“México: el colmo de la dependencia”, por Carlos Herrera de la Fuente
"Con la llegada de Trump, la retórica amistosa se acabó...".
Foto: Isaac Esquivel/ Cuartoscuro

Por Carlos Herrera de la Fuente*

Para evitar todo tipo de confusiones y no postergar innecesariamente la idea central de este artículo, iré directamente al grano. El colmo de la dependencia es el siguiente: ser el vasallo más fiel, el súbdito más leal y servicial del imperio y, sin embargo, recibir, sin dilación alguna, justo en la cabeza, el primer porrazo que a éste se le ocurre asestar. Cuando uno decide ser o mantenerse como súbdito de un poder ajeno (interno o externo), ese poder puede decidir, con total independencia, ser benévolo o tiránico con uno; pero, de ninguna manera, se puede esperar tener injerencia sobre sus decisiones, cuando de principio se le cedió la voluntad de decidir. Esto es algo que ya John Milton argumentaba en el siglo XVII en su ensayo El título de reyes y magistrados (1649), su manifiesto de adhesión a la causa republicana, escrito y publicado poco tiempo después de la ejecución de Carlos I por parte del parlamento inglés.

Ahora bien, Estados Unidos nunca ha sido benévolo con México. Siempre ha hecho uso y abuso de su superioridad económica, política y militar sobre nuestro país. El que en las últimas décadas haya empleado un lenguaje más “amistoso” para referirse a los asuntos bilaterales, no ha significado nunca que su política real hacia México haya sido auténticamente “amistosa”. A pesar de lo que todavía se atreven decir los defensores vergonzantes del TLC, éste fue y sigue siendo un instrumento comercial de los EUA para destrozar nuestra economía y someterla, integrándola, a su lógica imperialista. Por lo demás, la supuesta “amistad” (palabra que tanto le gustaba emplear a los Clinton y a los Bush) no fue tampoco motivo suficiente para detener las deportaciones masivas de inmigrantes, la construcción efectiva del muro, la violación constante de nuestra soberanía nacional a través de la ilegal “cooperación policial y militar” y la imposición de una trágica “guerra contra el narcotráfico” que ha generado cientos de miles de muertos al país.

Pero con la llegada de Trump, la retórica amistosa se acabó; de la misma manera, con el anuncio de la construcción del muro y la violenta renegociación del TLC, se anuncia el comienzo de una era aún más agresiva y dañina de EUA contra México. ¿Qué dicen ahora todos aquellos que un día promovieron la adhesión absoluta de nuestra nación a las causas más bárbaras y violentas del imperio, como la Guerra del Golfo Pérsico y la Invasión a Irak (remember Krauze)? ¿Qué dicen aquellos que sostuvieron que era necesario volverse un aliado incondicional de EUA en todas sus aventuras políticas y bélicas con tal de obtener la “enchilada completa” de la política migratoria (remember Castañeda and Fox)?

Da pena leer los mea culpa de Aguilar Camín, quien en un reciente texto publicado en Milenio, en el que reconoce las equivocaciones de los gobiernos neoliberales de los que él mismo ha sido un fiel ideólogo, escribe: “No fortalecimos la economía ajena al TLC, no mejoramos nuestro mercado interno, no diversificamos nuestra relación con el exterior, no ofrecimos una alternativa a los millones de mexicanos que resuelven su vida y la de sus familias trabajando allá. Tampoco mejoramos nuestra seguridad. No contuvimos la impunidad ni la corrupción, no mejoramos la calidad de nuestros gobiernos ni la eficacia de nuestra democracia ni el vigor de nuestro estado de derecho” (Milenio, “Las enseñanzas de Trump”, 25/01/2017). Es decir, no hicieron (ellos, los gobiernos neoliberales y sus aliados) todo lo que la izquierda les ha venido criticando desde hace más de tres décadas. Mísera confesión de un derrotado por la Historia.

Por lo menos desde 1982, cuando, tras la crisis económica, el gobierno mexicano tuvo que renegociar su impagable deuda y someterse (por voluntad propia) a los dictados de los organismos internacionales y de Washington, México siguió el camino de convertirse en un apéndice de la economía estadounidense, sin preocuparse por proteger sus cadenas productivas internas ni sus sectores estratégicos (petróleo, electricidad, minería, etc.), sin diversificar sus vínculos con el exterior ni establecer contrapesos efectivos. Todo debía cederse en pos de la integración al mercado estadounidense. Todo: soberanía, economía, política, dignidad, etc. Y el resultado es que, de un plumazo (aunque esto todavía no ha sucedido del todo), el nuevo tirano del imperio es capaz de cambiar esa historia.

De todo esto, deberíamos sacar algunas lecciones básicas. Propongo dos:

1. La economía es política. A diferencia del credo ultraliberal para el que el mercado es una especie de fetiche intocable, a cuya voluntad económica es necesario someterse sin restricciones, hay que recordar que ese mercado no es ni “libre” ni “perfecto”, sino que está conformado por monopolios que tienen una estrecha vinculación con los Estados nacionales de donde provienen. Se trata de un mercado alterado, donde no sólo se juegan intereses económicos, sino también políticos. Los acuerdos comerciales y económicos, en general, son la punta de lanza con la que los Estados más poderosos tratan de someter a los más débiles. No existe (nunca ha existido) algo así como un “intercambio igualitario” entre naciones.

Cuando en sus diatribas histéricas y agresivas Trump señala que el TLC ha sido perjudicial para EU porque ha generado un déficit comercial de 60 mil millones de dólares, no menciona que gran parte de ese déficit comercial es resultado de un intercambio intrafirmas (esto es, entre firmas estadounidenses) que benefician a compañías de su propio país, ni que en México hay también, desde hace muchos años, un déficit constante en la balanza comercial y de pagos con EU que representa más del 2% del PIB nacional, algo similar al porcentaje estadounidense. Lo que Trump hace es utilizar sesgadamente los datos que posee para presionar hacia una negociación más benéfica para los intereses de sus empresas. Porque la economía es política.

Un ejemplo claro de esta estrategia de negociación se puede observar en la afirmación hecha por el mismo presidente de EU, según la cual México ha sido poco cooperativo en asuntos relacionados con la protección de la frontera común. ¡¿Poco cooperativo?! Por lo menos desde el gobierno de Calderón, México se sometió absolutamente a las órdenes del país vecino en lo que refiere a militarización de la frontera y seguridad nacional, colaboración ilegal entre policías de ambos países (lo que derivó en desastres mayúsculos como el operativo “Rápido y furioso”), “guerra contra el narcotráfico”, detención de migrantes centroamericanos, etc. ¿Qué es, entonces, lo que reclama Trump? Fácil: más sometimiento.

Enredados en sus propias contradicciones, los gobiernos neoliberales no comprenden que en el diseño de una economía se juegan cosas fundamentales como la soberanía productiva (agrícola e industrial), comercial y financiera, gracias a las cuales un país puede decidir con plena independencia su futuro. Si Trump puede amenazar a México con retirarse del TLC y cobrar un arancel de 20% a sus exportaciones, es porque EU no depende de ese tratado comercial, pero México, por culpa de los gobiernos neoliberales desde Salinas de Gortari, sí, y de una manera desproporcionada.
Esta actitud hostil del nuevo gobierno estadounidense hacia nuestro país, nos debe dejar en claro una lección: que nunca más se puede someter toda una economía a un único acuerdo comercial con un solo país, ya que, de lo contrario, en cualquier momento, ese país puede decidir romper unilateralmente dicho acuerdo. Así de fácil. México debe comenzar a pensar en una nueva política económica que privilegie el desarrollo de la industria nacional y el mercado interno, y diversifique sus lazos económicos y políticos con otras naciones, empezando con las latinoamericanas. No se trata de aislarse, sino de comenzar a pensar, por primera vez, de manera estratégica, en lo que conviene al país en términos de su soberanía presente y futura, de tal manera que se supere la odiosa dependencia a una sola nación.

2. La soberanía no es una palabra hueca. Soberana es la nación capaz de tomar decisiones que beneficien a sus propios ciudadanos, con independencia de los intereses particulares de otras naciones (sin que esto signifique, necesariamente, dañar o alterar el orden internacional). La frase “la soberanía no se negocia” significa que no se puede estar soportando insultos y recriminaciones del jefe de Estado de otra nación, sea la que sea, con la única finalidad de negociar un acuerdo comercial, tal como lo propone el humillado gobierno de Peña Nieto y su canciller Videgaray. No se trata de reivindicar un nacionalismo trasnochado, sino de afirmar el talente independiente de la nación frente a cualquier agresión externa (verbal o física). Y para eso se necesita de grandeza política; sí, como la que tuvieron Lázaro Cárdenas, Fidel Castro y Hugo Chávez, por más que les pese a sus obsesivos detractores.
Lo más curioso es que la defensa enjundiosa y airada de los valores nacionales sólo surge en momentos en los que, bajo ninguna circunstancia, se pone en riesgo la soberanía nacional. Todos recordarán, por ejemplo, el incidente de hace dos años con el papa Francisco, cuando éste escribió a un amigo (en un correo electrónico personal) que Argentina se estaba “mexicanizando” (una afirmación no del todo falsa), lo cual derivó en una nota diplomática de reclamo por parte de la Secretaría de Relaciones Exteriores; o bien el caso en el que Jorge Zermeño Infante, embajador en España durante el gobierno de Calderón, protestó enérgicamente contra la publicidad de una hamburguesa de Burger King (la Texican Whooper) en la que se ridiculizaba a los mexicanos; o, finalmente, la burla de los presentadores de un programa de la BBC contra los mexicanos en 2011, que derivó en el reproche furibundo del entonces embajador de México en el Reino Unido, Eduardo Medina Mora.

En llamativo contraste, cuando se atenta realmente contra los intereses de México, no se dice nada, o bien se negocia en lo oscurito. Las empresas transnacionales pueden saquear la riqueza del país, pueden destruir la ecología, laborar sin pagar impuestos, sacar su dinero sin dejar ningún beneficio para la nación, especular sin trabas en la Bolsa de valores, abonar salarios de miseria, dejar morir a decenas de trabajadores en el fondo de una mina (Pasta de Conchos), violar todas las leyes habidas y por haber, envenenar enorme litorales como el río Sonora (Cananea) y corromper funcionarios al por mayor; el gobierno de Estados Unidos, por su parte, pueden introducir armas a México, dejar que sus policías y grupos especializados intervengan en nuestro territorio, exigir que las fuerzas de seguridad de la nación se sometan a la agenda de la lucha contra el narcotráfico, construir un muro ignominioso, violar los acuerdos comerciales cuando quiera… Pero nada de eso merece un reclamo airado, una acción decisiva para defender los intereses del pueblo. No. Lo importante es que no nos llamen “gorditos” o “morenos” en un anuncio de hamburguesas, o que no difundan una mala imagen del país, etcétera, etcétera. En lo esencial, silencio; en lo insignificante, reclamo.

La soberanía se defiende, en primer lugar, defendiendo los principales intereses de la nación, no negociando con aquéllos que los atropellan cotidianamente con absoluto descaro. La soberanía nacional se defiende, defendiendo la independencia alimentaria, industrial, energética y productiva en general; defendiendo la seguridad interna, sin someterla nunca a las directrices de fuerzas armadas o policiales extranjeras; defendiendo los recursos naturales, así como las fronteras marítimas y terrestres; defendiendo a los connacionales, dondequiera que se hallen; defendiendo la dignidad política y exigiendo respeto en todos los niveles diplomáticos. Titubear en tiempos de crisis es abdicar de las responsabilidades políticas. Es indigno y va en contra de los intereses nacionales.

Si el gobierno mexicano quisiera romper definitivamente el círculo vicioso de la dependencia, lo primero que tendría que hacer es negarse a negociar en condiciones de amenaza. Cuando el fascistoide Trump amenaza con construir un muro, con hacérselo pagar a los mexicanos y con salirse del TLC, el gobierno mexicano, en lugar de dudar y mostrar debilidad y miedo, debería rechazar explícitamente, de cara al mundo, cualquier acercamiento con él y su gente hasta que retiraran lo dicho y aceptaran negociar de igual a igual. De lo contrario, no habría porque temer que se acabara la vigencia de ese antiguo y antimexicano acuerdo comercial. Ésa sería la oportunidad de oro para fortalecer la economía interna, así como para atender los rezagos en desarrollo agrícola, industria, infraestructura, desarrollo técnico y científico, salarios, educación, cultura, etc. También para diversificar nuestras relaciones políticas y económicas con otras regiones y naciones, sin atarnos a ninguna de ellas; en primer lugar con Latinoamérica, pero también con China, Rusia, la Unión Europea.

No hay por qué dudar. La verdadera independencia nacional se construye sin esperar nada de los poderes imperiales. Si así lo hiciéramos, la potencia vecina que hoy nos subyuga se daría cuenta de que no es tan fácil someternos como antes pensaba. Y en ese momento, sólo en ese momento, se vería obligada, forzada a respetarnos.

*Carlos Herrera de la Fuente (México, D. F., 1978) es un filósofo, poeta y ensayista. Licenciado en economía por la UNAM y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg, Alemania. Ha publicado dos poemarios (Vislumbres de un sueño, 2011 y Presencia en fuga, 2013) y un ensayo de filosofía (Ser y donación. Recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger, 2015). Ha colaborado en las secciones culturales de distintos periódicos y revistas nacionales: El Financiero, De largo aliento, El Presente de Querétaro, etc. Actualmente escribe la columna Excursos en el periódico cultural La Digna Metáfora, donde aborda temas relacionados con la estética y la literatura.



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