Opinión: La elección del domingo y el regreso del PRI (artículos)
La prensa nacional presenta esta mañana los primeros artículos de opinión y análisis sobre el resultado de la elección del 1 de julio. Prevalecen las lecturas sobre el triunfo del candidato Enrique Peña Nieto y las derrotas de AMLO y el PAN.
(Imagen: especial)

El desastre /  Germán Martínez Cázares  (Reforma)

“El desastre”, así tituló José Vasconcelos al tercer libro de su autobiografía, donde comenzó a recordar su histórica derrota electoral en 1929, cuando el PRI ganó por primera vez la Presidencia de México.

La derrota del PAN es eso: un desastre. Un naufragio sin atenuantes. Edulcorar el trago sería ingenua candidez.

El PAN debe asumir de buena gana una primera enseñanza, obvia en democracia: los ciudadanos no se equivocan. Es demencial sostener que un ciudadano acierta cuando vota PAN, y se disparató cuando vota PRI o PRD. El PAN no es una certeza moral, es sencillamente una opción cívica en un México plural.

Precisamente muchos jóvenes -de los que genuinamente irrumpieron en esta campaña y, por cierto, detuvieron el ascenso de Josefina- perciben al PAN rancio por confundir moral y política, o mejor, por mezclar las herramientas morales y las propias del “quehacer político”. No creo en la política desnuda de valores, al contrario, sin ideales la política es mera gestión de intereses, y muchas veces el PAN cayó en ese bache. Pero en política los valores o las ideas no se imponen, se dialogan; no se dictan, se discuten; no se juramentan, se razonan; no se esconden ni se secretean, se exponen a la sociedad; y finalmente se someten al examen de las urnas. El pensamiento panista no es verdad revelada, es argumento probable, por eso no debe extrañar que un buen día los ciudadanos lo aceptan, como en 2000 o 2006, y otro día lo rechazan, como ayer. Sólo desde el fundamentalismo alimentado por el dogma, se puede creer en la supremacía todopoderosa de la doctrina panista.

Esos valores nutren o inspiran tareas de gobierno y propuestas de campaña, pero ahora, el PAN deberá admitir las pocas banderas ondeadas en esta batalla electoral. ¿Cuál fue la oferta general de la campaña? ¿Qué significa hoy el PAN? ¿Qué grito o reclamo nos emociona unánimemente a los panistas, además de la miseria antipriista? El PAN no está convencido plenamente ni siquiera de defender a sus gobiernos.

Además, en muchas ocasiones traicionamos a la enorme bandera de la libertad. Toleramos a sindicatos opacos y antidemocráticos, estorbos de competencia libre y fomento al empleo. Confundimos al ciudadano que aprecia la libertad con el espejismo de las coaliciones con el PRD. Al desconfiar de esa libertad, aprobamos una ley electoral para enjaular al Presidente, maniatar a los partidos, engordar una burocracia electoral y meter en un mar de trámites la postulación ¿libre? de candidatos. La victoria cultural panista siempre fue una victoria de la libertad.

El PAN es esclavo de dinámicas y modos de andar extraños. Su actividad interna se resume en arrebañar voluntades, inscribirlas al padrón y subastarlas en cada elección interna. Las convenciones se deciden por tropel, no por razón, en ellas “pesa” más, por ejemplo, la vergüenza de un mexiquense admirador de Hitler y “su grupo”, que la voz de Luis H. Álvarez.

El gobierno nunca supo comunicar. Y algunas veces “comunicaron” incertidumbre o simulación ¿Todos los funcionarios fueron leales al Presidente? ¿Compartían el rumbo panista? ¿En verdad, la deuda de Moreira en Coahuila o la del gobernador michoacano Godoy no se pudo evitar a nivel federal? No se “cacaraqueó el huevo” de grandes logros económicos, ni se entendió quién fue el responsable de los fiascos del “michoacanazo”, del espectáculo a Florence Cassez o de atrapar al supuesto hijo de El Chapo. Entonces la perseverancia en el combate al narcotráfico, en momentos, se entendió como terquedad.

No soy ajeno al desastre panista. Fui dirigente de ese partido e incurrí en muchos de estos equívocos, por eso renuncié al mando panista. Creo en la cultura de la dimisión del personaje público que no da resultados. ¿Y ahora?

Después de aquella fallida campaña de Vasconcelos, éste tomó el camino de la amargura; Manuel Gómez Morin, su tesorero entonces, con optimismo fundó al PAN. ¿Qué sigue? ¿Lincharnos entre panistas? ¿Reanimarnos? No estaría mal, con humildad, empezar por ofrecer una disculpa al ciudadano defraudado con nuestros errores.

 

Del voto y la humildad / Jesús Silva-Herzog Márquez (Reforma)

Tecleo con velocidad este artículo con las primeras noticias de la victoria priista. Habrá que esperar las cuentas y ver de qué manera se ha recompuesto el mapa de la política mexicana. Habrá que esforzarse, sobre todo, por comprender. Tratar de entender el sentido del voto, las implicaciones para el futuro inmediato, el impacto en los distintos partidos y en el funcionamiento de la democracia.

Habrá quien se aferre a su vaticinio. Quien quiera ajustar los resultados de ayer a su anticipo o a su deseo. Es común la práctica de forzar la interpretación de tal suerte que ratifique lo dicho y salvaguarde la imagen del adivinador. Pase lo que pase, muchos se empeñarán en decirnos “te lo dije”. La flexibilidad intelectual de opinadores y activistas es sorprendente. Si además se reviste con la lógica de la conjura, es capaz de cualquier malabarismo. No hay hecho que rebata al conspiratista. Si gana quien debería perder, será porque hubo imposición, porque hubo fraude, porque en el fondo perdió. Creo que hay que acatar el dictado de los números y esforzarse por comprender. El voto nos exige volver a pensar y nos invita a tomar distancia de lo que creíamos.

El voto, esa señal que es solamente un dato, contiene un mensaje de humildad. No se gana todo, no se gana por siempre. Las victorias son siempre precarias, transitorias. Las derrotas, aunque inclementes, no son la muerte. Conocemos la orden de los votos pero nunca llegaremos a entender su significado pleno. Apenas lanzamos conjeturas sobre su fuente y su significado. La victoria de Peña Nieto parece sólida y rotunda, con un margen amplio que lo separa de sus competidores. Se trata, sin embargo, de una victoria construida en buena medida por eliminación, por un rechazo contundente al gobierno panista y una desconfianza en la izquierda que no pudo remontar el daño que a sí misma se hizo hace seis años. Si el PRI ganó no fue por la candidatura visionaria de un hombre de ideas que encabezó una transformación de su partido para presentarse a los electores con un proyecto reformista. Creo que ganó porque el gobierno de Felipe Calderón hizo inaceptable la relección del PAN y porque López Obrador le obsequió al PRI la plataforma para aprovechar el intenso voto de castigo de esta elección. Dudo que las viejas categorías de la transición nos ayuden a entender los motivos de la victoria priista. Me parece que, más que la nostalgia por el viejo orden autoritario, se impuso la lógica elemental del castigo: ayer se votó contra el PAN y contra el sexenio de la sangre; el PRI fue la carta disponible al electorado para quitarle el poder al PAN.

Asumir que la victoria es resultado de la decepción más que de la confianza serviría a los priistas para mantener los pies en la tierra. La frustración que hoy beneficia al PRI mañana puede castigarlo. No soy de quienes creen que ayer se inauguró un largo ciclo astronómico, una era de otros setenta años de hegemonía. Creo, por el contrario, que la victoria de ayer es tan frágil como cualquier triunfo en democracia. A los priistas sobre todo, conviene leer con humildad que han ganado a pesar de sus limitaciones y que la victoria, lejos de ser motivo para ignorarlas, es oportunidad y deber de encararlas.

No sé aún si el PRI se lleva también la mayoría en el Congreso. De conseguirlo, se habrá reconstituido una plataforma de gobernabilidad que el país perdió hace quince años. Buenas noticias que son, al mismo tiempo, preocupantes. Cierto: la eficacia que tanto ha invocado el candidato priista podría tener el camino libre para dar resultados pronto. Un gobierno unificado podría reactivar el movimiento. La comunicación entre Presidencia y Congreso tendería a facilitarse pero habría también tentaciones por ocupar los valiosos espacios que los contrapoderes han ganado en tiempos recientes. El gobierno unificado pondría en prueba a la democracia mexicana. Sería, ante todo, un desafío para los gobiernos locales (priistas y no priistas), para los espacios autónomos, para los medios. La recuperación del PRI resulta particularmente preocupante porque ese partido no ha dejado de ser una red de encubrimientos, una extensa federación de intereses donde la disciplina implica muchas veces complicidad. Su victoria, por eso, no puede dejar de ser inquietante.

La oposición social al PRI que se organizó en las últimas semanas de la campaña debe ser tomada con seriedad. Con cierta arrogancia podría decirse que las movilizaciones no tuvieron impacto electoral: que fueron visibles, ruidosas e intrascendentes. Pero ningunear la discrepancia por no haber podido descarrilar a Peña Nieto sería un costoso error de la soberbia. El PRI está obligado a demostrar que gobernará democráticamente, como se lo exigen las voces más críticas. Debería admitir las fuentes de esa desconfianza profunda y terca que es, a fin de cuentas, saludable y necesaria. Para el PRI debe actuar como vacuna, un recordatorio de que no puede haber vuelta atrás.

Dos lados de una misma conciencia / Ricardo Raphael (El Universal)

Este proceso que ayer concluyó tuvo momentos luminosos y otros francamente detestables. Por método inicio con lo primero: a diferencia de otros tiempos en que los candidatos eran prácticamente los únicos protagonistas de las campañas, esta vez la sociedad tuvo muchas cosas que decir y preguntar. No puedo afirmar que los papeles se hayan invertido, pero sin duda se equilibraron.

Si algo hay que celebrar es que la demanda ciudadana fue robusta y poderosa. Cierto es que las campañas trazaron su propios itinerario, pero también las candidaturas tuvieron que salirse del guion para responder a la sociedad.

Los grupos organizados no quisieron quedarse sentados a escuchar a los abanderados; les convocaron, les amonestaron, les obligaron a comprometerse. Lo mismo en el tema de derechos humanos, que en educación, rendición de cuestas, estabilidad económica, ambiente o derechos de la infancia, entre otros.

Haciendo un balance me atrevo a decir que, al menos la mitad de los encuestados entre candidatos y sociedad, ocurrieron a solicitud de la segunda. No puedo negar mi contento cuando observo una sociedad más densa en sus reflexiones y sinceramente echada para adelante a la hora de fijar agenda pública.

La mejor expresión de esto fue el movimiento #YoSoy132 que, más allá de su incidencia directa sobre el resultado comicial, logró colocar a los jóvenes como el tema más importante de nuestro presente; lo hizo a contragolpe de la omisión que todos los candidatos habían cometido, y aun más difícil, contra la negligencia de la mayoría de los medios de comunicación.

En el otro lado del análisis, contrasta la política premoderna que también hizo escándalo al comprar, corromper, coaccionar y burla el voto. Me refiero a la enorme cantidad de recursos, la mayor parte públicos, derrochados en publicidad de calle, regalos para los necesitados, nómina para promotores, acarreos infames y en dinero regalado a la tesorería de algunos medios; todo un etcétera rancio e inaceptable que nada tiene que ver con la estatura merecida por este país para la nueva centuria.

Si la autoridad electoral hace bien su trabajo no nos sorprenderemos al ver expedientes tanto o más gruesos que el Pemex-gate o los Amigos de Fox. Ya en el pasado la autoridad destapó cloacas deshonrosas y los beneficiarios de tales estrategias de financiamiento tuvieron que tragarse completo el sapo.

Hago aquí un voto de confianza para que, sin importar quién ocupe mañana la Presidencia, IFE, Fepade, y tribunal electoral guarden suficiente dignidad para perseguir hasta la última de las irregularidades cometidas durante esta contienda.

Curioso país el nuestro donde expresiones apluadibles y posmodernas de la sociedad pueden convivir con tanto atraso clientelar y envilecido.

Esto seguimos siendo: mezcla de dos conciencias que no logran trascender de una vez y por todas.

 

Siete lecciones / Juan Enríquez Cabot (Reforma)

Lo importante, a partir de hoy, no es quién es Peña Nieto sino quién es el “nuevo” PRI. A veces el exilio ilumina, como lo hizo con Moisés. A veces el encarcelamiento pacifica, como ocurrió con Gandhi y Mandela. Pero a veces no se aprende nada, aparte de aun más odio y paranoia. De las lecciones aprendidas por profetas, caudillos y tecnócratas del partidazo dependerá el futuro de la violencia y la economía del país…

El país que ahora llega a gobernar el PRI, tras un par de sexenios en el semiexilio, es réquete diferente al que entregó el último Emperador del Banco de México, Ernesto Zedillo. En aquel entonces aun había indicios de paz y estabilidad. El narco no se había adueñado de estados enteros, mucho menos de ciudades como Guadalajara y Monterrey. Se podía encarcelar a hermano de poderoso ex Presidente.

Hoy el país es otro, por lo cual habría que recordar un par de lecciones…

Lección 1. Hoy los mandos, controles, palancas del sistema apenas existen. Presidente gobierna con ocasional manotazo de la Marina. Ministro tras ministro muere misteriosamente. Gobernador pacta o pacta. Duopolio televisivo manda. Periodista muere. El viejo sistema de llegar a “mandar línea”. El mandar y demandar corrección de camino a través de flamígera columna periodística… pues quizás ahora no sea suficiente. Ni para pactar, controlar o achicopalar a los buenos, ni para amenazar a los malos.

Lección 2. Este ya no es país de estrictas jerarquías. No todos se van a alinear. Hay demasiada transparencia, democracia, rebeldía en YouTube, Twitter, #YoSoy132 y demás redes sociales para operar como se operaba antes. Importa, más que nunca, el saber, operar y transmitir legitimidad.

Lección 3. En país atiborrado de conspiraciones, fintas y desinformación… no todo es una conspiración. Bajo el viejo PRI existía el mito de que si algo ocurría, ocurría única y exclusivamente porque algún grupo poderoso conspiraba. Todo suceso supuestamente tenía detrás nombre y apellido. En país de recontrolados maestros, petroleros, campesinos, burócratas, ejidatarios, cnopistas, presidentes municipales, aduaneros, policías y gobernadores existía, en teoría, un poder, un mando, una línea tras toda acción y reacción. Hoy el autodenominado “War Room” de Peña, plagado de antediluviano espécimen, sigue operando como si esto fuera cierto… Y por eso pifias frente a movimientos como #YoSoy132. Hay y habrá movimientos espontáneos y auto-organizados. No hay que subestimarlos, ni atribuirlos todos a “un compló”.

Lección 4. El PRI no es Obama. La gente no ama al PRI. El PRI no llega porque la gente siente que viene un cambio de a verdad. No hay enorme esperanza y expectativas. Más bien fueron las divisiones e incompetencia en la selección de candidatos por parte de los otros partidos lo que abrió camino. Lo positivo de esto es que Peña tiene espacio para crecer en popularidad. Lo negativo es que si requiere apoyo, durante una crisis de Estado, hay réquete poco masiosare dispuesto a morirse en la raya por él.

Lección 5. Gobernar ahora requiere gran y legítima coalición. Nombrar a los mismos, a los que estaban hará doce, diez y ocho, veintitantos años, sería un desastre. Es admitir que los que no pudieron entonces es lo mejorcito que tiene el PRI de hoy. Que nadie ha crecido. Que nadie ha aprendido. Que el espíritu de Fidel Velázquez seguirá vivo en todo puesto, nombramiento y dirigente político hasta su último suspiro. En busca de votos, AMLO transparentaba su equipo y nombramientos, presumía capacidad y coalición. Peña nunca sintió la necesidad, o nunca tuvo el control y seguridad en sí mismo, para arroparse de lo mejorcito. Pero ahora que se sienta solito, solito… seguir dependiendo solo de una televisora, y de un Parque Jurásico, sería enorme error. Meter a un equipo estatal a gobernar a nivel nacional tampoco es solución. Se requiere gabinete plural, legítimo, de peso porque…

Lección 6. Los malos de ayer no son los malos de hoy. Y Peña Nieto no es, de lejos, Vladimir Putin. Y México no es Rusia. Ah, pero eso sí, los mafiosos mexicas no le piden nada a los mafiosos rusos; en algunas instancias hasta lecciones les pudieran aportar de cómo secuestrar, torturar, matar. Los viejos pactos y acuerdos del PRI con las diversas mafias mexicanas se empezaron a erosionar y desmoronar en el último año del sexenio de Salinas. El “sistema” ni se ha recuperado, ni se ha fortalecido. Intentar solo revivir lo que antes funcionaba sería suicida, ante adversarios tan poderosos e intereses tan fragmentados…

Lección 7. Deuda mata país. En el viejo PRI no importaba lo que costara la elección, lo importante era ganar. Esto llevo a colapso sexenal tras colapso sexenal. Hoy, entre tanta violencia, la economía, la deuda nacional de México, sigue siendo manejable. Esto es estado excepcional en mundo donde vemos colapso de Grecia, España, Italia, Irlanda y demás Europas. Frente a desastre de deuda en Estados Unidos, China y Japón, México es excepción. Por esto recuperar el control del flujo de caja del petróleo, y controlar la deuda, es la clave del futuro económico mexicano. Sería desastroso operar a nivel nacional como operó el PRI en Coahuila, Oaxaca, Nuevo León, Veracruz, o durante esta última campaña presidencial…

 

Contrasentidos / Roberto Zamarripa (Reforma)

Triunfa el candidato de los poderes fácticos en tiempos en que quedó acreditado que las televisoras son prescindibles para hacer política. La campaña de la comunicación alternativa, del diálogo del futuro, conjuga en pretérito sus 140 caracteres. “Atrasa tu reloj 70 años” tomó fuerza como mensaje de resignación en Twitter.

Nunca como ahora las televisoras perdieron en una campaña electoral tanto en credibilidad, en rebeldía de las audiencias, en reclamo de oyentes. Nunca como ahora ganan tanto con su fórmula de posicionar a candidatos a través de infomerciales, “productos integrados” (ese eufemismo que se refiere a la venta de imagen disfrazada de supuesta noticia), negocios encubiertos e incluso posiciones políticas. Hubo telementadas para producir en las urnas robustas telebancadas (de distintos partidos).

Pierden los jóvenes, los que fueron la cresta de la emoción, la punta de la inquietud colectiva, la imaginación y la creatividad. Sus reclamos parecieron desoídos. Pero en otras lecturas pueden cantar victoria. Más de la mitad de los electores votaron en contra del candidato que impugnaron.

Ganan los jóvenes perdiendo. Impregnaron a la política tradicional de sensibilidad y emoción, de calidez y candidez. Revolucionaron la protesta, acumularon sus victorias encarando a los monopolios, organizaron un debate inteligente que las instituciones electorales fueron incapaces de lograr y descongelaron una campaña que parecía predestinada a la comparsa ciudadana. La reanimación de la política es un gran triunfo cívico y una gran lección ética.

La elección del 2012 ha sido la más vigilada, la de mayor número de votantes, la más compleja dada la concurrencia de varios comicios locales. Una elección que muestra el nuevo costumbrismo electoral. A diferencia de las épocas en que gobernaba el partido que ayer ganó, las mañanas de votación resultan aburridísimas. En las épocas del dominio del partido que ayer ganó, las elecciones eran peleadas en las mismísimas casillas, se las robaban a punta de pistola, multiplicaban las boletas como por arte de magia, amagaban a opositores y hasta les daban laxantes en sus comidas para mandarlos enfermos a sus casas antes del conteo.

El sistema electoral parece robusto pero no lo es. Es costoso, burocrático, lento y destila ineficacia. El sistema electoral de la alternancia no ha arreglado un tema tan simple como las casillas especiales y ya tiene un PREP que le rechina. Frente a los modernos procesos tecnológicos a su alcance para la difusión de resultados tiene arcaicos métodos para la recopilación de los votos. Es un sistema muy costoso donde contrasta la gran conducta cívica de sus principales protagonistas -los ciudadanos- con la onerosa labor de la burocracia.

Los ciudadanos no cobran ni un quinto por desempeñarse con rectitud, entusiasmo y compromiso como organizadores y vigilantes del proceso electoral. Los consejeros y miembros de la administración electoral ganan altos salarios y hasta cobran doble en temporadas de elecciones “porque trabajan mucho”. Si la labor de la burocracia fuera voluntaria como la de los ciudadanos, otra sería la conducta de los partidos para integrar un cuerpo electoral viciado por las cuotas y por las ganas de controlar las elecciones.

La elección del 2012 muestra grandes fallas en la infraestructura básica de una casilla. Un ventarrón vuela una mampara, una lluvia acaba con los votos, y los contratos con proveedores de las cajas de plástico o los lápices milagrosos se convierten en lo codiciado, en lo cotizado, en lo sospechoso.

Las elecciones ejemplares -que lo fueron por la conducta ciudadana- representan el penúltimo eslabón de un proceso. Pero las coacciones, las compras de voto, los sobornos de votantes, los intercambios de tarjetas de beneficio social por la asistencia a un mitin y el eventual voto a candidatos, sobreviven en medio de las legislaciones rígidas y los reglamentos que garantizan las imparcialidades. Todos los partidos denuncian coacciones y compras de voto. ¿Cuántos funcionarios, activistas, líderes de partido están presos por cometer esos delitos electorales?

Gana el sistema electoral con una elección competida, vigilada, observada y pacífica. Gana la transparencia con la difusión de datos y digitalización de actas. Hay una normalidad pero no necesariamente una excepcionalidad. Hay una costumbre pero no necesariamente un ejemplo. Las elecciones podrían ser mejores empezando por hacerlas más baratas.

Elecciones de contrasentidos. El partido que impugna el partido de Estado (el PRD) se lleva carro completo en el Distrito Federal. Resultó más soviético que el propio tricolor. El Partido en el gobierno federal (PAN) pierde todo y queda a deber. El Presidente que enarboló ganar el gobierno sin perder el partido perdió el gobierno, el partido y el país.

Tal parece que hubo un voto desesperado por el cambio y por la paz, como se pueda. Un voto del siglo XXI para el partido que gobernó 70 años del siglo XX.

 

¿Qué pasó ayer?  / Leo Zuckerman (Excélsior)

1. Regresa el PRI al poder. Por primera vez en su historia, lo hará gracias al voto popular. El nuevo Presidente, Enrique Peña Nieto, tendrá, a diferencia de sus antecesores, legitimidad democrática. Además, todo indica que contará con una fuerza considerable en ambas cámaras del Congreso. La pregunta que muchos nos hacemos, y con razón, es para qué utilizará el PRI el poder que le ha conferido una mayoría de mexicanos. ¿Para modernizar al país y ponerlo en una ruta de mayor crecimiento económico y democratización política? ¿O para proteger los intereses de ciertos grupos minoritarios, que son los que han impedido que se lleven a cabo reformas económicas estructurales, e intentar desmantelar los avances institucionales en materia democrática que el país ha logrado en estos años? En los hechos, a partir de hoy, lo veremos y evaluaremos.

2. El desastre del PAN. El partido gobernante no sólo se fue al tercer lugar en la elección presidencial sino que también lo hizo en bastiones electorales tan importantes como son los estados de Jalisco y Morelos. ¿Quién tuvo la culpa? Algo de responsabilidad tienen las divisiones de este partido que, durante este sexenio, fueron comunes y corrientes. Ni se diga el mal arranque de la campaña de Josefina Vázquez Mota que no encontró una estrategia sólida hasta el segundo debate presidencial, cuando ya era muy tarde. Asimismo contribuyó la selección de los candidatos a ciertos puestos de elección popular, que fue desastrosa. Pero lo que seguramente generará más controversia es el papel que jugó el gobierno del presidente Calderón en esta derrota. Que el partido gobernante pierda y se vaya al tercer lugar es una situación inédita en nuestro país. Dolorosísima, sin lugar a dudas, para el gobierno actual. ¿Qué falló? ¿Por qué tanto rechazo a la opción de continuidad de la opción panista?

3. López Obrador remontó pero no ganó. Comenzó con 20% de las intenciones de voto en las encuestas en un lejano tercer lugar. El tabasqueño moderó su discurso y se corrió hacia el centro. Fue ganando terreno. Rebasó a Josefina y ayer, efectivamente, se posicionó en el segundo lugar de la contienda presidencial. Sin embargo, todo indica que quedó muy lejos de Peña Nieto a una distancia de varios puntos porcentuales. Cero y van dos elecciones presidenciales seguidas que pierde AMLO. La primera, por un margen muy pequeño. La segunda por uno grandísimo. ¿Es una victoria para la izquierda o una derrota? Se discutirá mucho este punto. En lo personal creo que es una derrota porque, simple y sencillamente, no se logró el objetivo, que era ganar la Presidencia.

4. La farsa de Quadri funcionó. Duele decirlo pero la cara bonita de este supuesto “ciudadano” con agenda liberal le sirvió a la maestra Elba Esther Gordillo para mantener el registro de su partido y seguir medrando con el dinero público. Algunos votantes, no muy bien informados que digamos, picaron el anzuelo que les pusieron. Es una desgracia porque Nueva Alianza, el partido del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, continuará recibiendo el dinero de los contribuyentes, y mucho dinero. La pregunta es cuánto se tardará la maestra Gordillo en darle una patada en el trasero al ciudadano Quadri, como lo ha hecho con tantos políticos que han pasado por su partido.

5. En el DF, el PRD arrolló porque algo hizo bien. Miguel Ángel Mancera ganó la Jefatura de Gobierno de la capital por una diferencia de más de 40 puntos porcentuales a la candidata que quedó en segundo lugar (Beatriz Paredes del PRI). Al parecer se trató de un triunfo de carro completo: todas las delegaciones, todos los distritos electorales federales, todos los distritos locales. No es gratuito: la izquierda de Marcelo Ebrard gobernó muy bien esta ciudad. De ahí el ánimo de continuidad en la capital. Esta izquierda, a partir de mañana, tendrá que evaluar qué quiere al futuro porque contrasta el triunfo en el DF con la derrota nacional. ¿Quién se merece, a partir de ahora, tener el liderazgo de la izquierda mexicana?

 

Aceptar sin miedo  / Ramón Alberto Garza (Reporte Indigo)

Enrique Peña Nieto amanece con el destino en sus espaldas. Con los conteos rápidos y los avances del PREP, ésa parece ser la voluntad mayoritaria de los mexicanos.

Y si a lo largo de este día se confirma su triunfo con el escrutinio final, como tal hay que aceptarlo. Sin miedos.

Si así es, habrá que reconocer que los electores confiaron más en sus propuestas, le temieron más a sus rivales, dio resultado la maquinaria mediática a su favor o los tricolores concretaron una mejor operación territorial. Eso ya es historia.

“Haiga sido como haiga sido”, y con la confirmación de los números definitivos de por medio, el PRI volvería a Los Pinos.

En la cuestionada elección de 2006, el triunfo de Calderón se dio por 0.56 por ciento de los sufragios. Apenas 244 mil votos de ventaja.

Si se confirma la tendencia anunciada anoche por el IFE, el triunfo de Peña Nieto sería por un margen de entre 7 y 8 por ciento. Tres millones de votos de diferencia.

Hay que reconocer que se vivió una jornada electoral histórica por los 49 millones de votantes. La mayor asistencia a las urnas que se recuerde en este país.

Lejos estamos de la sospecha de un fraude electoral masivo. No con los datos que hasta hoy se cuentan. No con los reportes que se recogieron el día de la elección.

Se mantiene en el aire el factor Monex. Pero ese será un tema que se disputará en los tribunales.

La primera lección que dejó la jornada electoral de ayer fue que tres de cada cuatro mexicanos decidieron no refrendarle su voto al partido en el poder, al PAN. Se cansaron de esperar un cambio que nunca llegó.

El voto diferenciado, el del género esperanzador de Josefina Vázquez Mota, no fue suficiente para que los mexicanos le dieran un sí a seis años más de gobierno azul. La sangre del sexenio pagó su dolorosa cuota con tres millones de votos menos que en el apretado 2006.

La segunda lección fue que se puede luchar a contracorriente. Y Andrés Manuel López Obrador recuperó lo perdido en la postelección de 2006. Sus 15 millones de votos en 2012 serían los mismos de hace seis años.

Y desde el distante tercer sitio en el que arrancó la campaña 2012, logró superar al PAN para instalarse a siete puntos de quien está por confirmarse vencedor.

Es entendible que el candidato del Movimiento Progresista diga que esperará el resultado final. Pero confirmándose las cifras, sería un error instalarse en la negación.

La tercera lección es que con un poco de ingenio y talento, cualquier ilustre desconocido –políticamente hablando- puede captar en México los votos suficientes para salvar a un partido de la desgracia de perder su registro.

Gabriel Quadri fue la sorpresa de esta elección presidencial. Le triplicó al Panal los votos recibidos en 2006 por Roberto Campa. Tendrá sus recompensas.

La cuarta lección es que aun con el sistema entero a tu favor, nada está garantizado. Enrique Peña Nieto perdió en el camino de la campaña entre 10 y 14 puntos de ventaja. El triunfo que lucía muy holgado no lo fue tanto.

Pero hay que reconocerle que a pesar de ello duplicó la votación a favor del PRI. Le dieron 18 millones de votos contra los apenas 9 millones que recibió Roberto Madrazo en 2006. Ahí se cristalizó la victoria.

Y si bien su legitimidad será confirmada por el resultado, tendrá que refrendarla con un gabinete a la altura y con acciones de gobierno iniciales que demuestren que es algo más que una cara bonita consentida por la pantalla.

La quinta lección es que cuando no hay buen gobierno, el ciudadano cobra. Lo hicieron en Jalisco y en Morelos al pasarle la factura al PAN. Y el PRI podría terminar perdiendo Tabasco. No le refrendaron la confianza al partido en el poder.

Por ahora lo único que resta es esperar las cifras oficiales. Sin miedo.

 

¿Qué sigue? / José Luis Reyna (Milenio)

En muchos sentidos, este lunes 2 de julio se inaugura una nueva etapa en la vida política del país. Al momento de escribir estas líneas (domingo a mediodía) no se conoce todavía quién es el triunfador de la contienda electoral. Independientemente de quién haya triunfado, hay prioridades ineludibles que, con urgencia, hay que atender. Todos aquellos que fueron honrados por el voto ciudadano tendrán que pasar de las promesas celestiales a los hechos terrenales. Nosotros, si queremos asumir el papel de ciudadanos participativos, tendremos que exigir el cumplimiento de los ofrecimientos. Nuestro derecho ciudadano no terminó en el momento de sufragar; por el contrario, en ese momento recién empezó. Hagámoslo efectivo. ¿Qué sigue entonces?

Son dos las metas, entre muchas otras, que la próxima administración presidencial tendrá que perseguir con gran tenacidad: diseñar las políticas públicas que conduzcan al crecimiento económico sostenido. La otra es la disminución de la inseguridad pública y la violencia en que el país se encuentra sumido. Ambos objetivos se asocian: lograr las condiciones que contribuyan al crecimiento económico dentro de un sistema político democrático y estable.

Durante los dos sexenios panistas poco se ha logrado. En el periodo 2000-2010 la tasa de crecimiento económico fue de 1.7 por ciento anual. Si se descuenta el crecimiento de la población, que ronda 1.5 por ciento, puede concluirse que el PIB per cápita creció casi nada (INEGI). La población económicamente activa (PEA), en 2010, sumó 47.8 millones de personas. De éstas, solo 15 millones encontraron un empleo formal. Significa lo anterior que dos de cada tres mexicanos en edad productiva están sumidos en la informalidad: salarios erráticos, sin seguridad social, entre otras cosas. Lo anterior se relaciona con los altos niveles de pobreza y desigualdad que el país no puede superar.

Habría que subrayar que si bien las administraciones panistas no se han distinguido por el fomento al desarrollo, este problema se encontraba también en los últimos sexenios del priismo. Entre 1980 y 2000, el crecimiento económico promedio fue de 2.24 por ciento, en tanto que el incremento demográfico fue de 2.06. Por tanto, el PIB por habitante tampoco creció (INEGI). Con base en estas cifras, México tiene 30 años de escasos logros económicos y sociales. El desempeño de una administración panista y una priista, durante las tres últimas décadas, arrojan el mismo resultado.

Paradójicamente, el país tiene recursos: la prueba de lo anterior es el incrementó del Presupuesto de Ingresos de la Federación. Entre 2000 y 2010 casi se triplicó, al pasar de 1.2 billones de pesos a 3.5. En 2012 la cifra ronda los 3.7 billones. A estas cifras habría que añadir los ingresos extraordinarios por las exportaciones petroleras. Sin embargo, las políticas públicas del PAN (Fox y Calderón) privilegiaron el gasto corriente en detrimento de la inversión. Esta opción frenó, en buena medida, un crecimiento económico sostenido. La opacidad en el manejo de recursos impide saber el destino de esos recursos, independientemente de si se trata de una administración del PAN o del PRI.

Si los ofrecimientos de campaña han sido mejorar la calidad de vida de los mexicanos (mejores ingresos, mayor acceso a la educación) sin duda es necesario diseñar un nuevo modelo económico. El actual está agotado. Ese es un reto gubernamental y una exigencia de la sociedad. La nueva administración presidencial no podrá ser omisa ante una situación que flagela a la mayor parte de la población. Recordemos que alrededor de la mitad de los mexicanos se encuentra en la zona de pobreza.

La otra meta impostergable es encontrar una alternativa diferente a la que ha seguido Calderón en su combate a la delincuencia organizada. Puede afirmarse que el hoy todavía jefe del Ejecutivo tomó la decisión de sacar a las fuerzas armadas a las calles sin tomar en consideración qué tan preparadas estaban para asumir una función que, estrictamente hablando, no les corresponde. A principios de su sexenio, su nivel de legitimidad era escaso. Había que encontrar una fórmula para aumentar ese nivel. La encontró, pese a que no conocía la clase de enemigo que iba a encontrarse: bien organizado y extraordinariamente pertrechado. Ese enemigo tenía (y tiene) armas, recursos y había infiltrado muchas estructuras gubernamentales relacionadas con la seguridad nacional.

Calderón ha solicitado a su sucesor que siga en la misma línea. En sus palabras: “Que no se pierda lo logrado” Quien lo haga, o sea quien lo suceda, cometería el mismo error por el que el próximamente presidente saliente tendrá más de un dolor de cabeza. Pese a que se han capturado a muchos capos de la droga, que se han extraditado a muchos narcos a Estados Unidos, que se ha decomisado un enorme arsenal y una cuantiosa cantidad de droga, la conclusión, después de seis años de guerra civil, es que poco se ha logrado.

Las fuerzas armadas no pueden regresar ahora a sus cuarteles. Lo que si podría intentarse es reacomodar las instituciones cuya función es la procuración de justicia y la seguridad nacional. En la época autoritaria de México, la institución presidencial descansó fundamentalmente en dos secretarías. Por una parte la Secretaría de Gobernación que se encargaba de todos los asuntos de política interna. Desde la Presidencia de Miguel Alemán y hasta la de Miguel de la Madrid, la SG era el pivote del control político pero también la base de los acuerdos fundamentales. Eso se perdió. La otra fue la Secretaría de Hacienda, cuya función fue clave durante el desarrollo estabilizador (1955-1970).

Fox le quitó a la Secretaría de Gobernación (SG) una de las partes coercitivas y la trasladó a la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) que se creó en su sexenio. Las funciones de una y otra dependencia se confundieron, dando por resultado una ambigüedad conflictiva en sus funciones y, por tanto, en la consecución de metas. En este sexenio han desfilado cinco secretarios de Gobernación, en tanto que solo uno, en funciones todavía, está al mando de la SSP. Sobra decir de su cuestionado desempeño. Hay que volver a hacer política, para negociar y mantener los controles institucionales que se han perdido. Para lograr un consenso nacional que conduzca a metas compartidas por la mayoría. Hay, por tanto, que fortalecer a la SG y en la misma medida que se haga se encontrarán respuestas más propicias al combate a la delincuencia que luce imbatible.

¿Qué sigue? Empezar con políticas públicas que estimulen el crecimiento, los empleos formales y abatan la pobreza y la desigualdad. Diseñar otro modelo para combatir a la delincuencia. Construir los acuerdos políticos, lo que implica reacomodos institucionales. La ciudadanía tiene que exigirles a sus representantes el cumplimiento de metas. Éstos siempre han prometido y casi nunca cumplido. El país tiene que cambiar, y este reto no es solo de los políticos; es nuestro también.


 

 

 

 



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