Reaparece ‘Marcos’ (‘Galeano’) para rendir homenaje a Luis Villoro y al zapatista asesinado
La crónica desde Oventic, Chiapas.
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Foto: Adolfo Vladimir/ Cuartoscuro

El subcomandante Marcos, llamado Galeano tras el asesinato de su compañero zapatista, reapareció el 2 de mayo en Oventic, Chiapas, donde confluyeron los “otroas” para rendir homenaje póstumo tanto a Luis Villoro como al extinto Galeano.

Un discurso en honor a Villoro de más de 40 minutos y otro entrañable, de casi 40 minutos, dedicado al zapatista ultimado, fueron pronunciados por el subcomandante detrás del pasamontañas de tela negra, quien al fin reveló el ingreso del filósofo a las filas del EZLN, pese a los ‘peros’ que le puso Marcos para que no lo hiciera.

El encuentro Luis Villoro-Marcos, narrado por este último, tocó las fibras de Juan Villoro, sentado en primera fila del homenaje a su padre, fallecido el año pasado.

El subcomandante reapareció en medio de la expectativa por su presencia y luego de que durante una hora, otro zapatista en medio del Ejército, simuló ser el hombre que no deja de fumar su pipa, mientras hablaba Adolfo Gilly, Fernanda Navarro y Juan Villoro.

El “nuevo” Galeano le quitó su gorra al simulador y él se quitó el sombrero colorido que portaba para hacerse pasar por cualquier otro.

La reaparición

 

Aplausos. El subcomandante que desaparece casi siempre está frente a una multitud diversa y proveniente de todas partes.

“Buenas tardes, yo no iba venir pero como dicen que Villoro anda aquí, entonces vine a ver...”, comienza.
El subcomandante saluda: “buenas tardes, días, noches tengan quienes escuchan y quienes leen sin importar sus calendarios y sus
Geografías”.
Nos regala a todos, pero sobre todo a Juan Villoro, la anécdota de su primer encuentro con el filósofo, como si lo hubiera visto ayer: “esas pláticas semejaban a encuentros de esgrima. Aunque sobre decirlo, las más de las veces me vi derribado”.
El pensamiento del filósofo le abrió las puertas -o montañas- del EZLN, de Oventic -donde quedarán sus cenizas-, y seguramente del corazón de Marcos, hoy Galeano.
“Ahora y sólo ahora, cuando les entrego estas hojas, podrán leer cómo se titula este texto en el que viene envuelto, con mis torpes palabras, la pieza del rompecabezas que se llamó: “Luis Villoro Toranzo, el zapatista‘”.
Las palabras que pronunciará son las que escribió en mayo 2014 para un homenaje a Villoro que ya no fue en aquel momento, porque mataron a Galeano, nombre que retomó Marcos en honor al finado:

Cuando, en la comandancia general del EZLN, con el subcomandante insurgente Moisés platicábamos sobre lo que sería este día antes y hoy, nos dábamos cuenta de que, al hacer el balance de una vida, juntábamos pedazos que no alcanzaban nunca a completarse.

Que siempre quedábamos con una imagen inconclusa, rota. Que lo que tenemos y teníamos, nos urgía a buscar y encontrar lo que faltaba.

“Falta lo que falta”, decimos obstinadamente las zapatistas, los zapatistas.

No con resignación, nunca con conformismo.

Sí para recordarnos que no está cabal la historia, que le faltan piezas, nombres, fechas, lugares, calendarios y geografías, vidas.

Que muertes y ausencias tenemos muchas, demasiadas.

Y que debíamos agrandar la memoria y el corazón para que no faltara ni una, sí, pero también para que no fueran inmovilizadas, para que fueran completadas una y otra vez en nuestro paso colectivo.

(…)
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“¿Y qué es lo que quiere Don Luis?”

“Quiero entrarme de zapatista”, respondió.

No había en su voz rastro alguno de burla, sarcasmo o ironía. Tampoco duda, temor, inseguridad.

Ya antes me he enfrentado a que un ciudadano o ciudadana declara así su intención, (aunque no con esas palabras, porque más bien lo suelen hacer con consignas incendiarias y frases rimbombantes donde hay mucha muerte y poco o nada de vida), aunque, claro, no pasan del potrero.

Me atraganté, y ni siquiera estaba encendida la pipa para fingir que era por el humo. Resignado ante la falta de tabaco seco, me limité a mordisquear la boquilla.

“Quiero entrarme de zapatista“, dijo. Don Luis había usado una expresión verbal más propia de la cotidianeidad en las comunidades zapatistas, que de la Academia Mexicana de la Lengua.

Seguí el protocolo en estos casos:

Le detallé las dificultades geográficas, temporales, físicas, ideológicas, políticas, económicas, sociales, históricas, climáticas, matemáticas, barométricas, biológicas, geométricas e interestelares.

A cada dificultad, la sonrisa de Don Luis perdía algo de nerviosismo y ganaba en seguridad y aplomo.

Al terminar la larga lista de inconvenientes, el rostro de Don Luis parecía haber recibido un asiento en el Colegio Nacional, en lugar del “NO” diplomático que le había endilgado.

“Estoy dispuesto“, dijo después del crujido del último pedazo sano de la boquilla de mi pipa.

Intenté disuadirlo mencionado los inconvenientes de la clandestinidad, el ocultarse, el anonimato.

“Además“, añadí con displicencia, “ya no hay pasamontañas“.

Era evidente que no estaba yo haciendo el mejor papel. Por más que me reacomodaba en la silla y movía nervioso los cosas sobre la mesa, no encontraba cuál era la explicación lógica al absurdo de la situación.

Don Luis se acomodó la boina sobre el plata de su rala cabellera.

Pensé que se iba a despedir pero, cuando me incorporaba para llamar a la guardia para que lo acompañara, dijo:

“Éste es mi pasamontaña“, dijo señalando su boina.

(…)
Durante años guardé como secreto este pedazo del amplio rompecabezas que fue la vida de Don Luis.

No esa vez, sino después, cuando la rabia y el dolor nacían del cuerpo masacrado del compa maestro zapatista Galeano, fue que entendí el por qué de retener esa pieza de su vida.

No era que él se los ocultara porque le diera vergüenza, ni porque temiera que lo delataran con el enemigo de mil cabezas, o porque así evitara que trataran de disuadirlo.

Era porque quería darles este regalo.

Una pieza que provoca, que alienta, que agita, justo como su pensamiento hecho viento travieso en nosotros.

Una pieza más de la vida de Don Luis.

La pieza que se llamó Luis Villoro Toranzo, el zapatista del EZLN”. 

Nada le hizo sombra a los más de 60 minutos en los que el subcomandante tomó el micrófono para después pasarse al fondo del escenario, escuchar al resto de los participantes, fumar su pipa, cantar el himno zapatista y desaparecer ante los cientos de ojos que clavaron sus miradas en él, así como las decenas de cámaras que lo siguieron hasta hartarlo y provocar un par de mentadas, con su guante de mano de calaca.
Pasó de enaltecer a Luis Villoro, de quien dice tomó nota desde el momento que lo conoció en el cuartel zapatista, hasta desatar su furia contra algunos periodistas que “comen mierda del gobierno” y aseguraron que el extinto Galeano murió en un “entrenamiento” y no dijeron que fue asesinado por “paramilitares”.
De Galeano dijo que “era como cualquier compañero zapatista: alguien por quien bien valía la pena morir, para hacerlo renacer de nuevo”. Por eso ahora él se hace llamar Galeano y a Marcos le dice “el finado”. Finalmente no importan los nombres. El sujeto de la pipa es como cualquier otro zapatista

Después de tantos años, el líder del EZLN apunta cuál es la tarjeta de presentación de los zapatistas, desde 1994: “profesionales de la esperanza, transgresores de la ley de gravedad, personas que sin aspavientos en cada paso se dicen y dicen: para vivir morimos”.

 



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