José Emilio Pacheco “polígrafo perfecto”: Villoro y Pitol
“Polígrafo perfecto y rescatador de la literatura mexicana” fue como definieron Sergio Pitol y Juan Villoro al escritor durante el homenaje en la Feria Internacional del Libro de Oaxaca.
  1. José Emilio Pacheco "polígrafo perfecto”: Villoro y Pitol (Foto: Especial)

  2. José Emilio Pacheco "polígrafo perfecto”: Villoro y Pitol (Foto: Especial)

  3. José Emilio Pacheco "polígrafo perfecto”: Villoro y Pitol

  4. José Emilio Pacheco "polígrafo perfecto”: Villoro y Pitol

  5. José Emilio Pacheco "polígrafo perfecto”: Villoro y Pitol

Los elogios no fueron los únicos que abundaron en el Teatro Macedonio Alcalá de Oaxaca en el homenaje a José Emilio Pacheco; también abundaron las emotivas descripciones de Juan Villoro, Sergio Pitol, Margo Glantz y Guillermo Quijas.

Como un “polígrafo perfecto”, se refirió a él Pitol, amigo suyo desde los primeros días literarios de ambos “hace 54 años” y que está convencido que tras la publicación de La Medusa Perfecta, fue cuando Pacheco se atrevió a “tocar todos los géneros”, incluida la traducción “quién no se ha enriquecido de sus traducciones y variaciones de poemas procedentes de las más inesperadas latitudes”.

De esto mismo comentó Juan Villoro, al decir “todos nos educamos en Pacheco”, gracias a sus interpretaciones y versiones de poemas, entre ellos, una de sus obsesiones, Cuatro Cuarteros de T.S. Elliot, que ha trabajado una y otra vez durante décadas, “lo ha hecho tantas veces que tendremos que publicar la traducción al inglés de Pacheco, que seguro ha superado a la obra original”.

En su intervención, Guillermo Quijas, Director de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca, y responsable del homenaje, lo llamó “enemigo de la retórica, un hombre de libros cuya escritura está libre de artificios, con personajes son como nosotros”, Margo Glantz contó cómo lo conoció junto a Carlos Monsiváis “cuando José Emilio tenía 23 años y yo 32” y lo impresionada que estaba porque conocía de memoria todos los poemas del mundo, “era un niño catedrático”.

Margo Glantz también resaltó el interés de Pacheco en la obra de Bram Stoker, Drácula, y como a pesar de ser una novela que por los años 60, era desdeñada, “siempre ha sido una de las grandes pasiones de José Emilio, presente en Morirás Lejos”, cosa que el homenajeado confirmó con todo gusto, “antes de que estuviera de moda yo ya lo había tocado”, dijo el orgulloso autor.

Agradecido y muy contento, Pacheco tomó el micrófono, que movía y alejaba al mover las manos para devolver los elogios a sus colegas: “la educación literaria solo se logra con gente que es mayor o mejor que uno, como Sergio, a quien me siento orgulloso de tener como amigo”, dijo de Pitol, mientras que de Villoro dijo “no conozco ese sentimiento llamado envidia, pero si la tuviera se la tendría a Juan”.

Divertido, cual si estuviera en un café del Centro Histórico, escenario que le gusta recordar “ya no hay cafés como esos, es una pena”, más que un discurso contó historias y recuerdos de la Zona Rosa, el restaurante Bellinghausen y sus aventuras con Monsiváis y Vicente Rojo, o cómo Arturo Ripstéin lo convenció de hacer el guion de su famosa película de culto, El Castillo de la Pureza.

“Y fue ahí donde conocí a Marcelo Uribe (editor de Ediciones Era, presente en el escenario), quien por entonces era un chamaco y le pidió permiso a Ripstéin para ir con su novia a visitarme al set. Qué bueno que lo traté bien, si no imagínense…habría acabado con mi destino literario”, dijo entre risas.

Pacheco se levantó del sofá especialmente puesto para la ocasión de la mano de su esposa, Cristina Pacheco y se sentó en un escritorio en el proscenio del escenario, donde sus lectores oaxaqueños, en su gran mayoría jóvenes menores de 30 años, llevaron sus libros de poemarios, y claro, sus Batallas en el Desierto, que le mostraban orgullosos, “este libro era de mi papá y me lo regaló cuando cumplí 15 años”, le dijo un muchacho.

La firma era apenas un pequeño garabato, apenas lo que el cansancio y la poca movilidad le dejan hacer a José Emilio Pacheco, que sin embargo firmó hasta el último ejemplar y escuchó todas las historias, se tomó todas las fotos y todavía agradeció la presencia de sus lectores, antes de partir al cóctel privado en el que hizo lo mismo: firmar y escuchar, paciente y agradecido.

 



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