La intolerancia de los liberales
"Trump acabó con lo políticamente correcto, irrumpió como toro en la arena; no le importó lo que decía de él la prensa", escribe Pedro Cobo.
(Foto: Reuters)

Por Pedro Cobo

Me cae muy bien Fareed Zakaria. Me gusta cómo escribe, sus ideas, sus artículos y sus programas televisivos en CNN. Pero sobre todo me gusta porque representa lo mejor de Estados Unidos: un indio de origen musulmán que llega a lo más alto en el mundo norteamericano -Forbes, enero 2009, lo describió como uno de los liberales más influyentes de Estados Unidos-. Entre agnóstico y deísta, según su propia definición, no practica el islam de sus padres pero aboga por favorecer un islam moderado en Estados Unidos.

Me gustó especialmente el programa en CNN del sábado 27 de mayo que titulaba “Los liberales piensan que son tolerantes, pero no lo son”. Me pareció muy oportuno porque es algo que vengo observando desde la adolescencia: lo políticamente correcto se ha impuesto convirtiéndose en una verdadera dictadura que ha aprisionado el pensamiento y amordazado la libertad de expresión (lo que Ratzinger llamó muchas veces la dictadura del relativismo).

Zakaria cita varios casos de intolerancia en las universidades: el boicot a Mike Pence en Notre Dame; los gritos contra la secretaria de Educación Betsy DeVos en Behhune-Cookman University; o las interrupciones a los conservadores Heather McDonald, Charles Murray o Milo Unopolis en varias universidades norteamericanas. Ante esto Zakaria concluye: “Las universidades norteamericanas parecen comprometidas con cualquier tipo de diversidad a excepción con la diversidad intelectual” ya que “las voces conservadoras son silenciadas”, lo que demuestra que existe “un anti intelectualismo entre la izquierda” que parte de la idea de que “ellos son los puros, los que están en lo correcto; que son tan superiores moralmente que no pueden soportar ideas con las que no están de acuerdo” y consideran “que tienen el monopolio de lo correcto y de la virtud”.

Hasta ahí los comentarios de Fareed Zakaria. Por desgracia esta intolerancia de los que se llaman así mismo tolerantes no es exclusiva de los Estados Unidos. En enero de 2008 el Papa Benedicto XVI tuvo que cancelar una conferencia en la Universidad de la Sapienza en Roma por la oposición de profesores y alumnos. Los ejemplos se podrían multiplicar.

La cuestión es grave, de hecho es gravísima ya que está en juego los mismos principios de la sociedad liberal y tolerante. Es conocida la frase de Voltaire “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. Sin embargo los supuestos hijos y nietos de la ilustración parecen que están dispuestos a hacer todo para acabar con las voces contrarias. Y eso es muy, muy peligroso pues la intolerancia genera intolerancia y quizá el triunfo de Trump tenga mucho que ver con esa intolerancia de los liberales.

Me parece muy acertada la visión de Anthony Bourdain, estrella de televisión norteamericana y liberal convencido. Critica –y se autocritica duramente- a los liberales por ser los responsables de la victoria de Trump (Washington Post 31 de diciembre de 2016). Los culpa por haber despreciado a los conservadores de los estados rojos; por considerarlos ridículos e idiotas, lo que llevó a los mismos a vengarse apoyando a un candidato que les hablaba en su idioma y que les devolvía la seguridad al ser escuchados. Dice Bourdain: “Cuando les quitamos la humanidad y la legitimidad de sus puntos de vista, aunque sean distintos a los nuestros, cuando nos burlamos de ellos cada vez que podemos, y los tratamos con desprecio, no hacemos nada bueno”.

Totalmente de acuerdo. Tuve la suerte de pasar las últimas Navidades en Florence, un pueblito de South Carolina. Unas cien iglesias y apenas dos bares. Hablé con mucha gente. Todos, absolutamente todos estaban encantados con Trump. ¿Por qué? Pues porque por fin alguien les había escuchado, alguien les había tenido en cuenta. Gentes muy religiosas, calvinistas la mayoría de ellos, pro vida, defensores de la virginidad antes del matrimonio, contrarios al aborto y al matrimonio gay (dejo de lado las cuestiones de economía). Alguien les había dicho que también tenían una voz en la discusión pública, que sus ideas no eran absurdas, medievales, retrógradas. Les devolvió la confianza en sí mismos.

El hecho de que en las encuestas Trump estuviera muy por debajo de Hillary deja bastante claro que a los votantes de Trump les daba vergüenza decirlo, no era políticamente correcto. Trump acabó con lo políticamente correcto, irrumpió como toro en la arena; no le importó lo que decía de él la prensa. Los otros candidatos republicanos fueron más moderados, no supieron captar la rabia de una enorme población norteamericana que se sentía despreciada por Hollywood, el New York Times o el Washington Post.

Cualquier otro candidato republicano, en mi humilde opinión, hubiera sido mejor para Estados Unidos y el resto del mundo. Pero él supo captar la rabia de un electorado que se sentía excluído y despreciado por los mass media. Dicen que Roosevelt dijo acerca de Anastasio Somoza. “Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Parafraseándolo puedo pensar que muchos votantes de Trump pudieron decir: “Puede que sea un payaso, pero es nuestro payaso”.
Soy totalmente partidario de la sociedad abierta propuesta por Popper. Pero una sociedad abierta y tolerante necesita escuchar todas las voces, especialmente las que no nos gustan. La idea que gane más adeptos será la que lleve a sus representantes a las cámaras y de ahí saldrán las leyes que regirán determinada sociedad. Los perdedores tendrán que acatar las normas que no les gusten pero les quedaran los mecanismos democráticos para revertirlas en un futuro. Pero es esencial no denigrar al contrario ya que es posible que la rabia de los perdedores haga que lleguen al poder personas peligrosas. A los liberales les queda mucho camino por recorrer para ser personas verdaderamente tolerantes.







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