“Esclavas de la calle Sullivan”, un texto de Héctor de Mauleón
El escritor y periodista publica en la revista Nexos la historia de esta calle donde diariamente llegan a agruparse cerca de 200 mujeres para ejercer la prostitución.
Esclavas de la calle Sullivan, un texto de Héctor de Mauleón
(Foto:Cuartoscuro)

El escritor Héctor de Mauleón escribió para la revista Nexos Esclavas de la calle Sullivan, un trabajo que recrea la historia de esta calle donde diariamente llegan a agruparse cerca de 200 mujeres para ejercer la prostitución.

El también periodista hace una entrevista a Juana Camila Bautista, una mujer que narra cómo llegó a ese mundo, donde los padrotes no secuestran a las mujeres para explotarlas, sino que las seducen, las enamoran y les hacen falsas promesas de matrimonio para convencerlas a huir con ellos e irse a otra ciudad.

“Recorren colonias apartadas y rondan los mercados, las tiendas, las escuelas, los paraderos de autobuses, a la caza de jóvenes y adolescentes en estado de vulnerabilidad o de pobreza extrema”, explica Bautista.

La entrevistada habla de la prostitución en esa histórica zona de la Ciudad de México y afirma que el terror las alecciona y que están entrenadas para decir que están ahí por gusto y en libertad, sin embargo asegura que la denuncia es la única forma de romper ese círculo.

El siguiente es un fragmentodel trabajo periodístico:

“Esclavas de la calle Sullivan”,

Por Héctor de Mauleón,

Revista Nexos, julio, 2013.

De día, los muros recubiertos de espejo del Hotel Marín, en la esquina de Antonio Caso y Velázquez de León, reflejan el tránsito pesado de una calle poblada de misceláneas, cerrajerías, talleres mecánicos y fondas de comida corrida; de noche, todas esas imágenes se ahogan y los muros reflejan el brillo del alumbrado, los faros de los autos que se detienen ante el semáforo cercano y las faldas de las prostitutas que cada cuando cruzan la calle, con un cliente al lado, y empujan las puertas de resorte del hotel.

Mónica abría esas puertas 17 o 20 veces cada noche, de domingo a domingo, sin faltar un solo día.

Algunas veces iban detrás de ella jóvenes de 18; otras, viejos de más de 60. Ella calcula que en un lapso de dos años visitó el Hotel Marín cerca de 10 mil veces. La experiencia la dejó “bastante muerta”, y sin embargo cree que de algo servirá contarla. Por eso estamos aquí, frente a dos tazas de exprés humeante.

Sullivan es un punto tradicional de prostitución callejera en la ciudad de México. Los fines de semana, del Circuito Interior al Monumento a la Madre, en las banquetas de esa calle llegan a agruparse cerca de 200 mujeres de diversas cataduras. Algunas son altas, bien formadas, bellas. No es extraño que ciertos clientes se aficionen a las más llamativas y vuelvan a la zona varias veces, con la esperanza de reencontrarlas.

Mónica, de 22 años, y verdaderamente atractiva, se había hecho de un cliente así: un hombre joven que le pagaba por adelantado y que, más que acostarse, prefería conversar con ella. Cómo le había ido. Cuál era la razón por la que estaba triste. Por qué en los ojos tenía algunas veces las huellas de haber llorado.

500 pesos por 20 minutos de charla, y luego, la calle semidesierta, el trozo de banqueta que a Mónica le correspondía frente al puente.

Sullivan es el apellido de un empresario estadunidense que en el gobierno de Manuel González recibió la concesión para construir el ferrocarril México-Nuevo Laredo. Cuando la estación de la que partiría ese tren fue inaugurada a fines del siglo XIX, en terrenos de la actual colonia San Rafael, se decidió honrar su memoria mediante el recurso de bautizar con su nombre una de las calles aledañas.

El tiempo hizo el resto. La zona se pobló de hoteles destinados a albergar a los viajeros que llegaban diariamente a la ciudad de México. En 1949, sin embargo, la Estación Colonia fue demolida y Luis Ortiz Monasterio erigió en ese sitio el Monumento a la Madre. Los dueños de los hospedajes cercanos tuvieron que buscar un nuevo giro; de ese modo, los hoteles “de pasaje” se volvieron “de paso”. Ejércitos fluctuantes de trabajadoras sexuales comenzaron a “pararse” en las cercanías.

En el último tercio del siglo XX las calles más próximas al Monumento a la Madre —en especial, Río Pánuco y Río Nazas— se habían convertido en referencia topográfica de la prostitución urbana. Las quejas continuas de los vecinos lograron arrojar la oferta sexual a una zona de oficinas que por la noche quedaba solitaria: la calle Sullivan: vendedores de café, autos con el radio a todo volumen, vestidos minúsculos y chillantes, puestos de tacos iluminados por un foco, torretas de patrullas rasgando la oscuridad y los ojos vigilantes de las madrotas que registran en libretas los ires y venires de sus pupilas.

Una noche, en el ambiente sórdido de un cuarto cualquiera —en el Marín hay una cómoda con espejo, un buró, una alfombra y una colcha rala—, el cliente aquel le dijo a Mónica:

—Yo no puedo meterme en esto, te va a tocar a ti hacerlo. Denuncia a tu padrote. Todavía estás a tiempo de salir de aquí.

Le entregó un número telefónico anotado en un papelito, que Mónica hizo bolita y dejó caer en el bolso de pedrería falsa en el que guardaba los condones. Cuando volvió a su esquina, pensó: “Si lo denuncio, voy a valer madres, pero hace mucho que yo ya valí madres”.

Twitter: @hdemauleon

Ir al texto íntegro en Nexos en línea

 



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