletos de avión. Tal vez ha escuchado tantas anécdotas de ese tipo que ya lo aburren. O acaso considera que las laptops y los chalecos son tan suntuarios como los coches caros. Que el periodismo no necesita de tecnología de punta sino de pasión, compromiso y capacidad de sacrificio. Y que ningún chaleco te va a salvar cuando vengan por ti.

A Moisés Sánchez lo secuestraron, degollaron a mano, partieron en pedazos y arrojaron por ahí en bolsas de basura negras. Clemente Noé Rodríguez Martínez, agente de la Policía Intermunicipal y único detenido por el asesinato, explicó en su confesión videograbada los motivos de este sadismo: “Alborotaba el panal, nos dijeron, pero al principio no sabíamos que era periodista, pensábamos que sólo era un taxista. Fue a los dos días cuando nos enteramos en la prensa, y que además publicaba cosas que perjudicaban al ayuntamiento”.

El “perjuicio” lo causaba a través de “La Unión…”, un periódico en blanco y negro, de 21 centímetros de alto y 14 de ancho. Es el tamaño media carta, que parece pequeño entre los dedos meñique, medio y pulgar, porque Moisés reproducía los originales en fotocopiadora y doblaba las hojas por la mitad. Producía unos mil ejemplares para repartirlos gratuitamente a quienes pudiera alcanzar de los 60 mil habitantes del municipio.

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En los años recientes, Jorge aprendió a formar publicaciones en computadora. Así pudo apoyar a su padre dándole una apariencia un poco más moderna a “La Unión…”. Pero por casi dos décadas, Moisés lo hizo todo como un viejo y dedicado artesano: cortando a tijera imágenes y columnas y fijándolas con un pegamento en lápiz sobre la hoja que era su lienzo. Una tarjeta de presentación podía convertirse en uno de los anuncios que vendía a precios súper bajos, para compensar una fracción de lo que en realidad era un gasto oneroso para él. Un cabezal que utilizó para la edición del 3 de agosto de 1998 parece dibujado con bolígrafo. Muestra a varias figuras humanas, hechas con cinco breves líneas y una bolita, que suben unos peldaños, y reza: “Semanario informativo La Unión… Nuestro lema: Ante todo la verdad, aunque le duela”.

Más adelante, utilizó tipografía informática: la sofisticación adquirida se reflejó en un titular más ambicioso: “Medios informativos LA UNIÓN… La voz de Medellín”.

Moisés escribía sobre muchas cosas. Concebía el periódico como un órgano comunitario que daba cuenta de eventos diversos, como los del ayuntamiento y los de las agrupaciones religiosas locales, ferias y encuentros deportivos. Pero si sólo hubiera sido eso, los sucesivos alcaldes y gobernadores no lo hubieran considerado un problema, un riesgo, un enemigo.

Caminos inundados, obras inconclusas, accidentes urbanos, abusos de autoridad, excesos policiacos. Moisés les dirigía cartas abiertas a los funcionarios para recordarles lo que no estaban haciendo, en dónde fallaban, los compromisos que incumplían. Hacía la crónica de la violencia, los asaltos, los secuestros, los asesinatos… una relatoría inexistente en los documentos oficiales, borrada para evitar problemas, cuidar negocios, guardar pactos inconfesables. El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, por ejemplo, registra cero secuestros en este municipio en 2014. Pero al investigar la muerte de Moisés, la Procuraduría estatal conoció de once.

Quienes dominan Medellín de Bravo gustan del silencio. Que las cosas se arreglen sin miradas ajenas. Esta demarcación se ha convertido en el dormitorio de Veracruz y Boca del Río, donde se concentran las actividades económicas de la región. Allá se quedan los beneficios de los impuestos que pagan las empresas. Pero miles de sus trabajadores viven en Medellín, donde no hay más ingresos significativos que los del predial. Moisés señalaba que buena parte de eso se pierde en las complicidades del poder local. El dinero no se refleja en los servicios públicos.

La economía local se está extinguiendo. El mango, del que Medellín era el principal productor estatal, ha dejado de ser redituable y los dueños de la tierra han preferido ponerla a disposición de los desarrolladores inmobiliarios que han construido decenas de fraccionamientos desde fines de los años 90. Del lado derecho de la calle de la familia de Moisés, se extiende un amplio terreno del que solían salir toneladas de fruta en décadas anteriores, que ahora se alquila para una escuela y que hoy utilizan los policías estatales de guardia. Su apariencia es de descuido.

Sin planeación ni control, el crecimiento metropolitano desconectó a Medellín del ámbito rural sin conectarlo al urbano de Veracruz-Boca del Río. El medellinense típico  proviene de otros lugares y llegó buscando vivienda barata en los humedales del municipio, como Moisés y María, que se mudaron desde el puerto en 1989 —cuando Jorge tenía apenas 4— para ocupar con otros cientos de personas un terreno en litigio. Eventualmente, fueron reubicados con 350 familias en lo que hoy se conoce como colonia Gutiérrez Rosas, en la localidad El Tejar.

Dos décadas más tarde, las condiciones generales siguen siendo paupérrimas. Vías de tierra que se anegan con las lluvias, grandes pilas de basura, apenas están introduciendo redes de agua potable y drenaje, los servicios no llegan. Como el de seguridad.

Que además de no llegar, es tan peligroso como la delincuencia. Desde 2004, en coincidencia con el inicio del periodo de Fidel Herrera como gobernador, el cártel de los Zetas se expandió por el Estado y entró con potencia en el trío metropolitano de Veracruz-Boca del Río-Medellín de Bravo. El narcotráfico y el robo de combustible fueron tan solo dos más de sus actividades, que también se enfocaron en otras que castigaban directamente a la población, como el secuestro y la extorsión a negocios.

La policía no los detenía. La policía también atacaba a los comerciantes, a los empleados, a los vecinos. Las cosas cambiaron cuando salió Herrera y fue reemplazado por Javier Duarte, en 2010, y cuando el alcalde Omar Isleño fue sustituido por Omar Cruz Reyes, en diciembre de 2013. Todos estos políticos pertenecen al PRI, con la excepción de Cruz Reyes, miembro del PAN. Pero a él y a su grupo los llaman los “panistas rojos”, por su cercanía a Duarte. En este caso, el cambio no fue determinado por la militancia partidista sino porque el relevo no sólo fue de poderes oficiales, sino de hegemonía criminal:  los Zetas pasaron a la defensiva frente al empuje del Cártel Jalisco Nueva Generación. Y la policía cambió de lealtades.

Además de publicarlo en “La Unión…”, Moisés trataba de llamar la atención de todo el Estado, actuando como fuente para periodistas a quienes solía llamar por teléfono para ponerlos al tanto. Era la única luz de información en el hueco oscuro que es el municipio. Moisés contaba lo que no se debía contar.

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EL ASESINATO QUE VENDRÁ

Jorge Sánchez marcha con un megáfono frente al Palacio de Gobierno de Xalapa. Ahí despacha el gobernador Duarte. Jorge exige justicia junto a un par de centenares de trabajadores de medios de comunicación y organizaciones sociales. Una de las mantas del frente reza: “Basta ya de violencia en Veracruz”. Muestra un retrato en alto contraste de Regina Martínez, quien fue corresponsal de la revista Proceso. Es 28 de abril y apenas se van a cumplir, el 2 de mayo, cuatro meses del asesinato de Moisés, que sigue impune. ¿Por cuánto tiempo? Es el aniversario, el tercero, del de Regina. Y sigue impune.

“¡Regina vive!”, grita un joven de camiseta blanca, que lleva una barba crecida y labio superior rasurado, al estilo salafista. “¡La lucha sigue!”, responden Jorge y la multitud. “¡Moisés vive!”, insiste el yijadi xalapeño. “¡La lucha sigue!”, corean todos.

Las cosas ya estaban mal antes de la llegada de Javier Duarte a su despacho, en diciembre de 2010. Habían matado a cinco periodistas en los seis años del periodo de su antecesor, Fidel Herrera. Pronto fueron superados: en los cuatro años que lleva Duarte, han asesinado a 11 reporteros y desaparecido a otros cuatro: el total es de quince. Mientras expresan sus protestas en Xalapa, los manifestantes temen que la cifra crezca, que se lleven a otro compañero, que sea uno de ellos.

Sólo tendrán que pasar cinco días para que aniquilen al número 12. El domingo 3 de mayo, el reportero Armando Saldaña desaparecerá. Hallarán su cuerpo —con cuatro balas y huellas de tortura— al día siguiente, en el estado de Oaxaca, a 10 kilómetros de los límites de Veracruz. Armando es veracruzano, trabaja para medios veracruzanos, practica el periodismo en Veracruz. El fiscal veracruzano no prometerá averiguar si el crimen tiene que ver con Veracruz, si el secuestro se habrá cometido en Veracruz, si lo habrán matado en Veracruz, si lo habrán cometido veracruzanos.

No. Para el fiscal Luis Ángel Bravo, el asunto será muy simple: el cuerpo no habrá aparecido en Veracruz y al constatar eso habrá cumplido con sus responsabilidades. “Este hallazgo lamentable fue en Oaxaca”, declarará, “y no encuentro razones para hacerlo aquí (la investigación), ya que no hay absolutamente ninguna evidencia, ningún indicio, ninguna averiguación o expediente, que oriente a pensar que aquí se cometió algún hecho que a la postre haya producido algún efecto en el hallazgo de Armando Saldaña. Son hechos que acontecen a Oaxaca y a los que el estado de Veracruz es totalmente ajeno”.

Los comunicadores se manifiestan sin esperanzas reales de ser oídos. ¿Cómo, si el gobernador Duarte se ha especializado en minimizar la violencia en general y, en particular, la tarea de los reporteros. Cuando le preguntaron por Moisés Sánchez, quiso aclararles que se trataba “del taxista”, negando su rol de periodista. En octubre de 2014, en un recorrido por el World Trade Center de Boca del Río, aseguró que “he sido reconocido por el crecimiento, el desarrollo que hemos tenido en materia de seguridad”, pues en Veracruz “antes se hablaba de balaceras, de asesinatos, de participación de la delincuencia organizada, y hoy hablamos de robos a negocios, de que se robaron un frutsi y unos pingüinos en un Oxxo”.

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“El Sabueso”, un proyecto de verificación de dichos del portal Animal Político, le otorgó a esa alegato su calificación de “Ridículo”, ya que en ese estado, en el 2014, se cometieron mil 935 robos a negocio, 5 mil 407 robos de vehículos y 3 mil 138 robos a casa habitación: “para ponerlo en palabras del Gobernador, en Veracruz se roban más autos que frutsis y pingüinos”. Además, según el sitio web, en ese año, la entidad tuvo casi tantos homicidios como todos los que reportó Canadá: 569 y 512, respectivamente. Hasta octubre de 2014, Veracruz fue el tercer estado con mayor número de secuestros, con 142 a lo largo del año, un 42% de incremento sobre 2013.

Una “Asociación Mexicana de Editores de Periódicos” le entregó al gobernador Duarte, el 2 de abril de 2013, un reconocimiento “a los esfuerzos que ha hecho Veracruz para garantizar el pleno ejercicio de la libertad de expresión”. El homenajeado declaró: “nos confirma que en la defensa y respeto de la libertad de expresión vamos por la ruta correcta y que en la protección a los periodistas respondimos con oportunidad y acciones concretas”.

“¡Ahí están, ahí están los que matan la verdad!”, repiten los manifestantes en esta tarde xalapeña. Está terminando la marcha. Jorge sostiene ahora un cartel negro sobre el que destaca, en rojo, el contorno del estado de Veracruz en color rojo sangre, y la leyenda en letras blancas “Fiscalía de la IMPUNIDAD”. A su lado, caminan dos amigas de Regina, Norma Trujillo, del diario La Jornada, y Verónica Espinosa, de Proceso. Detrás, una joven sostiene en alto la cartulina blanca sobre la que ha escrito: “No les creemos”.

MOY NO SE VENDE

“Aprendí de mi padre que la única forma de que (las autoridades) hagan algo es denunciar, ponerlos en evidencia”, recuerda Jorge, frente a la tumba de Moisés, conocido como Moy por todos, querientes y malquerientes. Protestar fue una de sus líneas de vida. Protestar para provocar un cambio.

Juntos, Moisés y su familia lo consiguieron en 2013: ese 26 de enero, la esposa de Jorge, Adelina Tome, de 20 años de edad, fue atropellada por un autobús urbano, de la compañía Especializada en Transporte de Personas (ETP), que no respetó una luz roja. Su acompañante, Arnulfa González, fue arrojada a un lado. Pero Adelina quedó bajo el vehículo, después de que una de las llantas delanteras pasara sobre ella. El conductor, Ramón Ballado Meza, de 40 años, decidió dar marcha atrás para volver a aplastarla. “Es que en la legislación local, sale más barato un muerto que un herido”, explica Jorge. “Se quieren ahorrar así los gastos médicos y pagar una indemnización”. “Personas que circulaban por esa zona me auxiliaron”, recuerda Adelina, “y evitaron que el chofer me arrollara otra vez.  Me quería matar de plano ya pero gracias a Dios me auxiliaron”.

Además del impacto emocional y físico, vino el económico: en los primeros 15 días, ya habían gastado 85 mil pesos de tratamientos médicos, que la empresa se negó a cubrir. Moisés, Jorge y su familia iniciaron una campaña pública, convocando a medios de comunicación, que forzó la intervención de las autoridades. Fue difícil porque, dice Jorge, el dueño de la empresa es un personaje influyente en el estado, y en varias ocasiones ignoró las órdenes judiciales. Tras un año de lucha, se alcanzó un acuerdo: la familia aceptó 90 mil pesos que le urgían para cubrir 150 mil pesos que adeudaba de gastos médicos.

Ponerlos en evidencia. Así actuaba Moisés. Al final de su vida, ya había llevado “La Unión…” a internet, con páginas web que quedaron estáticas porque fueron atacadas por hackers, y a YouTube, con videos que magnificaron su capacidad de denuncia.

Una de sus últimas grabaciones fue, probablemente, la que más molestó en el ayuntamiento de Medellín y el gobierno de Veracruz, porque mostraba la desesperación ciudadana ante la falta de seguridad.

La publicó el 14 de diciembre de 2014, 19 días antes de su secuestro y asesinato. Desde que el alcalde Cruz Reyes llegó, a fines de 2013, Moisés había insistido en que debería pedir que la Secretaría de Marina asumiera las tareas de protección del municipio y se despidiera a los agentes de la policía municipal, acusados de nexos con bandas criminales. Cruz Reyes aseguraba que eso ocurriría, pero los únicos marinos que veían los medellinenses eran los de la escolta del propio Cruz Reyes. Ese sábado 13 de diciembre, dos vecinos habían sido heridos de bala. Sólo era el más reciente de una larga serie de sucesos sangrientos que habían terminado con muchas vidas, incluido un bebé al que mataron sin necesidad en un robo en su casa. Al día siguiente, los habitantes de la colonia Gutiérrez Rosas decidieron tomar el asunto en sus manos y formar lo que Moisés presenta como un “comité de autodefensa”.

En una atmósfera nocturna, en la calle Tulipanes y con la solitaria luz de la videocámara, en el cuadro se evita mostrar los rostros y se busca las manos con machetes de una docena de pobladores, que explican lo que están haciendo: “Ya que no entran las autoridades, nosotros mismos vamos a hacer justicia con nuestras propias manos, porque ya basta de abusos”, dice una mujer; la sigue un hombre: “quedan advertidos, toda la delincuencia, que no tienen nada que venir a hacer a esta colonia”. Uno más da su opinión sobre el alcalde Cruz Reyes: “Hay gente del ejército cuidando sus espaldas. No confía ni en la policía. Entonces, ¿cómo vamos a confiar nosotros en la policía”.

El asunto trascendió. Por esas fechas, Cruz Reyes habría sostenido una reunión privada en Xalapa, en la que el gobernador Duarte regañó al alcalde de Medellín, según le contó a Moisés una persona que estuvo presente. “No es posible que no hayas podido callar a Moisés, que no lo hayas comprado”, le habría dicho el priísta. Y el azul habría respondido: “Es que con Moy no se puede hablar, no se vende, no le vas a llegar con dinero”.

Según las conclusiones del fiscal, basadas tan solo en el testimonio del único detenido, el policía Rodríguez Martínez, la orden de matar a Moisés había sido dada por Cruz Reyes, transmitida por su chofer, Martín López Meneses, y ejecutada por Rodríguez y otros cinco individuos, de los que sólo se conocen los apodos: “El Harry”, “El Chelo”, “El Piolín”, “El Moy” y “El Olmos”.

El video de la declaración de Rodríguez Martínez despierta dudas, en primer lugar por su seguridad y elocuencia: más que la confesión de quien enfrenta la cárcel, parece el examen profesional de un alumno aventajado y entusiasta.

Es una de varias inconsistencias, además de la evidente ineficacia policial: no han arrestado a nadie más. Al chofer, los otros asesinos ni al alcalde, que fue desaforado pero de cuyo paradero no se sabe nada. Jorge cree que Cruz Reyes sí estuvo involucrado. Pero asegura que se está encubriendo a otros. Como al gobernador.

El “Informe Moisés Sánchez Cerezo. Undécimo periodista asesinado en Veracruz (periodo 2010-enero 2015)” de la CEAPP, detalla cinco graves omisiones de las autoridades en el caso, de las que la primera es “la ausencia de una línea de investigación sobre supuestas expresiones del gobernador Javier Duarte de Ochoa respecto del periodista Moisés Sánchez Cerezo, previo a su desaparición”, pues esto podría haber sido “una línea de inducción a algún tipo de represalia” contra el periodista.

P1500823-001Hermano de Moisés en la manifestación en Xalapa, con un ejemplar de la edición de “La Unión…” publicada por Jorge y sus compañeros.

CADA UNO DEBE HACER SU PARTE

“Le decíamos que podían matarlo”, recuerda Jorge. “Él no creía que fueran tan tontos como para hacerle algo a una persona con un periódico pequeño, porque lo harían muy grande”. Fueron tras él. Y antes de asesinarlo, lo hicieron sufrir. “Es lo que hay que pagar por pensar de cierta manera”, sigue el joven de 29 años, “y cuando uno toma el camino que tomó mi padre, de ayudar a la gente y enfrentar los poderes, por mínimos o grandes que sean, hay que ir con la idea de que vas a morir algún día”.

Eso no lo convertía en un ser trágico. Estaba decidido a vencer el miedo, bajo la convicción de que uno no puede quedarse encerrado y no hacer nada, y decía “si las cosas están como están, es porque muchos tuvieron miedo”, explica Jorge. “Era un optimista, pero no nada más de decir se puede, sino un optimista de los que hacen”.

Y de los que mantienen la congruencia: “En ese momento trágico de su vida, aunque lo hayan torturado y lo que le hayan hecho, él nunca se arrepintió de nada. Estaba dispuesto a asumir las consecuencias de sus actos y así lo hizo. Por su mente no pasó arrepentirse ni que mejor no hubiera escrito esto o hecho esto”, expresa Jorge mientras mira la tumba.

Con el apoyo de otros periodistas veracruzanos, casi todos muy jóvenes, Jorge ha llevado a los hechos su decisión de no permitir que los criminales se salgan con la suya, que ganen el silencio: “Los vamos a evidenciar”, se compromete. En febrero, volvió a aparecer “La Unión…”, con características que hubieran provocado profunda emoción en el reportero asesinado: doce páginas en formato tabloide, en papel periódico. “¡No callaremos!”, reza un cintillo negro sobre el titular de ocho columnas: “El Medellín de Moisés. Su periodismo sigue vivo”. Destacados en portada: “Ciudadanos enfrentan solos la delincuencia” y “Vivir entre inundaciones y sin agua para tomar”.

Jorge no es periodista, sino formador de una revista de sociales de Veracruz: GB Magazine. GB, por Gente Bonita. La vida, sin embargo, lo lleva por otro camino, el de su padre. Con sus compañeros, busca maneras de financiar “La Unión…”, con periodicidad mensual. Y con los riesgos que implica.

En la placa de la tumba, debajo del cabezal de “La Unión…”, quedan inscritas tres ideas de Moisés: “Cada uno debe hacer su parte. Vivir con miedo no es una opción. Publicar la verdad es de valientes”.

“Es mi turno”, musita Jorge. “Exigir justicia. Hacer lo que me corresponde”.

 

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Témoris Grecko

Témoris Grecko es un periodista independiente que ha realizado reportajes en 91 países de todos los continentes y completado tres vueltas al mundo. Ha publicado cuatro libros, con temas como la guerra en Siria, una insurrección en Irán, el racismo y el sida en África y la ultraderecha en México. Acaba de estrenar la película "Mirar Morir. El Ejército en la noche de Iguala", está escribiendo un libro sobre el mismo tema y trabaja en un documental sobre censura y violencia contra periodistas en México. www.temoris.org



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