Javier Valdez gritaba “por aquellos que no podían”: Patricia Valdez, su hermana
"Lo que más amo de ser Javier Valdez es poder causar una sonrisa, causar una oleada de esperanza en todas las personas", cuenta su hermana que él siempre decía.
FOTO: RASHIDE FRIAS /CUARTOSCURO

El asesinato del periodistas Javier Valdez, de Culiacán, Sinaloa, fue el detonante para que la lucha por los derechos y la protección de los periodistas en México se intensificara.

México es uno de los países con mayor riesgo para ejercer el periodismo y eso Valdez lo tenía muy en cuenta al ser autor de textos como Malayerba (2020), Los morros del narco (2007), Narcoperiodismo: La prensa en medio del crimen y la denuncia (2016) y algunos textos más relacionados con el narcotráfico.

Sin embargo, al fundador del semanario RioDoce nada lo detuvo en su lucha por dar voz a todas las víctimas afectadas por la situación de inseguridad e impunidad que impera en México.

A 15 días de su homicidio, su hermana, Patricia Valdez dio a conocer un texto en el que muestra la furia y pesar de sus seres queridos ante la pérdida de Javier Valdez.

Un viernes con Javier

Por las mañana, después de levantarse y tomar un baño y un rico café, ya tenía en la mente que debía seguir luchando en este mundo de cielo nublado al que él le veía una capa clara por encima, una capa de luz, de esperanza.

Al salir a la calle se decía a sí mismo: “Que Dios me bendiga”, ya que eso lo hacía sentirse seguro. Mi madre le completaría “Y la Virgen te cuide y te acompañe en todo lugar”. Él siempre sonreía.

Le gustaban los abrazos pues solía decir que era la forma más sincera de demostrar el cariño y la lealtad. Para él valía más que una palabra; sin embargo, a veces no se dejaba abrazar por todas las personas.

Tenía muchos amigos pero eran muy pocos a los que él consideraba cerca y eso le preocupaba.

Sensible y frágil como un pájaro recién nacido, bonachón, bromista y a veces cómico, amante de la buena música y cantante secreto. Cariñoso, caballeroso, respetuoso, cordial y amoroso como esos hombres en peligro de extinción.

Generoso como demostrándole al mundo que lo que poseía era también de su prójimo. Le gustaba disfrutar el mazapán y no se imaginan cuánto.

Disfrutaba de los cafés de los viernes, siempre llegaba con el pan y cada uno tenía un nombre. Los virotes y las arepas eran intocables, eran especialmente para mamá, aunque a veces ocurría que a más de dos se les antojara y ahí se ponía buena la repartición entre los comensales.

El de la chichi era para Fabiola; el cochito para mi padre y Andresito, su ahijado; el enmantequillado para Marielle; el bisquet para su hermana Paty; las conchas y las donas para Víctor y los sobrinos que estuvieran por ahí. Siempre pensaba en todos y quería dar gusto a todos aunque no llegaran a la cita del viernes de café.

Era el día para convivir con la familia, para verlo reír y carcajearse con las ocurrencias de mi madre, bromeaban y se divertían, siempre había un chiste que festejar, un alimento que le gustara antes de seguir con su trabajo que era bastante saber que era viernes, cierre de edición.

Pero era necesario un espacio de relajamiento antes de continuar, solía decir.

Javier era un hombre sencillo y humilde, estos dos conceptos le hicieron rodearse  de mucha gente que le tomó cariño y respeto. Su único propósito en esta vida, y también en la otra, donde ahora está, era levantar la voz, que lo escucharan, gritar por aquellos que no pueden, que enmudecen, que no saben hablar o que son callados a la fuerza.

Gritar la injusticia, los ríos de sangre, la crueldad, la maldad. Hablaba por sus colegas que tuvieron que partir a otras ciudades para resguardarse, también por los que tuvieron que partir sin maletas; lloraba por los huérfanos que se quedaban inseguros, sin día, sin noche; por madres llorosas, angustiadas a las que las huellas del olvido de los años, fueron sustituyendo  una sonrisa que antes era parte de su belleza.

Luchaba por esas esposas , haciéndoles sentir fuertes, con esperanzas de abrazar nuevamente a su amado desaparecido, de creer que se podía levantar una bandera blanca, justa, de paz, ecuánime.

Era un hombre que gritaba, sufría, lloraba por el mundo entero, por su patria, amaba su trabajo, amaba su familia, amaba ser periodista por encima de muchas cosas y dice Javier: “Lo que más amo de ser Javier Valdez es poder causar una sonrisa, causar una oleada de esperanza en todas las personas, no puedo dejar mi patria, no puedo abandonar a la gente que cree en mi. Soy la patria, soy esa gente y aquí seguiré hasta que la Tierra me reclame y después también“.







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