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Análisis: 5 artículos de opinión sobre caída de Elba Esther
Denise Dresser, Jesús Silva Herzog-Márquez, Enrique Krauze y el ex presidente del PAN, Germán Martínez, escriben en Reforma sobre la caída de Elba Esther Gordillo. En La Jornada, el artículo es de John Ackerman.
Análisis: 5 artículos de opinión sobre caída de Elba Esther
Elba Esther Gordillo, ex lideresa del SNTE(Foto: Cuartoscuro)

“Epitafio para Elba”

Denise Dresser

Reforma, 4 de marzo, 2013

Aquí yace la criatura del Estado que lo desafió y fracasó al hacerlo tan abiertamente. Aquí yace la mujer que fue arrojada del pináculo al cual había podido ascender gracias a Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón. Pensándose majestuosa. Creyéndose indispensable. Sintiéndose omnipotente. Ignorante frente a la realidad de lo que representaba y en quién se había convertido. Sentada en su palacio en San Diego, despotricando contra sus adversarios, dando órdenes, lanzando dictados, profiriendo amenazas. Elba que supuestamente todo lo sabía, todo lo controlaba, todo lo decidía. La reina decrépita del coto corporativo de un país que la odiaba. La emperatriz estirada de México, cuyo poder fue guillotinado por el mismo Estado que la creó.

Aquí yace la mujer que en un acto de arrogancia incontenible decidió demostrar quién mandaba en México, oponiéndose a la reforma educativa, llamando “ignorante” al secretario de Educación Pública, chantajeando a Enrique Peña Nieto con las posibles movilizaciones del SNTE. Ella por encima del Presidente y el gabinete y los dirigentes partidistas y los electores y los ciudadanos. Vanagloriándose del poder que tenía y que Felipe Calderón -por debilidad- le había permitido acumular. Entronizada por cuatro presidentes a los cuales les recordaba, de cuando en cuando, cómo le debían a los maestros el mantenimiento de la estabilidad y la “paz social”.

Aquí yace la mujer temible, ante quien la clase política entera se arrodillaba por miedo a la movilización. Allí estaban los gobernadores postrados, los senadores encogidos, los diputados buscando protección, agazapados a sus pies. Cortesanos, todos. Temiendo que ella agitara a quienes tomaban las calles y paralizaban a los estados y amenazaban con tumbar a los gobernadores. Temiendo que ella usara a sus siervos del Panal para llenar urnas y conseguir votos y determinar resultados electorales. Ahora sola ante el silencio del séquito que se disciplina frente a Peña Nieto, por temor a ser el siguiente tras las rejas. El siguiente investigado. El siguiente encarcelado. El siguiente castigado.

Aquí yace la lideresa delante de quien los maestros se postraron por todo aquello que les daba, todo aquello que les regalaba. Primas y prestaciones; ascensos y aguinaldos; salarios y sobresueldos; candidaturas y curules. Las glorias compartidas que su reino ininterrumpido -desde hace 24 años- repartió entre los disciplinados. Y por ello, los maestros le besaban la mano. Acudían presurosos a refrendarla en cada elección. Consejeros convertidos en lacayos; dirigentes convertidos en súbditos; el SNTE convertido en juglar del palacio. La autonomía sindical usada como escudo para el fortalecimiento del poder personal.

Aquí yace un ícono de la corrupción porque durante años el Estado le permitió que lo fuera. La maestra rural convertida en majestad real, con cuentas en Suiza y departamentos en México y casas en San Diego y compras por 2 millones de dólares en Neiman Marcus. Producto de un sistema clientelar y una de sus principales beneficiarias. Más preocupada por defender su feudo personal que por mejorar la educación de quienes lo habitaban. Más interesada en ostentar su poder que en usarlo para bien de México. La que “salvaba” al país de la inestabilidad política, para condenarlo a la mediocridad educativa.

Aquí yace un poder fáctico que el propio Estado engendró al permitir que ejerciera el poder como lo hizo: de manera impune, de forma arbitraria, con opacidad. Porque Felipe Calderón lo fomentó. Porque la Secretaría de Hacienda lo avaló. Porque la Secretaría de Educación Pública no lo pudo o no lo quiso impedir. Sólo así se explica el silencio de Los Pinos cuando Elba Esther atacaba a Josefina Vázquez Mota. O conseguía “pilones” de 500 millones de pesos en cada negociación salarial. O conseguía el incremento en el porcentaje de becas controladas por el sindicato. O conseguía exenciones fiscales voraces y claramente injustas. O conseguía la persistencia de viejos intereses, encubiertos en cada sexenio bajo una nueva retórica.

Aquí yace la que cayó en una cloaca donde Peña Nieto decidió empujarla. Para legitimarse y para librarse de un poder retador y para presentarse como un nuevo priista y para impulsar la reforma educativa y para acrecentar su popularidad y para afianzar su autoridad. El Presidente manda el mensaje de que sólo sin la presencia de Elba Esther puede reformar la educación y modernizarla. Sólo sin Elba Esther puede recentralizar el poder en la Presidencia y fortalecerla.

Cada vez que La Maestra presumía el poder que decía tener, exponía a presidentes panistas que se lo habían entregado. Al actuar como lo ha hecho, Peña Nieto rehúsa pasar el sexenio sentado en su regazo como lo hicieron sus predecesores. Y logra también un “efecto demostración” para otros líderes malolientes como Carlos Romero Deschamps y Víctor Flores y Leonardo Rodríguez Alcaine. Disciplina o cárcel. Apoyo o arresto. Lealtad incondicional o investigación judicial. Entendimiento o epitafio.

“La leyenda disuelta”

Jesús Silva-Herzog Márquez

Reforma, 4 de marzo, 2013

Supo cultivar su leyenda porque encontró a los ingenuos que se sometieron a sus intimidaciones. Era la estabilidad, el único pasaporte para el cambio, la aliada indispensable, la enemiga invencible. Los presidentes y los secretarios de Educación vivieron bajo su amenaza constante. Se creyeron su cuento. Imaginaron posible la pesadilla que les pintaba: si tronaba los dedos, las escuelas cerrarían, las calles se llenarían de protesta, el país se volvería ingobernable. Si tocaban sus intereses, nada podría hacerse en el campo educativo. Para reformar la educación habría que pedirle permiso. De muchas maneras lo dijeron los panistas: imposible hacer la reforma educativa sin el consentimiento de La Maestra. Era ella quien dictaba el ritmo y el tono; era ella quien definía lo intocable; a ella correspondería el mérito del cambio. Más aún, los cándidos que nos gobernaban creían que su sumisión era realismo. Aceptamos sus condiciones porque así es la política, confesaban abiertamente. Porque no le podemos ganar la batalla, rindámonos a ella y que sea ella quien dicte su antojo. Felipe Calderón, el Presidente que llevó la alianza con Elba Esther Gordillo a la mayor indignidad para el Estado mexicano, el hombre que le entregó con desvergüenza cruciales posiciones de poder, justificaba su estrategia como si fuera un acto de sagacidad maquiavélica. Nuestra alianza, llegó a decir, “no es falta de escrúpulos, es hacer política como se hace en todo el mundo”. Curiosa mezcla para el estudio de los psicólogos: padecer la sumisión más humillante y encararla con los desplantes de un cínico.

Con un solo acto se disolvió esa leyenda. No fue difícil encontrar las pruebas de su abuso. Lo único que se necesitaba era abrir los ojos a su ostentación. Tras la captura, el aislamiento fue inmediato. ¿Se pensaba que el sindicato se levantaría en armas para defender al dirigente que despoja a la misma organización? ¿Se creía que las escuelas cerrarían en respaldo al cacique que usa el dinero sustraído obligatoriamente a los maestros para hacerse una nueva operación cosmética? ¿Se imaginaban una insurrección magisterial en defensa de la opulencia financiada por los maestros? El procurador lo subrayó correctamente: las víctimas de la corrupción de Elba Esther Gordillo son, en primer lugar, los maestros a los que representa. La política de la fanfarronería necesita la complicidad del crédulo. Si un mérito tiene el nuevo gobierno es haber clausurado, para bien, esa credulidad. El reto de hoy es que el golpe judicial dé paso a una transformación en el ámbito educativo y el sindical. Que no sea, como antes, una simple purga en beneficio de la Presidencia.

La reforma educativa no esperó la bendición de La Maestra. El PRI de Peña Nieto rompió primero el mito de la hacedora de reyes para deshacer después la leyenda de su veto insuperable. No la necesitó para ganar la elección del año pasado ni la consultó para reformar el artículo 3o. de la Constitución. Lo cierto es que la defenestración de Elba Esther Gordillo no altera la estructura del sistema educativo. El sindicato sigue ejerciendo funciones que no le corresponden a una representación gremial. La captura de la dirigente no modifica esa extensa red de poder sindical que se instaló en el gobierno federal, los gobiernos locales, las muy diversas comisiones administrativas del sector educativo y las escuelas públicas de todo el país. La reforma constitucional es un paso correcto pero es apenas eso, el primer tranco de una travesía que debe llegar hasta el salón de clase.

La acción de la Procuraduría compromete al gobierno. Si a fin de cuentas se tratara de un acto aislado, se inscribiría en la tradición del uso político de la ley: usar el derecho para mostrar fuerza, emplear el castigo como instrumento de promoción, seleccionar arbitrariamente al destinatario de la coacción estatal. Al proceder contra la dirigente magisterial, el gobierno traza un nuevo sentido de lo posible y por ello mismo, un nuevo sentido del deber. Al partido del corporativismo puede corresponder, paradójicamente, la responsabilidad de desmontarlo. No de someterlo, como sería la obvia tentación restauradora: desbaratar el pacto de impunidad. La ruta iniciada compromete al gobierno. Gordillo era el personaje más impopular en el mundo sindical pero sus abusos no eran extraordinarios. Por eso corresponde al gobierno federal demostrar que este gesto no es único y que es el inicio de una nueva relación con el mundo sindical. El mensaje del presidente Peña Nieto establece un medidor para sus propias políticas. “Los recursos de los sindicatos son de sus agremiados, no de sus dirigentes”, dijo el Presidente. “Deben utilizarse en beneficio de los propios trabajadores”. El gobierno federal no puede hacerse el ciego ante los abusos y las ostentaciones de otros dirigentes sindicales.

A Ernesto Cordero, secretario de Hacienda del gobierno de Felipe Calderón, correspondió la penosa tarea de disfrazar como incompetencia la complicidad. No vimos nada raro, declaró el hoy senador. La grotesca declaración es advertencia para el gobierno actual: si abrió ya los ojos a uno de los monstruos criados por el PRI, no puede cerrarlos para ignorar al resto.

“El PAN y Elba”

Germán Martínez Cázares

Reforma, 4 de marzo, 2013

Hacer leña del árbol caído es muy sencillo, cualquiera con un hacha de desmemoria o desvergüenza. Elba Esther está en prisión por vicios propios. Pero la pregunta es clara: ¿por qué el gobierno federal del PAN no la atrapó?

Sólo desde el cinismo se puede dar otra respuesta: aliarse con Elba fue un gigantesco error. Sin duda mío como parte del gobierno anterior. Se apostó a un espejismo electoral. Mientras por una puerta entraban ruidosas y en tropel las afiliaciones corporativas ofrendadas por “la maestra”; por la otra salía una migración individual y silenciosa de ciudadanos creyentes en la agenda de libertad panista.

En su próxima Asamblea Nacional el PAN tiene una oportunidad inmejorable para la autocrítica profunda y ofrecer un disculpa ciudadana aunque sea dolorosa. Sólo así reconstruirá credibilidad. Una consuelo cosmético para justificarnos sólo prolongará la agonía y dejará sin remedio a la institución. Además, en ese evento, no le vendría mal a la dirigencia nacional agradecer y reivindicar a una panista denostada por Gordillo: Josefina Vázquez Mota.

Tiene razón el presidente nacional Gustavo Madero, “el PAN se desdibujó”. Sólo se redibujará con los colores de una agenda liberal. ¿Los panistas vamos a volver a trazar el rostro del PAN aliados con el Panal en Puebla y Baja California? ¿Con un admirador de Hitler como jefe en el Estado de México? ¿El nuevo esmalte panista es el azul salpicado de amarillo perredista? ¿Dejamos de hablar sólo con líderes en penitenciaría? Entonces, ¿cuántos perredistas tras las rejas se necesitan para dejar de una vez por todas esa aventura de desdibujamiento PAN-PRD?

Al PAN no le debe urgir remediar la escasez de militantes, sino la insuficiencia de votantes. El ciudadano proclive a votar por el PAN no se reanimará con una reforma doméstica de Estatutos limitada a nuevas reglas internas para elegir candidatos y dirigentes. El deterioro se detendrá en la fidelidad a postulados libertarios.

Libertad sindical y libertad de educación fueron las premisas hipotecadas con la relación SNTE-PAN. Los panistas convivimos con estructuras corporativas que carcomen la iniciativa individual de desarrollo y la competitividad del país. La prueba está en la enorme aceptación popular que tuvo la medida del gobierno de Calderón al acabar con la relación laboral, injusta por privilegiada, del sindicato de electricistas del centro. Ese era el sendero liberal abandonado con los maestros.

Pero en el caso de la educación existe una traición más profunda. Olvidar aquella premisa originaria: la educación impartida por el gobierno es “pública” y, por tanto, ni es “estatal” ni mucho menos, “sindical”. ¿Qué hizo el PAN para moderar el enorme monopolio del Estado frente a la educación? ¿Qué hizo para ampliar, en las escuelas públicas, el derecho de los padres de familia de educar a sus hijos conforme a sus convicciones éticas? En enseñanza pública el PAN antes de rendirse a Elba Esther se venció frente al laicismo que relativiza cualquier valor. La escuela pública tiene que ser libre, y fruto de esa libertad puede ser atea, musulmana, judía o católica. Pero el Estado no puede imponer la “nada-ética” en todos los planteles escolares sólo porque ética huele a religión.

Ahora, los panistas deben proponer la “portabilidad escolar”, ¿para qué sirve una evaluación docente si los padres de familia no pueden cambiar la escuela o mudar a sus hijos a otra?

Efectivamente, como recordó ayer Enfoque, con la diputada priista Gordillo intentamos, en 2004, aprobar la reforma fiscal propuesta por Fox. El PRI la saboteó y defenestró a Elba. Ayer la Asamblea priista aceptó la misma propuesta foxista de ampliar el IVA. Ocuparán al PAN, como entonces el PAN necesitó al PRI para sacarla adelante. Aquel día Elba no se equivocó, como ahora tampoco el PRI. Tomó la ruta de modernización del país, y allí la coincidencia parlamentaria es legítima y correcta.

Aliarse con Elba le costó caro al PAN. También le costará al PRI encarcelar solamente a una golondrina sindical, para simular un verano transparente.

“Zapatazo”

 John Ackerman

La Jornada, 4 de marzo, 2013

La coreografiada detención de Elba Esther Gordillo no es un signo de fortaleza sino de debilidad del Estado democrático. En lugar de convencer a la sociedad y ganarles a sus adversarios en el terreno del debate público, Enrique Peña Nieto toma la ruta más fácil de simplemente encarcelar a uno de sus rivales más importantes. De manera similar a Felipe Calderón, Peña Nieto inicia su sexenio con una desesperada búsqueda de reconocimiento personal para compensar su falta de legitimidad electoral.

Se equivocan quienes comparan el encarcelamiento de Gordillo con el quinazo de Carlos Salinas de Gortari. En realidad, Peña Nieto no sigue el guión de su supuestamente audaz padrino, sino el del inepto y belicoso Calderón. En 1988, el PRI todavía contaba con una poderosa hegemonía sobre la política nacional. La detención de Joaquín Hernández Galicia, así como las obligadas renuncias de numerosos gobernadores y otros altos funcionarios públicos durante el sexenio de Salinas, permitieron al entonces presidente reafirmar su mando dentro de la piramidal estructura de poder que todavía permanecía intacta.

Hoy el contexto es radicalmente diferente: 38.2 por ciento de la votación comprada en las urnas por el nuevo partido de Estado simplemente no le basta a Peña Nieto para emprender reformas tan agresivas para la economía y el bienestar social como la privatización de Pemex o la imposición del IVA en alimentos y medicinas. La fuerza del PRI de hoy no tiene nada que ver con la del PRI de antaño. Supimos lo que fue el tránsito por el desierto durante 12 años fuera de Los Pinos, ha comentado el actual presidente del PRI, César Camacho.

Lo de Peña Nieto hoy no es un mensaje hacia dentro para reafirmar el mando personal sobre una pirámide política que ya no existe, sino un golpe mediático orientado a inflar artificialmente al ocupante de Los Pinos en la imagen pública con objeto de distraer e intimidar a la oposición política. Una estrategia similar ya fue ensayada el pasado 1º de di¬ciembre. El encarcelamiento de Gordillo combina perfectamente con la brutalidad policiaca y las detenciones arbitrarias el día de la toma de posesión (mi análisis: http://ow.ly/ig27c ).

Esta estrategia coincide cercanamente con la utilizada por Calderón. Al inicio de su sexenio, el hoy becario de la Universidad Harvard entró en la Cámara de Diputados fuertemente custodiado por las fuerzas armadas vía una improvisada puerta trasera para rendir protesta. Posteriormente se vistió con ropa militar, lanzó las fuerzas armadas a las calles en su guerra contra las drogas y utilizó sistemáticamente los órganos de procuración de justicia para amedrentar a sus rivales políticos. Jorge Hank Rhon, Greg Sánchez, Flavio Sosa, el general Thomas Ángeles, así como los detenidos por el michoacanazo, fueron solamente los ejemplos más sonados de esta fallida estrategia de Calderón.

El debilitamiento institucional del Estado y la voracidad de los poderes fácticos son problemas reales. Pero éstos no se solucionan por medio de un culto autoritario a la personalidad del presidente de la República o con la politización de la justicia, sino a partir de una amplia participación ciudadana en la reconstrucción de la eficacia y la neutralidad de los organismos gubernamentales.

Una de las características fundamentales del absolutismo es precisamente confundir al primer mandatario con la institución estatal en su conjunto: el Estado soy yo ( L’Etat c’est moi) es la típica frase que se atribuye a Luis XIV de Francia (1643-1715). El fascismo tiene rasgos similares. Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado, decía Benito Mussolini. Estos sistemas políticos insisten en la fidelidad total al jefe de Estado y son profundamente intolerantes a la disidencia o la discrepancia.

Gordillo es indefendible. Es muy difícil creer que sus riquezas, como las Peña Nieto, su familia y su gabinete, hayan sido adquiridas de manera lícita. Hay que celebrar que la maestra se haya quedado sola, traicionada por la misma clase política y empresarial que ella misma ha traicionado en tantas ocasiones.

Pero sería ingenuo pensar que el encarcelamiento de Gordillo sea un mensaje a favor del estado de derecho o en contra de los poderes fácticos. La acción no fue más que un típico y desesperado ajuste de cuentas entre líderes políticos de igual naturaleza política. La decisión de detener a la lideresa sindical justo después de la promulgación de la reforma constitucional en materia educativa y unas horas antes de la reunión del consejo extraordinario del SNTE, combinado con el atropellado y vacío espot del Presidente en cadena nacional, confirman sus motivaciones políticas.

En 1960, el líder soviético Nikita Kruschov se hizo mundialmente famoso por golpear con el zapato su curul en la ONU y espetar insultos hacia otros líderes mundiales en protesta por las críticas lanzadas hacia la Unión Soviética en ese foro mundial. Hoy, por mucho que la televisión haga esfuerzos olímpicos por proyectar una imagen de hombre de Estado, el comportamiento de Peña Nieto es igual de vulgar y desesperado que aquello mostrado hace más de cincuenta años por el sucesor de José Stalin.

“Calando al Presidente”

 Enrique Krauze

Reforma, 3 de marzo, 2013

Mi amigo Augusto Elías me contó esta anécdota que escuchó, en una alegre tertulia, de labios del ex presidente Miguel Alemán: al poco tiempo de su toma posesión (en diciembre de 1946), el Sindicato de Trabajadores Petroleros emplazó a huelga a Pemex y amenazó con paralizar el suministro de combustible. El gobierno ofreció 10% de aumento con opción de llegar al 15%, pero el sindicato lo rehusó. Sin titubear, Alemán ordenó la movilización del Ejército, cuyos efectivos comenzaron a atender las gasolineras. Los líderes se avinieron al 15%, pero la empresa se mantuvo en el 10% original. El servicio se normalizó. Al poco tiempo, el Presidente y los líderes se reunieron a comer, para “limar asperezas”. Vinieron los brindis. “Pero si nomás lo estábamos calando, Señor Presidente”. “Pues ya me calaron, hijos de la chingada”.

La tentación de “estar calando” a un presidente no era propia de la tradición sindical. En su vocación original (apolítica, anarquista) de limitar los excesos del capitalismo, el sindicalismo mexicano había alcanzado varias conquistas: defendió los derechos de los trabajadores a la huelga, a la libre asociación y contratación colectiva, al salario justo, al descanso dominical, a la jornada de ocho horas, a la prohibición del trabajo infantil, la protección de la mujer, las prestaciones de seguridad y salud. Pero en el México del PRI, el sindicalismo era más que un movimiento laboral: era un socio minoritario del Poder Ejecutivo, que con el tiempo se sentiría lo suficientemente fuerte como para aumentar su participación y desafiarlo.

El pacto corporativo venía de muy atrás. En 1914, a su llegada a la ciudad de México, Álvaro Obregón cedió el aristocrático Jockey Club (la Casa de los Azulejos) a la Casa del Obrero Mundial. No sólo buscaba congraciarse con los obreros: quería incorporarlos a su ejército para oponerlos -real y simbólicamente- a los contingentes campesinos de la Convención de Aguascalientes. Fue un golpe maestro del cual surgieron los “Batallones Rojos” que pelearon en el bando constitucionalista. Según Jean Meyer, aquel episodio presagió las posteriores alianzas en el siglo XX.

Tras la promulgación del artículo 123, Obregón integró a su proyecto político a la recién nacida CROM y a su líder, el fogoso Luis N. Morones, que en el sexenio de Calles (1924-1928) fue, simultáneamente, líder supremo de los obreros y Ministro de Industria, Comercio y Trabajo. Con la llegada de Cárdenas y la fundación de la CTM (1936), se perfiló un nuevo liderazgo, no menos dependiente del gobierno pero más institucional. En un inicio lo representó el intelectual Lombardo Toledano, pero fue desplazado por un dirigente de raigambre obrera, Fidel Velázquez. Controvertido, criticado, su permanencia vitalicia se explica por una vuelta al trabajo sindical: conocía por nombre y apellido a miles (o decenas de miles) de obreros, atendía sus problemas concretos. Su vida personal fue reservada, austera y no se le conocieron actos de corrupción. Pero su secreto residió en el respeto a los límites: no era orador ni ideólogo, y no buscaba el poder: “A diferencia de Morones -me dijo en una entrevista hacia 1996-, yo nunca quise ser presidente de México porque ya era presidente de los obreros de México”.

Las corrientes sindicales de izquierda, ligadas con frecuencia al Partido Comunista (proscrito hasta fines de los setenta), vieron a Fidel Velázquez como el prototipo del líder “Charro” (venal y vendido a los patrones). Se trata de una caricatura. La relación de aquellos sindicatos con la Iniciativa Privada fue, en términos generales, profesional y beneficiosa para los obreros. A diferencia de los campesinos (y a costa de ellos), los obreros ascendieron en su condición económica y social hasta alcanzar los primeros peldaños de la clase media. Quizá por eso no apoyaron el movimiento estudiantil del 68. Este equilibrio entre “los factores de la producción” se explica por una razón evidente: si el sindicato llevaba sus pretensiones a extremos irrealizables, las empresas podían quebrar (y no pocas veces quebraban). Pero en todo caso, las negociaciones eran reales, la tensión no era fingida y los avances tangibles.

El disuasivo de la quiebra no existía, por principio, en el Sector Público: sus instituciones, secretarías, organismos y empresas. La CTM no controlaba sino parcialmente ese universo. Desde los cincuenta, algunos gremios (maestros, petroleros, ferrocarrileros, electricistas) desataron una serie de huelgas encabezadas por líderes legendarios como Othón Salazar, Demetrio Vallejo y Valentín Campa. Sus demandas eran legítimas pero, más que propósitos de negociación laboral, aquellos movimientos albergaban designios revolucionarios que prendieron focos de alerta en el régimen. López Mateos y Díaz Ordaz optaron por reprimirlos; en cambio Echeverría y López Portillo buscaron cooptarlos, corromperlos y neutralizarlos, canalizando inmensos recursos y prebendas a los más rijosos y estratégicos. Al hacerlo, crearon un Frankenstein sindical.

Tras el espectacular (y a la postre fallido) boom del sector en la era de López Portillo, el Sindicato Petrolero “caló” a Miguel de la Madrid: la misteriosa explosión de San Juanico, las amenazas verbales. Esta vez el Presidente se paralizó. El sindicato había arrancado a la empresa contratos que lo convertían, de hecho, en un socio de Pemex. Con el famoso “Quinazo”, Salinas puso un límite pero el sindicato se repuso pronto. Algo similar ocurrió en otras ramas del Sector Público: bajo el supuesto de que el gobierno “no quiebra” y los dineros públicos son infinitos (y con la certeza de que el funcionario venidero “paga la cuenta”) se “negociaron” centenares de contratos colectivos onerosísimos para la nación. El Frankenstein del SNTE fue uno de tantos, pero su dimensión y su tarea le dan un carácter neurálgico: tiene a su cargo la educación nacional.

Elba Esther Gordillo “caló” a presidentes que por debilidad o conveniencia se dejaron calar, pero en esta ocasión la respuesta fue jurídica: violó gravemente la ley. Su caso evidencia la necesidad de separar el sindicalismo del poder y ahondar la Reforma Laboral en dos sentidos: transparencia económica y democracia interna en los sindicatos. Pero la repercusión debe ser mucho más amplia: ningún poder gremial, corporativo, fáctico (no se diga ilícito) puede “calar” el orden legal e institucional de este país.

 





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